Lunes, 23 de julio de 2007
TREINTA Y TRES MINUTOS
EN LA VIDA O EN LA MUERTE
DEL SE?OR LECUONA





(...) o sencillamente cuento una verdad que es solamente mi verdad, y entonces no es la verdad salvo para mi est?mago, para estas ganas de salir corriendo y acabar de alguna manera con esto, sea lo que fuere

Las Babas del Diablo
Julio Cort?zar







Durante doce a?os, su carne y su alma fueron marchit?ndose hasta que supo que se hab?a vuelto transparente

El C?digo Da Vinci
Dan Brown








- Lev?ntese se?or Lecuona. Est? usted muerto

Por primera vez una voz me pareci? t?ctil. La calidez del sonido tom? cuerpo y me acarici? las orejas. Abr? los ojos.

- ?C?mo que estoy muerto?
- Lleva usted muerto treinta y tres minutos y veinte segundos, as? que sabemos que el sue?o que intenta continuar es completamente fingido. Los muertos no duermen.
- ?Hace treinta y tres minutos y veinte segundos? Oiga, la ?ltima vez que recuerdo estar consciente eran las ocho y pico de la ma?ana y estaba en mi oficina, ?de qu? me est? hablando?
- Efectivamente, las ocho y cincuenta y un minutos de la ma?ana, justo siete segundos antes de que el se?or Ricardo Fern?ndez Ortega irrumpiera en su despacho y sacase de la chaqueta el rev?lver con que lo matar?a.
- ?Ricardo Fern?ndez Ortega? ??se no es el marido de mi secretaria?
- Si no hubiese estado fingiendo que duerme durante estos treinta y tres minutos y veinte segundos, le hubiera respondido que s?, e incluso las razones por las que lo hizo. Pero ahora ya no hay tiempo, tendr? ocasi?n de recuperar la memoria de camino al Tribunal. Lo est?n esperando.

Me incorpor? bruscamente y la cabeza pareci? hervirme de punzadas que me sacaron un grito. Aqu?l se?or no se inmuto ante mi desasosiego, estaba ah? de pie, frente a m?, recto, con las manos pl?cidamente cruzadas a la altura del pubis. Su traje de chaqueta negro me record? a unos caricaturescos agentes de alguna pel?cula americana, y no me re? porque el hombre era calvo. A m? los calvos siempre me infundieron un extra?o respeto, como siempre necesit? apagar y encender la luz del sal?n siete veces antes de salir de casa para que no me atropellase el tercer coche que me encontrara en la calle.

- ?Por qu? me duele tanto la cabeza? ?No tiene una pastilla?
- Oh, por favor se?or Lecuona, no diga tonter?as. Un muerto no necesita pastillas de ning?n tipo. El dolor es s?lo producto de su transmutaci?n de materia. Digamos para simplificarlo que usted ahora mismo est? convirti?ndose en otra cosa. Le advierto que el dolor se extender? al resto de sus miembros, pero remitir? tras unos minutos.

Me puse en pie y ech? un vistazo en derredor para encontrarme con la frialdad de aquella c?mara met?lica con paredes de acero y luces estridentemente artificiales. El se?or me pareci? m?s alto de lo que hab?a pensado, incluso yo me encontr? particularmente alto. O no, m?s bien dir?a que me encontr? m?s leve, mucho menos pesado, casi no eran m?as las ?rdenes que recib?a mi cuerpo para moverse, aunque en todo momento eran o las sent? voluntarias.

Eso me hac?a tener la sublime sensaci?n de no pisar el suelo. En la estancia met?lica, de apenas veinte metros cuadrados, s?lo hab?a una puerta, tambi?n met?lica. ?Pero d?nde demonios estaba? No es que fuese particularmente t?pico en mis t?picos, pero siempre hab?a cre?do que eso del m?s all? tendr?a nubes, o fuego, o jardines con pajarillos. Mir? el reloj y no s? porqu? no me sorprendi? verlo parado. Me acord? entonces de Celia, que esa misma ma?ana, justo cuando miraba la hora, me hab?a llamado para ir a desayunar juntos a las ocho y media. Yo le dije que no porque quer?a meterme con unos informes.

- Acomp??eme por aqu?, ya llegamos tarde. Esto jugar? en su contra a la hora de que el Tribunal dirima sobre su caso.

Se abri? la pesada puerta mediante alguna maniobra mec?nica ejecutada desde qui?n sabe d?nde, y a continuaci?n pude ver un larg?simo pasillo del cual no supe determinar un horizonte exacto. La est?tica y el material del mismo eran iguales a la c?mara en la que me encontraba, metal inoxidable y focos de luz chirriante, potente. El hombre dio media vuelta y se ech? a andar delante con decisi?n y paso firme. Lo segu?.

- ?Tardaremos mucho?
- Lo suficiente. Le aconsejar?a que no hablase, hay c?maras que transmiten en tiempo real su imagen y voz a la sala del Tribunal que lo espera.

No pude reprimir un estallido org?smico que tomaba mi pecho al o?r el eco producido por el taconeo de los zapatos de aquel hombre. Parec?a disolverse en mis venas un extra?o morbo que ven?a a confirmar la consecuci?n de un oculto deseo. ?Qu? contraproducente! Mientras m?s nos acerc?bamos al sugerente horizonte del pasillo, m?s capaz era de reconocerme a m? mismo una verdad que siempre me guard? de mantener en mi inconsciente: el peso de la vida.

En estos a?os hab?a acabado por comprender que quien muere es porque le pesa la vida. Y no importa si es en un accidente de coche o a causa de un c?ncer, no importa si la muerte es m?s o menos fortuita. A la muerte se la llama con un deseo callado que nos negamos a escuchar para no llamarnos locos o fracasados. Aqu? no interviene la raz?n porque racionalmente nadie quiere morir (los que quieren realmente suicidarse, lo hacen, y con ello simplemente gritan ese deseo con admirable descaro). Digamos que es ese momento en que la gacela, despu?s de correr y resistirse con patas y nervios, es interceptada por una leona a la que se suman otras dos m?s para intentar derribarla. Justo cuando una de esas leonas le muerde el cuello fiera, y la gacela se sabe asfixiada o desangrada en el peor de los casos (a?n con toda la sensibilidad, consciencia, latidos, nervios, shock y todav?a con los ojos abiertos), se produce ese momento: la l?gubre entrega. La gacela se entrega a los colmillos que la penetran, como un humano al vampiro cuando ha comprendido que ya es demasiado tarde.

- Por favor, dese prisa o el Tribunal se irritar? profundamente. Tendr? que dar explicaciones por esos treinta y tres minutos.
- Pero es que
- C?llese se?or Lecuona, por su bien abst?ngase de pronunciar palabra alguna antes de llegar. Los fiscales pueden llegar a ser muy incisivos con eso.

?l me hab?a dicho que recuperar?a la memoria durante este trayecto, pero lo cierto es que yo s?lo consegu?a pensar en Celia. Despu?s de dieciocho a?os y dos divorcios, Celia cristalizaba la inutilidad de todo lo otro, de mi vida en general, porque al final nos hab?amos atrevido a estar juntos. Ahora que estaba muerto pod?a afirmar que Celia era la met?fora de mi vida: Celia en los minutos que se llevaban otras, que se llevaba mi carrera, que se llev? todo ese esfuerzo compulsivo y constante de intentar que mi vida fuera siempre otra. Siempre Celia en los lugares, Celia de las cosas, Celia con las horas y en los bancos de la plaza de Santo Domingo. Porque cuando Celia entr? en mi vida sin mi permiso a los veintis?is, no comprend? que el destino le hab?a concedido ese pasaporte para advertirme de que ella no era s?lo una persona, sino una filosof?a.

- ?Que era una filosof?a, dice?
- ?He dicho eso en alto?
- No tranquilo, es que puedo leer su mente. Est? usted en un mundo sin barreras f?sicas donde los sentidos ya no valen, ?recuerda?
- ?Entonces por qu? me dice que no hable? Los del Tribunal me habr?n le?do la mente igualmente
- Cuesti?n de adaptabilidad al nuevo entorno y de buen gusto. Aqu? nos leemos la mente, eso de hablar queda como muy humano, muy primitivo, y al Tribunal eso le disgusta, ya sabe
- Ah
- ?Qu? quiso decir con que Celia era una filosof?a?
- Bueno, es que ?ngela represent? en s? misma las miles de equivocaciones que yo comet? en mi vida, y que ten?an la misma ra?z. Esa ra?z es b?sicamente la contenida en el popular refr?n que reza: La vida es todo aquello que nos va sucediendo mientras uno se empe?a en que le sucedan otras cosas. Y eso fue lo que pas? con ella, por eso dije tambi?n que es la met?fora de mi vida, una enferma y obcecada negaci?n del Carpe Diem latino.
- Vaya, qu? fil?sofo nos ha salido usted. No cont?bamos con estos referentes suyos.
- La verdad es que mi vida
- Pare ya, por ahora hemos o?do suficientes empanadas mentales suyas se?or Lecuona. Aunque lo suyo no es nada comparado con el se?or Mussolini cuando lo tuvimos por aqu?. Ya hemos llegado

Me impact? encontrarme de un segundo para otro la enorme puerta de madera encajada en aqu?l pasillo met?lico. No hab?a visto que nos acerc?semos a nada mientras camin?bamos y de repente estaba all?, con motivos que me recordaban al P?rtico de la Gloria en Santiago. ?Qu? mal gusto! ?A qui?n se le ocurrir?a juntar madera y metal de aquella forma tan poco est?tica?

- Ser? mejor que evite esos pensamientos, no le ayudar? en nada llamar hortera al Tribunal en su propia cara
- Oh, disculpe no era mi intenci?n.

Mi cerebro, o lo que fuera que tuviese por ?l, comenz? a derramar alg?n l?quido fr?o por todo mi cuerpo. Fue entonces cuando tom? consciencia de mi situaci?n, de todo lo que estaba pasando.

- No se le olvide contarle al Tribunal todo lo que ha venido pensando; aunque a estas alturas ya lo sepa, no le vendr? mal record?rselo. Buena suerte se?or Lecuona, un placer.

Hice adem?n de darle la mano y al momento me di cuenta de lo rid?culo de mi intenci?n, as? que me desped? con un simple gracias. Gir? el pomo de la puerta y entr? sin vacilar. El despacho estaba completamente vac?o, no hab?a nadie all?. Me dirig? hacia la ?nica mesa que hab?a y justo son? el tel?fono. Lo descolgu? y al otro lado Celia me invitaba a desayunar esa ma?ana. Dej? la chaqueta en la silla y sal? inmediatamente de mi despacho, sonriendo confuso, y apenas suficientemente consciente como para reconocer un poco despu?s al marido de mi secretaria dirigi?ndose a mi oficina por la otra acera.


Treinta y tres minutos en la vida o en la muerte del Sr. Lecuona
La Laguna, Tenerife
Abril 2006
Segundo Premio de Relato Corto
XIII Certamen J?venes Artistas Cruzarte 2006
Convocado por: Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, Tenerife

John Rodr?guez Morales

Tags: 33 minutos, vida y muerte, babas del diablo, julio cortazar, El Código Da Vinci, Carpe Diem

Publicado por ChemaRubioV @ 16:54  | RELATO .
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