Domingo, 14 de octubre de 2007
-Yo acarici? y ellos mordieron. Y han sido miles ?miles, cr?eme? ?Entiendes lo que te digo?-

No, no entend?a lo que me dec?a. Hab?a llegado al parque para estar solo, y a pesar de las consecuencias barrosas de una lluvia reciente, logr? alcanzar un banco con la idea de estar hasta que me diera frio. Pero apareci? este tipo, se sent? a mi lado, sac? de su abrigo una libreta y un boli, se puso a escribir y de pronto, comenz? a contarme una historia que empez?, mas o menos, como lo acaban de leer y continu?:

- Hoy por la ma?ana, por ejemplo, ven?a en el metro, de pie, un ni?o que dorm?a en un coche no se enteraba del foll?n a su alrededor y me hac?a sonre?r. Su madre era una joven que estaba a mi lado; ten?a unos bell?simos ojos celestes turquesa o cielo y aunque al comienzo eso me distrajo y no me daba cuenta, de pronto vi como apretaba su bolso entre brazo y costado. El metro comenz? a detenerse y no me habl?, pero hizo un peque?o gesto que daba a entender que bajar?a, yo le sonre? y me mov? cediendo el paso. Entonces, cambi? la cartera al lado m?s lejano, lo apret? con m?s fuerza, asinti? con la cabeza sin mirarme, empuj? el coche y sali? del vag?n escondi?ndose entre los otros.

Supongo que ten?a dibujado el desconcierto en la cara porque agreg?:
creo que para que me entiendas tendr? que ir mucho m?s atr?s -me mir? y luego elev? la vista por entre las ramas silenciosas hacia el cielo, yo hice lo mismo- desde hace tiempo que le doy vueltas al asunto y aunque entenderlo tambi?n a m? me ha costado m?s de la cuenta y no lo he logrado completamente, sigo en ello ?sabes?, sigo en ello -baj? la vista, yo hice lo mismo, para centrarla en un punto indeterminado muy lejano y cuando logr? ver lo que buscaba continu?- todo empez? cuando le saqu? un dinero a mi madre para golosinas. S?, aunque suene tonto, ?se fue el comienzo. Y al menos en esto el siquiatra estuvo de acuerdo conmigo. Deb? tener unos seis a?os y los que creen que a esa edad no se reconoce entre lo bueno y lo malo, se equivocan rotundamente. Ver?s, siempre hab?a una cantidad indeterminada de monedas en una canastita sobre la nevera. No recuerdo si lo plane? o algo as?, pero yo tiendo a creer, m?s que a recordar, que fue un fuerte y repentino impulso -puso ?nfasis en esta aclaraci?n-. La canastita sobre la nevera no era un lugar dentro de mi mundo. Este y otros muchos me parec?an algo as? como otra dimensi?n, paralela a la m?a, regida por otras leyes, a la que me gustaba entrar escondido y que me apasionaba. Como los cajones inalcanzables, y m?s a?n las cajitas dentro de los cajones, y todav?a m?s las peque?as cajitas dentro de ellas. Cuando cog? las monedas y me las met? al bolsillo no puedo explicar lo que sent?, pero nada bueno, mas bien algo terrible; es ese el momento en que todo cambia, cuando la vida se transforma en la vida que nos acompa?ar? siempre ?sabes? -sijo y me mir? profundamente-. La se?ora del negocio me mir? raro cuando pagu?; y de vuelta a casa, la vecina que siempre estaba barriendo la vereda, exclam? un "?Uy que goloso?" con iron?a. Nadie lo pod?a saber, pero lo sab?an ?sabes? Y aunque no me sentaba nada bien y cada vez era peor, por alguna extra?a raz?n lo repet? una segunda y una tercera vez, o quiz?s m?s. Para cuando lo dej? ya era demasiado tarde. Despu?s todo fue diferente. Desaparec?a un l?piz en clase, el l?piz de la compa?era gordita hija de una amiga de la profesora. La sala se llenaba de un intercambio de hombros encogidos y miradas inocentes, que seguramente lo eran. La profe se pon?a de pie y caminaba de lado a lado, con la pizarra de fondo y buscaba, con los ojos afilados, un rostro que se incriminara, y yo temblaba culpable de algo que no hab?a hecho. Cierto es que nunca me dijeron nada, pero poco importa: hab?a perdido la inocencia.
- Yo segu?a escuchando atentamente. El me mir?.
No s? como explicarlo, intenta imaginar. Yo era un chico, con cara de ni?o bueno, de santurr?n incluso, y cuando sin querer aparec?a un poco de malicia en mi expresi?n y escuchaba que me dec?an: ? Pero la cara de p?caro que pone, dios m?o, los tranquilos son los peores?; a mi me daba verg?enza. ?Entiendes?

- Detuvo el relato de imprevisto y pregunt? si pod?a leer en voz alta lo que hab?a escrito en su libreta. Asent? mir?ndole desconcertado.
"La tarde es fantasmag?rica, en la ma?ana llov?a y a esta hora el parque murmura casi vac?o. El viento saluda educado y los charcos de agua sobrevivientes responden con un gesto tembloroso. El barro por momentos impide caminar. As?, no result? nada f?cil llegar a mi asiento de siempre. Deb? devolverme e intentar por otra v?a cuatro veces. Y tal como hace unos meses, no me siento nada bien; respiro mal, me arde la cabeza"

Yo creo que es un buen comienzo para contarlo, ?no crees?-me pregunt?-

Lo recuerdo todo muy bien -continu?- Sal?a de casa con direcci?n al parque, me sent?a de buen ?nimo, con energ?a, pero ten?a que ocurrir algo. Y creo que lo esperaba, que lo present?a. Cerr? la puerta y de frente apareci? una se?ora que apenas me vio, cruz? la calle, me miraba de soslayo y apuraba el tranco a la misma velocidad que mi tranquilidad se evaporaba. Intent? no darle importancia. Segu?, quer?a volverme y decir algo, pero segu?, dientes apretados y mirada fija. Torc? en la esquina, y mientras segu?a reprobando con la cabeza lo que sucedi? metros antes, entr? a un negocio para comprar un boli y una libreta. No este boli, pero uno casi igual y esta misma libreta. El dependiente me indic? el pasillo; a su lado, tres televisores de distinto tama?o entregaban las im?genes de varias c?maras de vigilancia. Era una tienda muy desordenada y mientras buscaba entre sacapuntas y bolis m?gicos y me preguntaba cu?nto pod?an valer esas cosas en China, me sent?a culpable. Me veo sospechoso, estoy seguro. Cree que le robo. Pensaba. De inmediato lo escuch? hablar con alguien y ese alguien lleg? a mi lado para ver lo que hac?a. Se present? con cierto aire de autoridad, de falsa inteligencia; y juro que me respondi? con una mueca risue?a e intencionadamente desagradable cuando le ped? ayuda. Para colmo, encontr? lo que buscaba justo enfrente de mis narices. Me entreg? las cosas con la mano quebradiza, una risa torcida y la ceja levantada. Lo habr?a estrangulado. Pagu?, sal? y respir? furioso. Repasaba en mi cabeza a la se?ora de antes, a la chica del metro por la ma?ana, a unos turistas del mediod?a. Me han tratado como a un delincuente por a?os y estoy cansado, ?a la mierda con la puta desconfianza! vociferaba en mi interior.

- Guard? silencio y se dispuso a escribir lo que sigue:

"No estoy seguro, pero puede ser que se carga con las intenciones y tambi?n con la naturaleza. Puede ser que deb? ser el otro toda la vida. Puede ser que era inevitable. Porqu? si no, mis ojos siempre se deten?an en los bolsos a medio cerrar. Y porqu? que a veces pasaba m?s cerca de lo necesario y cambiaba el ritmo de los pasos de manera tan extra?a.

Un tiempo busqu? la soluci?n actuando. Evitando los gestos sospechosos, guardando la distancia suficiente. Si alguien caminaba delante, yo caminaba m?s lento para que se alejara tranquilo, si alguien iba a mi lado, cruzaba la calle y me deten?a en un escaparate cualquiera. Intentaba parecer distra?do. No mirar el interior de los coches. Buscar las c?maras de vigilancia, no ocultarse pero no mirarlas de frente. No esquivar los coches de la polic?a. Pero no sirvi? de nada, desconfiaron siempre, no es posible esconderse"

- Levant? la cabeza tranquilamente y continu?:

Yo no s? cu?l era mi expresi?n a ese momento, pero sent?a que se desbordaba algo. El mar, cuando en sus profundidades se desata un terremoto, debe sentir algo parecido. Y aunque por fuera deb? parecer un tipo cualquiera que tiene prisa y no sonr?e. Dentro, muy dentro, una gran ola se elev? a partir de profundidades insondables y avanz? con furia hasta una playa de arena blanca, arrastrando en un torbellino incomprensible sentimientos y habitaciones llenas de vida, odio, ira, caricias de madre y paciencia de hermana, violencia; y toda mi estructura fue devastada en pocos segundos. Nada sobrevivi? salvo unas pocas cosas que no s? si mejores, pero m?s fuertes o m?s valientes, o simplemente con m?s suerte, pero casi nada. Y as? caminaba, con unos pocos pensamientos flotando en un mar de rabia blanca y absoluta.

- Me mir? a los ojos y dijo:
Esa fue la reacci?n a la injusticia ?sabes? esa que puede levantar a pueblos enteros de un momento a otro, esa cosa que mantiene en cierta dignidad a la especie humana. Eso es lo que me reventaba por todos los rincones y creci? hasta que no pude controlarlo. Lo ?nico que deseaba era justificar lo que el mundo sent?a por m?: desconfianza.

- Yo no emit?a palabra, lo escuchaba.
Nunca me desvi? de mi camino al parque, pero como intentando esconderme de m? mismo, us? calles que nunca hab?a usado. Hasta que al fin, a dos cuadras de aqu?...

-Un suspiro lo detuvo, pero retom? enseguida.
Por esa calle, ?la ves?, una a la izquierda en la primera esquina. Recu?rdeme ir a ver el nombre, ser? bueno para mis notas...

-Suspir? de nuevo.

Una billetera que no necesitaba vino a dar al bolsillo interior de mi chaqueta. Un viejo la llevaba en el bolsillo trasero de los pantalones y nada hizo para detenerme -Gil? pollas?- gru??.

Corr? y entr? por aquella puerta. Casi puedo verme. Me sent? aqu? mismo, por eso vine.

- Cuando me dijo esto me pareci? muy m?gico que tambi?n para m? la banqueta tuviera un significado. Cuando volv? a escucharlo me describ?a la situaci?n.

Me sobaba los muslos intentando tranquilizar las piernas, antes de llegar a la banqueta no me respond?an, pens? que me derrumbar?a inevitablemente. Las palmas de mis manos brillaban y los dedos no cesaban en un movimiento peque?o y desordenado. ?As? mas o menos, ves?-y agitaba los dedos mientras los miraba-. Y mi pecho -y meti? la mano derecha bajo el abrigo haci?ndolo subir y bajar exageradamente-vaya si lo recuerdo, mi pecho empujaba la sangre como si no la quisiera dentro de s? y me hac?a palpitar la cabeza. Despu?s de unos minutos, cuando comenzaba a sentirme mejor, por all?, entre los ?rboles, vi serpentear un coche de polic?as. Pens? en ponerme de pie y largarme, pero record? mis cavilaciones honrosas: no debo verme sospechoso, realmente no me buscan, me repet?a, no es a m? a quien buscan.
Me qued? escuch?ndome el coraz?n, aguantando la respiraci?n para reventar en alivio cuando los viera alejarse. Es todo tan fresco ?sabes? como un cuadro de ayer, sin terminar, con el ?leo h?medo y ese aroma intenso; me siento como entonces. No se desviaron, y a unos veinte metros, frente a m?, detuvieron el motor y se apearon. Justo all?.

- Buenas tardes- dijo uno. Y juro que ten?a la misma mueca desagradable que el ayudante del dependiente. - Buenas tardes- dije, y me desvanec?a- ?Qu? hace aqu??- pregunt? el otro. Yo estaba de piedra - !P?ngase de pie?-
Y el resto de la historia ya para qu?. Mala suerte, dije. S?, mala suerte, y aqu? estoy. ?Qu? har?s ahora?, le pregunt?, algo forzado, supongo, porque no quedaba m?s que preguntarlo. Tras jalar aire profundamente exclam? que, si fuera por ?l, se quedar?a para siempre sentado en la banqueta, respirando tranquilo. Pero no puedes, contest?. Lo s?. Lo primero, encontrar al tipo de la billetera y ofrecerle disculpas, decirle que no desconf?e a pesar de todo, que es lo peor que puede hacer, que no se de por vencido, que yo no soy as?. Locura temporal dictamin? el juez. Eso es lo que pas? y espero que lo entienda. Es un buen comienzo- dije- ?Y luego? Lo segundo, y mir? a su lado derecho sobre la banqueta y sentenci?: descargarle un tiro entre los ojos al primero que me vuelva a hacer sentir culpable. ?Bien dicho! -exclam? sin pensar demasiado- pero, ?y si no encuentras al se?or aquel? Cierto ?es m?s importante volarle los sesos a la desconfianza! !Eso digo yo? -repliqu? repliqu? entusiasmado, pero nunca pens? que lo que dec?a de alguna manera era en serio, muy en serio-

Parec?a dispuesto a ponerse de pie inmediatamente pero reabri? la libreta y baj? la vista de nuevo apuntando:

"Justo ha sido el castigo a mi debilidad, pero ahora que todo est? reconstruido y el da?o indemnizado, buscar? la manera de ayudar al mundo a librarse de la peste, de extirparle de ra?z lo que nos destruye poco a poco. Veneno de la peor clase, porque no te avisa hasta que ya es demasiado tarde. Ant?doto ninguno, es necesario quitar todas las manzanas podridas del caj?n."

Guard? la libreta en el bolsillo izquierdo de su amplio y grueso abrigo. Se calz? un sombrero lleno de roc?o. Hizo el gesto de meter algo en el bolsillo derecho y camin? al metro procurando encontrar el mismo camino, mas o menos libre de barro, que encontr? para llegar hasta la banqueta siguiendo las que, el pens?, eran sus huellas anteriores, pero lo cierto es que no eran las suyas, sino las m?as, las que le permitieron salir del parque con rapidez.

Lo que ocurri? a partir de ese momento no lo supe sino hasta un mes mas tarde (mas o menos). Lo encontr? de nuevo en la misma banqueta y continu? con la historia a partir de la salida del parque. Y espero narrar bien lo que cont?, porque vale la pena. De hecho estuve tan emocionado con su historia que inmediatamente promet? escribirla en forma de relato, y al escuchar mis intenciones se mostr? muy emocionado, me abraz?, me regal? una sonrisa y me entreg? tambi?n sus notas. Me las devolver?s cuando nos veamos de nuevo ?Me dijo sonriendo!, y se fue.

En el metro compr? un abono de diez viajes y baj? al and?n que anunciaba dos minutos para la llegada del siguiente tren. Tom? asiento y volvi? a abrir la libreta:

"Es un billete de diez viajes, y seg?n mis c?lculos, bastar? para terminar con al menos cinco de ellos. Espero registrar las circunstancias de la manera m?s detallada posible, as? como mi reacci?n ?ntima despu?s de cada uno. No quiero que se vuelva una mera absurda entretenci?n."

Escuch? la inminente llegada de los carros y not? c?mo esa gran cueva de pronto se llenaba completamente de ruido. Entr? al vag?n. Dej? la mano derecha empu?ada dentro del abrigo y con la mano izquierda se cogi? de uno de las asideras. Afil? los ojos como lo hac?a su profesora en el colegio, y busc? una mirada que se incriminara. Dio con algunas sospechosas, pero no pod?a decir que fuera desconfianza. Timidez o verg?enza o cualquier otro mal menor. Necesitaba estar seguro. Pens? que la clave no eran solo las miradas sino tambi?n las manos escondiendo o protegiendo algo de manera exagerada. Pero exagerada no es la palabra. De manera enfermiza, s?, -pensaba- porque es una enfermedad, una terrible enfermedad. Y se dec?a a s? mismo que deb?a tomar nota tambi?n de eso. Lleg? a la siguiente estaci?n y una se?ora muy bien vestida le pregunt? si bajaba, ?l dijo que no y dio un paso al lado. Muy amable joven, dijo ella mientras esbozaba una sonrisa agradable y, al parecer, sincera. Comenz? a sentir un peque?o cosquilleo de impaciencia. Mir? al lado contrario y sin querer se encontr?, colgado del hombro de un hombre flaco y semicano, con el cierre de un bolso entreabierto. Procur? no quitar los ojos del interior hasta que lo sorprendieran. Y en cuanto eso sucedi?, el hombre le invit? a no preocuparse. He sido un distra?do toda la vida y nunca me ha pasado nada, este mundo es bueno. Y mientras lo dec?a le palmeaba dulcemente el antebrazo. La mano que guardaba en el bolsillo comenz? a sudar y al par de segundos not? que no solo su mano sudaba, sino que su gran abrigo ya no era un acompa?ante muy confortable dentro del vag?n caliente, y poco a poco las gotas comenzaron a llenarle el rostro, primero t?midamente y luego, sobre un terreno m?s suave, se deslizaban una tras otra desde el sombrero hasta el cuello de la camisa.
En la siguiente parada se baj? y tom? asiento en el and?n. Apunt? algunas notas que ten?a en la cabeza y mencion? a la dama elegante y al se?or distra?do. Y en cuanto lleg? el siguiente subi? de nuevo. Mantuvo la mano derecha dentro del bolsillo y con la mano izquierda alcanz? con dificultad una de las asideras. Qued? de espaldas al and?n. Una vez dentro del t?nel, gracias al reflejo en las ventanas, pudo seguir su vigilancia. Recorr?a cada detalle gestual entre hombros, brazos y cabezas de todas clases y despu?s de varias estaciones le pareci? reconocer algo, no hab?a nada especial, pero tuvo la necesidad imperativa de poner m?s atenci?n en un sector espec?fico. Intent? un mejor ?ngulo y al fin reconoci? a la misma bella jovencita de ojos celestes, con el coche acogedor y el ni?o, esta vez despierto, de ese nefasto d?a meses antes. Su mano en el bolsillo derecho pareci? inquieta. Reconoci? la manera en que ahorcaba el bolso entre el codo y las costillas y se le agolparon las emociones en la cabeza. La superficie de ese mar tranquilo comenz? a moverse, primero, imperceptiblemente, mientras en las profundidades una r?plica de ese primer terremoto no se hac?a esperar. Desconfianza, susurr?, esa es la desconfianza. Y un temblor creciente le apur? la respiraci?n. Sudaba como un caballo azuzado al galope en pleno verano. Sinti? de nuevo que las piernas le flaqueaban y la cabeza le palpitaba y la gran ola incontenible le recorr?a las v?sceras. Afirm? la mano oculta, se hizo paso algunos metros entre la gente y cuando la chica lo vio venir, reconstruy? el mismo gesto que ?l recordaba tan bien. Cambi? su bolso al lado m?s lejano y agach? la cabeza ignor?ndolo. Cuando estuvo a un metro y medio de distancia la chica lo mir? y ?l sac? la mano derecha del bolsillo en un movimiento brusco y despu?s de hacer el gesto de apretar el gatillo y emitir un fuerte PUMMM , que asust? a todos los que estaban alrededor, grit?: ?No desconf?es, carajo!. El ni?o estall? en llanto. En ese momento se abrieron las puertas. Baj? la mano que manten?a con el dedo pulgar en alto, el ?ndice estirado y apuntando entre los ojos celestes (aunque ahora le parec?an m?s bellos a?n que antes) y los dem?s enrollados sobre s? mismos. Busc? la salida r?pidamente pidiendo permiso y empujando, y una vez fuera se volvi? para encontrar las miradas de la joven y de medio vag?n m?s. La mayor?a incr?dulas o confundidas. La chica ten?a las pupilas dilatadas y la boca medio abierta, y el llanto del beb? compet?a de fondo con el pitido que anuncia el cierre de las puertas y con las risotadas de unos ni?os que le hac?an gestos de aprobaci?n con el pulgar en alto y las cejas levantadas.

Las ruedas giraron de nuevo llen?ndolo todo de ruido y los vagones siguieron su ruta inevitable. Hizo el adem?n de guardar un arma en el bolsillo, se acomod? el sombrero, desabroch? por completo el abrigo y tom? asiento abriendo la libreta ceremoniosamente.

"No ha sido f?cil, pero ahora estoy seguro de hacer lo correcto."
Se puso de pie y se dispuso a tomar el siguiente carro cuando, bajando por las escaleras al and?n reconoci? el uniforme de un guardia seguido de dos polic?as. Record? el parque y todo lo que sigui? a ese d?a. Decidi? no esperar. Se puso de pie y camin? r?pido y en sentido contrario. Alcanz? las escaleras que estaban en el extremo opuesto y las subi? dando brincos, y en vez de salir a la calle, decidi? bajar inmediatamente al otro and?n. Apenas descendi? llegaron casi simult?neamente los convoyes en ambos sentidos, se meti? al carro que le qued? enfrente. Encontr? varios asientos libres y necesitaba tomar un descanso. La sombra de la desconfianza se alarga hasta ensombrecer las mejores intenciones, pensaba ?No es posible dejarlo a uno tranquilo?
Los altavoces anunciaron la pr?xima parada. Una se?ora de ojos hinchados, como los de una rana, manten?a la cabeza inm?vil y erguida mientras sus pupilas iban de zapato en zapato buscando qui?n sabe qu?. El metro se detuvo y por la puerta m?s lejana, a su izquierda, vio aparecer la parte delantera de un coche de beb? -?Joder!- Y sin esperar a ver si se trataba de la bella joven de ojos celestes se gir? al otro costado, subi? el cuello de la chaqueta y acomod? el sombrero lo m?s abajo posible. Nada bien, se dec?a, m?s dif?cil de lo que esperaba. Para completar el cuadro, los ojos de la mujer busca zapatos se detuvieron en los suyos. Y como siempre ocurre, este detalle que a otro momento hubiera parecido irrelevante, ahora calaba una hendidura en medio de su campo y desviaba su atenci?n completamente. La primera reacci?n fue esconderlos, pero claro est?, no pod?a esconder los dos a la vez. Entonces escogi? el que le pareci? m?s sucio y lo cruz? por detr?s del tal?n. La expresi?n de la mujer pareci? llenarse de cierto placer, como satisfecha de haberlo avergonzado, entonces ?l levant? la vista de los propios que, con el barro seco pegado por todo su rededor, indudablemente dejaban mucho que desear, para posarlos inquisitoriamente sobre los de ella. El rostro de la mujer pas? de pronto del placer a la tensi?n, pero lo disimul? muy bien, y entendiendo que la retaban directamente intent? agregar nuevos gestos al de su placer, sorpresa seguido de reprobaci?n, arqueaba las cejas, estiraba el ment?n. Pero nuestro h?roe no se dej? vencer y entendi? lo que hac?a, en especial, cuando not? que la sobrexpresi?n de su contrincante hab?a atra?do nuevas miradas sobre sus penosos zapatos. Sin embargo en pocos segundos las fuerzas se hab?an equiparado y cada fila de asientos, una frente a la otra, estaban completamente puestas en los zapatos del oponente y nuestro personaje que ese d?a se pensaba preparado para grandes cosas al fin soport? m?s. La se?ora apret? el pu?o y aunque se not? contrariada, lo asumi? r?pidamente y prefiri? seguir su rutina en otro sitio.
Una segunda gran haza?a en unos cuantos minutos, pens?. Pero se qued? pensando en la naturaleza de su logro, que claramente, no era deportivo. Quer?a saber lo que hab?a ganado, de qu? se trataba lo que acababa de concluir. Y poco a poco su rostro se ensombreci?. Cuestion? la triste naturaleza de su alegr?a. Se ator? en la amargura de su triunfo. Se pregunt? porqu? esa mujer se alimentaba del dolor ajeno, de enrostrarle a todo el que no quisiera saberlo, cruel e innecesariamente, la mugre que tra?a encima ?para qu??; por cu?nto tiempo lo hab?a hecho, y por cu?nto m?s podr?a seguir as?. Y le hirvi? la cabeza. Se pens? a s? mismo, compar?ndose, y concluy?, venciendo una invisible resistencia, que entre la realidad de ambos la similitud era enorme. Y pens? que ahora los dem?s, cuando juzgaran sus actos, ah? abajo, tambi?n pasar?an de la incomprensi?n, a la rabia y luego a la pena. Lo mascull? en silencio, lo que pensaba lo volv?a dentro de s? y lo regurgitaba, y el sabor resultante era cada vez m?s ?cido, m?s propio, m?s g?strico y al fin, el resultado no se lo esperaba: miedo.
Miedo de encontrar a alguien que le enrostrara su propia desconfianza, que le se?alara con el dedo no los zapatos, sino el coraz?n y le dijera lo que no quer?a escuchar. Que al fin y al cabo no es m?s que un cobarde sin derecho a decirle a los dem?s que no sientan miedo, s?, miedo, porque lo que ve en las m?s de las situaciones es miedo, miedo a un mundo hostil, cosa nada extra?a. Pero si ?l insiste en no ver el miedo y s? la desconfianza, es porque no pudo superar la desconfianza en s? mismo. Su tambaleante personalidad, sus valores descoloridos. Y se vio reflejado en las ventanas del metro, dentro del t?nel, oculto, asustado como un ni?o, bajo un sombrero, dentro de un abrigo, mir?ndole los zapatos altaneramente a una mujer que no conoce otra forma de ser feliz. Doy pena, se dijo, miserable, miserable, cobarde y miserable. So?? despierto con el se?or distra?do y semicano que le repet?a: ?no desconf?es carajo? mientras la dama elegante le sonre?a tiernamente.
Sac? la libreta del bolsillo para anotar lo que pensaba pero no pudo. Los ojos se le hincharon como el de la se?ora que ten?a enfrente y de pronto, esa gran ola que lo recorr?a hac?a mucho entre v?sceras y cerebelo, estall? bajo los p?rpados en un llanto infantil e irremediable. Se quit? el sombrero y lo estruj? con desesperaci?n. Lo us? de pa?uelo. Vio que se abrieron las puertas y sali? del carro. Se sent? de nuevo, se quit? el abrigo y dej? el sombrero arrugado a su lado, soltando l?grimas imparables con unas ganas y un placer que no cab?a entre los placeres que hab?a podido saborear hasta ese momento. Nada superaba ese estremecimiento reconfortante. Seguramente algo parecido a ser amamantado, pero era algo que no pod?a saber. Y en medio de ese diluvio interno y soberano pudo escoger. Y ahora, por fin y sin ninguna duda tuvo la decisi?n correcta en sus manos. Se acept?, y entonces abri? la libreta y ley? su sentencia anterior: "... quitar todas las manzanas podridas del caj?n...". Ley? en el letrero luminoso del and?n: dos minutos para el pr?ximo tren. Dos minutos, repiti? en voz baja. Se mir? los zapatos intentando mirarse el coraz?n, entrando por su lado m?s sucio por fuera, al que, ahora entend?a, era su basurero por dentro. Se dej? llevar a un lugar lejano, muchos a?os atr?s. Se vio traicionar a su familia quitando las monedas que no le pertenec?an. Y vio cosas que hab?a olvidado. Su madre, pregunt?ndole por las monedas y ?l negando con la cabeza. Y luego escuchando detr?s de la puerta un interrogatorio a la empleada de la casa. Lo vio una y otra vez, y al fin, vio a la muchacha llorando y saliendo de la casa con su maleta.
Se puso de pie y camin? hasta la l?nea amarilla. Record? una frase de Milan Kundera en uno de sus libros preferidos: "Esconderse y sentirse culpable es el comienzo de la derrota".

El ruido comenz? a devorar de nuevo el amplio espacio. Pero a diferencia de otras veces en que puso a prueba su entendimiento, las piernas no le fallaron y el coraz?n se mantuvo sereno. ?Al menos! Pens?.
El ruido crec?a y lo que antes era una aviso se convert?a poco a poco en una realidad. Avanz? tres cent?metros sobre la l?nea amarilla con pasitos casi imperceptibles. Pero el metro que llegaba ven?a en direcci?n contraria. ?Maldita sea!, refunfu??. Fue hasta el asiento donde estaba el abrigo y el sombrero casi desecho. Se calz? el primero y el segundo, despu?s de intentarlo varias veces, prefiri? mantenerlo enrollado en la mano. Vio desaparecer el ?ltimo vag?n del metro que le hab?a tomado el pelo, y tras ?l, pudo reconocer a una chica y un polic?a cargando escaleras arriba un coche de beb?. A este momento lo ?nico que no podr?a soportar es que una contrariedad tonta le privara la primera decisi?n coherente y tranquila de cuantas ten?a memoria de haber tomado. Mir? el reloj para saber cu?ntos segundos faltaban pero el reloj insist?a en marcar los mismos dos minutos que ya hac?a m?s de tres. Se qued? con la vista en los d?gitos, y forzando los ojos para no pesta?ear pudo ver justo antes de que le ardieran demasiado que el 2:00 era reemplazado por un 01:50. -Al fin- dijo suavemente. Dej? los ojos cerrados para descansar del esfuerzo. Al abrirlos vio bajar desde la escalera que asomaba al fondo del and?n y sin prisa, los pantalones de otro par de polic?as. Le dio igual. Total, pens?, qu? mas da. Supuso que la chica se hab?a quejado con los guardias y a su vez estos llamaron a la polic?a. Y entend?a que se armara cierto alboroto y sin perder tiempo comenz? a caminar de espaldas a la misma velocidad que los polic?as se acercaban (en marcha atr?s, digamos), hasta que choc? con una pareja y tuvo que girarse.. Pero del otro lado vio descender a la chica de ojos celestes y otro polic?a cargando el cochecito. Exclam? un -maldita sea- del alma. Mir? el reloj que ya remontaba los 50 segundos y bajaba a 40. Sus ojos se turnaban pasando r?pidamente del reloj, a los polic?as que ten?a de frente, a la chica con el cochecito y al reloj nuevamente. Escuch? acercarse otro metro a sus espaldas y apenas un pesta?eo m?s tarde se instalaba en el and?n del frente. Los polic?as se hab?an demorado contestando algo a unos turistas, se gir? a mirar a la chica que le busc? la mirada con sus ojos celestiales. Se detuvo un par de segundos en ella, hipnotizado, le pareci? un verdadero ?ngel, y de pronto, el metro que esper? segundo a segundo avanz? a su lado empuj?ndolo y sopl?ndole el costado. No pudo reaccionar, acababa de pasarle de largo el destino, tan, pero tan cerca que sinti? c?mo se quebraba un peque??simo puente en su realidad. La chica qued? apenas a un metro o poco m?s, meti? la mano en el coche y sac? ?la libreta?. -Su libreta- le dijo ella con una voz propia de sus ojos. Al momento, los dos polic?as pasaban conversando animadamente por su lado.

Gracias a ella puedo contar esta historia, y ?l puede, a este lado de la l?nea amarilla, seguir haciendo la suya, con confianza.


SERGIO SALGADO

Tags: chile, relato, poeta, desconfia, metro, libreta

Publicado por ChemaRubioV @ 21:39  | RELATO .
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