Domingo, 07 de octubre de 2007
Sali? no m?s el 10 ?un 4 y un 6? cuando ya nadie lo cre?a. A m? qu? me importaba, hac?a rato que me hab?an dejado seco. Pero hubo un murmullo feo entre los jugadores acodados a la mesa del billar y los mirones que formaban rueda. Renato Flores palideci? y se pas? el pa?uelo a cuadros por la frente h?meda. Despu?s junt? con pesado movimiento los billetes de la apuesta, los alis? uno a uno y, dobl?ndolos en cuatro, a lo largo, los fue metiendo entre los dedos de la mano izquierda, donde quedaron como otra mano rugosa y sucia entrelazada perpendicularmente a la suya. Con estudiada lentitud puso los dados en el cubilete y empez? a sacudirlos. Un doble pliegue vertical le part?a el entrecejo oscuro. Parec?a barajar un problema que se le hac?a cada vez m?s dif?cil. Por fin se encogi? de hombros.
?Lo que quieran...?dijo.
Ya nadie se acordaba del tachito de la coima. Jim?nez, el del negocio, presenciaba desde lejos sin animarse a recordarlo. Jes?s Pereyra se levant? y ech? sobre la mesa, sin contarlo, un mont?n de plata.
?La suerte es la suerte dijo con una lucecita asesina en la mirada?. Habr? que irse a dormir.
Yo soy hombre tranquilo; en cuanto o? aquello, gan? el rinc?n m?s cercano a la puerta. Pero Flores baj? la vista y se hizo el desentendido.
?Hay que saber perder ?dijo Z??iga sentenciosamente, poniendo un billetito de cinco en la mesa. Y a?adi? con retint?n?: Total, venimos a divertirnos.
- ?Siete pases seguidos! -coment?, admirado, uno de los de afuera.
Flores lo midi? de arriba abajo.
??Vos, siempre rezando!?dijo con desprecio.
Despu?s he tratado de recordar el lugar que ocupaba cada uno antes de que empezara el alboroto. Flores estaba lejos de la puerta, contra la pared del fondo. A la izquierda, por donde ven?a la ronda, ten?a a Z??iga. Al frente, separado de ?l por el ancho de la mesa del billar, estaba Pereyra. Cuando Pereyra se levant? dos o tres m?s hicieron lo mismo. Yo me figur? que ser?a por el inter?s del juego, pero despu?s vi que Pereyra ten?a la vista clavada en las manos de Flores. Los dem?s miraban el pa?o verde donde iban a caer los dados, pero ?l s?lo miraba las manos de Flores.
El montoncito de las apuestas fue creciendo: hab?a billetes de todos tama?os y hasta algunas monedas que puso uno de los de afuera. Flores parec?a vacilar. Por fin larg? los dados. Pereyra no los miraba. Ten?a siempre los ojos en las manos de Flores.
-El cuatro -cant? alguno.
En aquel momento, no s? por qu?, record? los pases que hab?a echado Flores: el 4, el 8, el 10, el 9, el 8, el 6, el 10... Y ahora buscaba otra vez el 4.
El s?tano estaba lleno del humo de los cigarrillos. Flores le pidi? a Jim?nez que le trajera un caf?, y el otro se march? rezongando. Z??iga sonre?a maliciosamente mirando la cara de rabia de Pereyra. Pegado a la pared, un borracho despertaba de tanto en tanto y dec?a con voz pastosa:
??Voy diez a la contra! ?Despu?s se volv?a a quedar dormido.
Los dados sonaban en el cubilete y rodaban sobre la mesa. Ocho pares de ojos rodaban tras ellos. Por fin alguien exclam?:
? ?El cuatro!
En aquel momento agach? la cabeza para encender un cigarrillo. Encima de la mesa hab?a una lamparita el?ctrica, con una pantalla verde. Yo no vi el brazo que la hizo a?icos. El s?tano qued? a oscuras. Despu?s se oy? el balazo.
Yo me hice chiquito en mi rinc?n y pens? para mis adentros: "Pobre Flores, era demasiada suerte". Sent? que algo ven?a rodando y me tocaba en la mano. Era un dado. Tanteando en la oscuridad, encontr? el compa?ero.
En medio del desbande, alguien se acord? de los tubos fluorescentes del techo. Pero cuando los encendieron, no era Flores el muerto. Renato Flores segu?a parado con el cubilete en la mano, en la misma posici?n de antes. A su izquierda, doblado en su silla, Ismael Z??iga ten?a un balazo en el pecho.
"Le erraron a Flores", pens? en el primer momento, "y le pegaron al otro. No hay nada que hacerle, esta noche est? de suerte."
Entre varios alzaron a Z??iga y lo tendieron sobre tres sillas puestas en hilera. Jim?nez (que hab?a bajado con el caf?) no quiso que lo pusieran sobre la mesa de billar para que no le mancharan el pa?o. De todas maneras ya no hab?a nada que hacer.
Me acerqu? a la mesa y vi que los dados marcaban el 7. Entre ellos hab?a un rev?lver 48.
Como quien no quiere la cosa, agarr? para el lado de la puerta y sub? despacio la escalera. Cuando sal? a la calle hab?a muchos curiosos y un milico que doblaba corriendo la esquina.

Aquella misma noche me acord? de los dados, que llevaba en el bolsillo??lo que es ser distra?do!?, y me puse a jugar solo, por puro gusto. Estuve media hora sin sacar un 7. Los mir? bien y vi que faltaban unos n?meros y sobraban otros. Uno de los "chivos" tenia el 8, el 4 y el 5 repetidos en caras contrarias. El otro, el 5, el 6 y el 1. Con aquellos dados no se pod?a perder. No se pod?a perder en el primer tiro, porque no se pod?a formar el 2, el 3 y el 12, que en la primera mano son perdedores. Y no se pod?a perder en los dem?s porque no se pod?a sacar el 7, que es el n?mero perdedor despu?s de la primera mano. Record? que Flores hab?a echado siete pases seguidos, y casi todos con n?meros dif?ciles: el 4, el 8, el 10, el 9, el 8, el 6, el 10... Y a lo ?ltimo hab?a sacado otra vez el 4. Ni una sola clavada. Ni una barraca. En cuarenta o cincuenta veces que habr?a tirado los dados no hab?a sacado un solo 7, que es el n?mero m?s salidor.
Y, sin embargo, cuando yo me fui, los dados de la mesa formaban el 7, en vez del 4, que era el ?ltimo n?mero que hab?a sacado. Todav?a lo estoy viendo, clarito: un 6 y un 1.
Al d?a siguiente extravi? los dados y me establec? en otro barrio. Si me buscaron, no s?; por un tiempo no supe nada m?s del asunto. Una tarde me enter? por los diarios que Pereyra hab?a confesado. Al parecer, se hab?a dado cuenta de que Flores hac?a trampa. Pereyra iba perdiendo mucho, porque acostumbraba jugar fuerte, y todo el mundo sab?a que era mal perdedor. En aquella racha de Flores se le hab?an ido m?s de tres mil pesos. Apag? la luz de un manotazo. En la oscuridad err? el tiro, y en vez de matar a Flores mat? a Z??iga. Eso era lo que yo tambi?n hab?a pensado en el primer momento.
Pero despu?s tuvieron que soltarlo. Le dijo al juez que lo hab?an hecho confesar a la fuerza. Quedaban muchos puntos oscuros. Es f?cil errar un tiro en la oscuridad, pero Flores estaba frente a ?l, mientras que Z??iga estaba a un costado, y la distancia no habr? sido mayor de un metro. Un detalle lo favoreci?: los vidrios rotos de la lamparita el?ctrica del s?tano estaban detr?s de ?l. Si hubiera sido ?l quien dio el manotazo ? dijeron? los vidrios habr?an ca?do del otro lado de la mesa de billar, donde estaban Flores y Z??iga.
El asunto qued? sin aclarar. Nadie vio al que peg? el manotazo a la l?mpara, porque estaban todos inclinados sobre los dados. Y si alguien lo vio, no dijo nada. Yo, que pod?a haberlo visto, en aquel momento agach? la cabeza para encender un cigarrillo, que no llegu? a encender. No se encontraron huellas en el rev?lver, ni se pudo averiguar qui?n era el due?o. Cualquiera de los que estaban alrededor de la mesa?y eran ocho o nueve?pudo pegarle el tiro a Z??iga.
Yo no s? qui?n habr? sido el que lo mat?. Quien m?s quien menos ten?a alguna cuenta que cobrarle. Pero si yo quisiera jugarle sucio a alguien en una mesa de pase ingl?s, me sentar?a a su izquierda, y al perder yo, cambiar?a los dados leg?timos por un par de aquellos que encontr? en el suelo, los meter?a en el cubilete y se los pasar?a al candidato. El hombre ganar?a una vez y se pondr?a contento. Ganar?a dos veces, tres veces... y seguir?a ganando. Por dif?cil que fuera el n?mero que sacara de entrada, lo repetir?a siempre antes de que saliera el 7. Si lo dejaran, ganar?a toda la noche, porque con esos dados no se puede perder.
Claro que yo no esperar?a a ver el resultado. Me ir?a a dormir, y al d?a siguiente me enterar?a por los diarios. ?Vaya usted a echar diez o quince pases en semejante compa??a! Es bueno tener un poco de suerte; tener demasiada no conviene, y ayudar a la suerte es peligroso. . .
S?, yo creo que fue Flores no m?s el que lo mat? a Z??iga. Y en cierto modo lo mat? en defensa propia. Lo mat? para que Pereyra o cualquiera de los otros no lo mataran a ?l. Z??iga?por alg?n antiguo rencor, tal vez?le hab?a puesto los dados falsos en el cubilete, lo hab?a condenado a ganar toda la noche, a hacer trampa sin saberlo, lo hab?a condenado a que lo mataran, o a dar una explicaci?n humillante en la que nadie creer?a.
Flores tard? en darse cuenta; al principio crey? que era pura suerte; despu?s se intranquiliz?; y cuando comprendi? la treta de Z??iga, cuando vio que Pereyra se paraba y no le quitaba la vista de las manos, para ver si volv?a a cambiar los dados, comprendi? que no le quedaba m?s que un camino. Para sacarse a Jim?nez de encima, le pidi? que le trajera un caf?. Esper? el momento. El momento era cuando volviera a salir el 4, como fatalmente ten?a que salir, y cuando todos se inclinaran instintivamente sobre los dados.
Entonces rompi? la bombita el?ctrica con un golpe del cubilete, sac? el rev?lver con aquel pa?uelo a cuadros y le peg? el tiro a Z??iga. Dej? el rev?lver en la mesa, recobr? los "chivos" y los tir? al suelo. No hab?a tiempo para m?s. No le conven?a que se comprobara que hab?a estado haciendo trampa, aunque fuera sin saberlo. Despu?s meti? la mano en el bolsillo de Z??iga, le busc? los dados leg?timos, que el otro hab?a sacado del cubilete, y cuando ya empezaban a parpadear los tubos fluorescentes, los tir? sobre la mesa.
Y esta vez s? ech? clavada, un 7 grande como una casa, que es el n?mero m?s salidor...





del libro de RODOLFO WALSLH

"Diez cuentos policiales argentinos", ? Hachette, 1953

Tags: RODOLFO WALSLH, operacion masacre, revolucionario, periodista

Publicado por ChemaRubioV @ 12:55  | RELATO .
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