Mi?rcoles, 19 de septiembre de 2007
INTRODUCCI?N


Escrib? ?ste Cuaderno de Escoria como introducci?n para el libro de Chema Rubio "POEMAS para un minuto m?s de vida" tomando como referencias el pueblo donde vivi? Chema y est? enterrado el poeta J. G. de Biedma, la Facultad de Ciencias de la Informaci?n; donde el pas? diez a?os detr?s de la barra del bar, y yo cinco delante de la misma ; y por ?ltimo, la entrevista que ofreci? Leopoldo Maria Panero en el Circulo de Bellas Artes y de la que Chema Rubio public? un articulo surrealista en un peri?dico quincenal del que ahora no recuerdo su nombre.



CUADERNO DE ESCORIA


Entre el campo y las aulas, entre las calles de mi pueblo y estos pasillos grises, hay un largo sendero con postas de paz, de risas y de sangre. Nada es lo que parece, y detr?s de cada nombre y de cada gesto, una sombra profunda y triste me habla de lo que nadie sabe, de lo que nadie ve, de lo que nadie entiende... Recuerdo aquellos d?as estos d?as, ahora que la ribera de los alisos y la tumba del poeta son para m? tan s?lo el murmullo de la infancia, ahora que el tintineo de las tazas de caf? contra los platillos y el estruendo de la cafetera y la voces crispadas al otro lado de la barra son el paisaje afilado y eterno de mis d?as. Recuerdo mi andar por los caminos, al t?rmino de la tarde, con un cielo tan limpio que pod?a prenderse fuego con una cerilla. Y de hecho le prend?a fuego, con el mechero con el que me encend?a mis primeros cigarrillos, robados a mi padre, a un amigo de mi padre, en el bar... qui?n sabe. Y la tarde fumaba conmigo, y Dios echaba humo por mi boca, y el cielo todo era la brasa de mi cigarro, c?smico, descomunal, consumi?ndose... Y tras dar la ?ltima calada y suspirar un humo blanco e hist?rico, aplastaba la colilla contra el suelo y pon?a fin al d?a, a la luz, a los p?jaros. Y era de noche, de noche cuando regresaba a mi casa, por calles oscuras y acezantes, llenas de recortes de luz y de voces que ca?an por las ventanas como fantasmas nocherniegos, y el olor de la cena me guiaba hacia mi casa, doblando esquinas y sorteando baches, fuentes, paredones. Y entraba en mi casa, donde todo era luz y madres, y me sentaba en mi silla, a cenar, porque, por aqu?l entonces, yo era una persona que ten?a un sitio en el mundo donde le daban de cenar... Yo nunca quise ser poeta, s?lo quise ser un reloj parado a pu?etazos. Esas tardes fumando en el campo, solo, consumiendo la nicotina del d?a, aguardando el c?ncer de la noche... Sigo fumando. A lo largo de mi vida, lo ?nico que ha perdurado en m? es el tabaco, mi ?nica virtud es el vicio de fumar, aunque ya no busco un c?ncer nocturno, sino el c?ncer de un sem?foro que se pone en verde cuando ya no hay coches, ?se que veo desde mi ventana, en Madrid, de madrugada, insomne y solo. Me hace gracia fumar con el sem?foro, coincidir en colores con ?l. Cuando doy una calada, en la oscuridad de mi cuarto, s? que desde el otro lado del cristal puede verse un puntito de luz anaranjada, un destello breve, precioso, floral; y a veces esa calada es la misma que hace que el sem?foro se ponga ?mbar, parpadee como mi cigarrillo, dejando pasar un tr?fico de toxinas y humo a mis pulmones, mi coraz?n y mi alma. Fumo mucho, m?s que Panero, pero no estoy loco, aunque trabajo en una especie de manicomio: la facultad de Ciencias de la Informaci?n. Llevo all? a?os. Me s? de memoria sus escaleras y ascensores, el nombre de los bedeles y de los catedr?ticos, la asignaturas que llenan la cafeter?a en septiembre, la alegr?a infantil y lib?rrima que la vac?a en primavera, cuando todos los alumnos corren al c?sped a fumar, beber y recibir el magisterio vernal. La funci?n de camarero es curiosa. A uno le asombra ser camarero, m?s que nada, porque es la profesi?n que todo el mundo pone como ejemplo de lo que no quiere ser en la vida o de lo m?s miserable que se puede acabar siendo. Lo he o?do miles de veces, a los chicos y chicas que vienen a pedirme un caf?, una cocacola o un batido. Gana menos que un camarero, dicen.Al final acabaremos todos de camareros, dicen. Hasta estoy pensando en ponerme de camarero, dicen. Consideran mi trabajo como el fracaso absoluto. Junto con el de barrendero... Yo estoy detr?s de la barra, luchando. Para m? trabajar es luchar, batirme en duelo. Soy como el gladiador en la arena o el portero al que no dejan de tirarle penaltis. Y no puedo morir devorado por los leones (oh, qu? felicidad ser devorado, finalmente, y dejarlo todo) ni tampoco me est? permitido encajar un gol. No. Un caf? con leche, un cortado, un bollo, una fanta, una botellita de agua, por favor. Y tengo que serv?rselo al instante, como si lo hiciera aparecer ante sus ojos con mi varita m?gica, porque a ninguno de los solicitantes se les ha ocurrido que tengo mil pedidos m?s, aparte de lavar los vasos y las tazas y reponer el material. Cada cliente se cree el centro de la creaci?n y exige ser tratado como tal. Todos tienen una prisa vertiginosa. No s? c?mo no caen al suelo de lo r?pido que corre su deseo. Acaban de llegar y ya creen llevar meses acampados al pie de la barra. Y luego est? el sibaritismo. Antes, cuando yo empec? en esto, un caf? era un caf?, y punto. Un caf? era como una dictadura, pero ahora todo es democracia infusional. El caf? puede ser largo o corto, en vaso o en taza, con la leche caliente o templada. Qu? gil? pollez. Un caf? es mitad de caf?, mitad de leche, en taza, e hirviendo. Lo dem?s son mariconadas. Pero no, ahora lo que prima son las mariconadas, y no hay ni una sola persona que te pida un caf? sin adjetivos, todos tienen que darle su puto toque personal. As?, un camarero, de ser un mero ejecutor de una acci?n (poner el caf?) se convierte en el jodido jefe de protocolo de la Casa Real. Y luego te dicen que tardas mucho. Claro, si me paso el santo d?a cambi?ndoos el caf? de la taza al vaso o del vaso a la taza, no acabo nunca. Y, ya digo, muchos se quejan de que en sus primeros trabajos ganan menos que un camarero. ?De qu? van? Un camarero, un pe?n de alba?il y un barrendero son los oficios que deber?an estar mejor pagados, porque son los oficios m?s desagradables y esforzados. Pero no, ellos no lo ven as?, ellos creen que como tienen un t?tulo ya merecen ganar m?s que t?. Y qu? es un t?tulo. Un t?tulo son mil caf?s que te sirvo yo durante cinco a?os. Eso es un t?tulo... Otra peculiaridad de esta profesi?n es la invisibilidad. Siempre he cre?do que El hombre invisible deber?a estar protagonizado por un camarero. Se ahorrar?an una pasta en efectos especiales. No hay ser humano sobre la tierra que pase tan desapercibido como un camarero. Eso que sale en las pel?culas de que, cuando llega el camarero con las bebidas, todos se callan para que ?ste no capte la conversaci?n, es mentira. Cuando el camarero llega nadie se calla. Y da igual de lo que est?n hablando. Seguro que los camareros de la cafeter?a Galaxia sab?an perfectamente lo del golpe de estado antes de que se produjera. Yo no llego a tanto, pero s? cosas jugosas, tanto que ando escribi?ndolas a vuelapluma en mis cuadernos de escoria. A lo mejor el volumen se llama as?: Cuaderno de escoria. Da lo mismo, como no me lo van a publicar puedo ponerle el nombre que me salga de los cojones. Y hasta revelar identidades. Nada de pseud?nimos ni trampantojos: la realidad tal cual. Fulanito de tal traficando con drogas, Menganito acost?ndose con alumnas y Zutanito sobornando profesores. Aunque, curiosamente, lo que m?s llama mi atenci?n en la facultad no es la miseria peliculera de los estupefacientes y el sexo, sino la vida cotidiana y sus mezquindades. Me gusta ver c?mo ese chico de ojos l?nguidos mira a esa chica deliciosa de s?quito servil. Ella no sabe siquiera que ?l existe, pero ?l no le quita el ojo de encima. La mira por encima de su peri?dico, entrecerrando los ojos para quedarse con su imagen grabada en la cabeza. Ella es muy mona, pero yo he visto decenas de chicas tan monas como ella, y m?s. Tambi?n he visto decenas de solitarios lanzando miradas furtivas y humedeci?ndose los labios con la lengua. De ellas y de ellos hablo en mi Cuaderno. Y de la pandilla de amigos tambi?n hablo en mi libro. Cada a?o se juntan cientos de pandillas. Los ne?fitos, reci?n matriculados, van encontrando sus iguales y formando grupitos. Me encanta verlos, me encanta observar su evoluci?n. Es pura zoolog?a. Son diez o doce, entre chicos y chicas. Normalmente, se subdividen por sexos y es habitual verlos solos a ellos o solas a ellas. Y hay m?s facciones: dos o tres chicos, dos o tres chicas y alguno que otro que, realmente, no se siente amigo de nadie. Lo mejor es la acci?n. De repente, la cosa empieza a crepitar, las relaciones se galvanizan, y uno se l?a con una, y uno se enfada con otro, y uno desaparece, y otro se incorpora. Es divertid?simo. Luego todo vuelve a su ser. Siempre hay un momento en el que el grupo, que parec?a disgregado y pulverizado, vuelve a juntarse alrededor de la misma mesa, con el mismo esp?ritu de cuando empezaron, como en un conjuro. Y eso es bonito, porque es la vida... Los profesores son cap?tulo aparte, aunque son exactamente igual que los alumnos. Tienen su propia cafeter?a, y he servido tambi?n en ella. Es habitual ver a alg?n profesor tomando su caf? en la cafeter?a general, pero lo normal es que se recluyan en la suya propia, donde s?lo entran los alumnos dilectos (los que se acuestan con ellos, vamos). El profesor en la cafeter?a general siempre es un intruso. Se les nota. Se les ve en las maneras y en los gestos que no se sienten c?modos. Alrededor suyo hay un traj?n de cr?ticas y motes al que no pueden sustraerse. Se saben observados y vilipendiados, y tienen que mantener esa pose de seriedad y arrogancia que se les exige en la tarima. Por eso est?n m?s c?modos en su propia cafeter?a. All? respiran, se sueltan la corbata, r?en. Si los alumnos ven al profesor como uno de ellos le pierden el respeto, le menosprecian. Necesitan esa segregaci?n de foro, esa diferencia radical profesor-alumno. Hasta encontrarse en el cuarto de ba?o con un profesor resulta desolador para ambos. Curiosamente, en la cafeter?a de profesores, los docentes parecen alumnos. Como ?stos, hablan a voces y se dedican a mofarse de los otros, del colectivo que tienen enfrente. Tambi?n los profesores tienen motes para todos y llenan su boca con los mismos nombres y las mismas an?cdotas. La cafeter?a de profesores y la de alumnos son dos mundos paralelos tan similares que, si se superpusiesen, la ?nica diferencia estar?a en la profusi?n de corbatas en una y de zapatillas en otra... Por no hablar del edificio: gris, eterno, absurdo, gris, sospechosamente gris. En mis sue?os m?s bellos salgo yo con una brocha en la mano y lo pinto todo de rojo de un s?lo mandoble. Me gustar?a pasarme meses pintando la facultad de arriba abajo, poner color a tanta grisalla, meter vida a esta enorme l?pida. Pero es imposible. Su muerte es gloriosa, triunfal, invencible. Desde siempre y para siempre, este bloque de hormig?n, este monolito de estupidez, esta c?rcel de mujeres ahorcadas, elevar? su canto de fealdad sobre la hierba, ver? pasar los coches, alojar? generaciones est?lidas de estudiantes, y se caer? un d?a piedra a piedra cuando ya a nadie le importe, durante una gran guerra nuclear o un partido de f?tbol... Releo ahora estos papeles, ahora que lo he dejado todo. Estoy en el pueblo, fumando mi cigarrillo de la infancia, cerca del r?o, al final del camino, mientras anochece. La brisa de octubre caracolea a ras de suelo y un olor a tomillo y gram?nea me circunda, como si quisiera devorarme. Fumo pausadamente y el d?a se va pausadamente. No quiero dar caladas precoces, acelerar el ocaso, sintetizar el crep?sculo. No. Quiero ver la lentitud sabia de la muerte en estos cielos de azul repetido y volver a casa con la noche por sombrero, siguiendo un rastro de cenas y de madres.


ALBERTO OLMOS

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Publicado por ChemaRubioV @ 18:57  | RELATO .
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