Domingo, 29 de julio de 2007
EL ARCA DE LOS DONES


Mi alma es esa casa de madera que arrastra el vendaval.

A veces en la noche yo siento acercarse a un hu?sped invisible y oigo girar su llave y escucho avanzar sus pasos.

Entonces la poes?a, cada pluma arrancada a las alas de un ?ngel, es la semejanza de una casa en el aire, el portal luminoso, las ventanas abiertas, el que empuja la puerta y el que entra seguro y se acerca hasta el arca y reparte los dones.

Doy al amanecer, cuando la sangre de los delfines se derrama lentamente sobre el serr?n de las cervecer?as, un cuchillo blanco.

Al que bajo el hielo negro de la noche camin? conmigo y sufri? conmigo la d?cil alianza del fracaso, dejo la herida.

A la columna de silencio de esa muchacha que rozada por el tacto de la obediencia guarda en su pensamiento la perfecci?n de la muerte, una copa de viento y de ra?ces.

Al r?o de mi infancia donde bebi? Dem?crito de Siracusa la niebla del esp?ritu, la claridad que ya no tendr?n mis ojos.

A la ciudad que cercada por la elipse del envejecimiento enterr? su memoria junto a las norias de la desposesi?n, una tumba vac?a.

Al muchacho jud?o que ante un espejo empa?ado contempla el rub? de su alma atravesado por la espina de la crucifixi?n, una caja de m?sica.

A la sombra de mi padre contemplando la luna, una caba?a en el bosque.

Al que en los atrios de la conformidad padeci? la pobreza mas no ser? nombrado en las tablas de la justicia, la balanza con los alimentos.

A la orilla del mar, un caballo con cabeza de tortuga romana.

A la mujer que me am? con la fidelidad del astr?nomo, dejo el resplandor, el halo de una estrella cuyo astro no existe.

Al ibis, la analog?a de las agujas.

Para el que estrechamente vigilado por la locura hizo vibrar el ?ngulo recto de las constelaciones, el acorde?n y las palomas verdes de la plaza.

Para ti, amor m?o, el r?o eterno de los dioses y sus gatos sagrados.

Al insobornable enemigo cuya v?ctima fue feliz como un im?n vertiginoso ante los filamentos de la melancol?a, una silla de enea.

A la muerte, una puerta abierta.

Al ajusticiado en el abismo de su propia escritura que s?lo tuvo o?dos para el ?ngel y am? la semejanza y la inutilidad de las cosas, una jaula con peces de madera.

Al oto?o, la lejana memoria de las ballenas del cabo.

A la sabidur?a de los profetas, un candil de silencio.
A la l?pida de Leonardo Mestre, los sue?os que no tuvo y que ya nunca sabr?.

Al que con su linterna de f?sforo ayud? a resistir y gui? la navegaci?n de los torturados, el faro de la utop?a.

A la dulce mujer que se acerc? a mi sombra como madre, el azul de mayo y el zumbido de las abejas en la primavera.

Al jard?n de los monasterios, la alondra del alba y la rosa cortada del rabino.

Al tetrarca y al que est? detr?s de su lengua como un t?bano, la urna rota del centauro ante la que un lacayo da voces.

A la tristeza que iba cruzando el puente aquella tarde de invierno, un rev?lver cerrado por un nudo.

Para el le?ador que derrib? el gran cipr?s de los hermeneutas, el meteoro silvestre de las ciervas ingr?vidas.

A la estatua de Francesco Orsini duque de Bomarzo, el v?rtigo transparente de la materia que huye.

A los versos que no escrib?, un collar de frutos y semillas.

A la grieta del eremita, la pantera del anochecer.

A la memoria, la lluvia, el lirio de las estaciones abandonadas por las que pasa el ferrocarril sin detenerse.

A los amantes que descifran su desnudez en la oscuridad, un hilo de saliva.

A la pir?mide del conocimiento, la amatista mojada del escarabajo y los ?litros celestes del jerogl?fico.

A La Habana de mis antepasados all? por mil novecientos veinte, la nieve.

Para Rousseau el Aduanero, los ?giles ant?lopes que cruzan el agua encarnada de los sue?os.

Dad este libro a los animales, al b?ho y al alce, al armadillo y al erizo silvestre.

Arrancadle una a una sus p?ginas y d?dselas a los animales. Dadle al hur?n la oscuridad de la palabra b?falo y al b?falo la inmaculada pradera del billar de los bares.

Y de entre todos los dones y de entre todos los sue?os, dadle a mi coraz?n una casa en el aire.


LA POES?A HA CA?DO EN DESGRACIA (Madrid, Visor, 1992)
Premio Jaime Gil de Biedma, 1992

JUAN CARLOS MESTRE

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Publicado por ChemaRubioV @ 19:08
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