Lunes, 15 de octubre de 2007
Cuando yo sal? del pueblo, hace la friolera de cuarenta y ocho a?os, me top? con el Aniano, el Corsario, bajo el chopo del Elicio, frente al palomar de la t?a Zenona, ya en el camino del Pozal de la Culebra. Y el Aniano se vino a m? y me dijo: "?D?nde va el Estudiante?". Y yo le dije: "?Qu? s? yo! Lejos". "?Por tiempo?" dijo ?l. Y yo le dije: "Ni lo s?". Y ?l me dijo con su servicial docilidad: "Voy a la capital. ?Te se ofrece algo?" Y yo le dije: "Nada, gracias Aniano".
Ya en el a?o cinco, al marchar a la ciudad para lo del bachillerato, me avergonzaba ser de pueblo y que los profesores me preguntasen (sin indagar antes si yo era de pueblo o de ciudad): "Isidoro ?de qu? pueblo eres t??" Y tambi?n me mortificaba que los externos se dieran de codo y cuchichearan entre s?: "?Te has fijado que cara de pueblo tiene el Isidoro?" o, simplemente, que prescindieran de m? cuando echaban a pies para disputar una partida de zancos o de pelota china y dijeran despectivamente: "?se no; ?se es de pueblo." Y yo pon?a buen cuidado por entonces en evitar decir: "All? en mi pueblo..." o "El d?a que regrese a mi pueblo", pero a pesar de ello, el Topo, el profesor de Aritm?tica y Geometr?a, me dijo una tarde en que yo no acertaba a demostrar que los ?ngulos de un tri?ngulo valieran dos rectos: "Si?ntate, llevas el pueblo escrito en la cara". Y a partir de entonces, el hecho de ser de pueblo se me hac?a una desgracia, y yo no pod?a explicar c?mo se cazan gorriones con cepos o colorines con liga, ni que los esp?rragos, junto al arroyo, brotaran m?s recios ech?ndoles porquer?a de caballo, porque mis compa?eros me menospreciaban y se re?an de m?. Y toda mi ilusi?n, por aquel tiempo, estribaba en confundirme con los muchachos de ciudad y carecer de un pueblo que parec?a que le marcaba a uno, como a las reses, hasta la muerte. Y cada vez que en vacaciones visitaba el pueblo, me ilusionaba que mis viejos amigos, que segu?an matando tordas con el tirachinas y cazando ranas en la charca con un alfiler y un trapo rojo, dijeran con desprecio: "Mira el Isi; va cogiendo andares de se?oritingo". As?, en cuanto pude, me largu? de all?, a Bilbao, donde dec?an que embarcaban mozos gratis para el Canal de Panam? y que luego le descontaban a uno el pasaje de la soldada.

Pero aquello no me gust?, porque ya por entonces padec?a yo del espinazo y me doblaba mal y se me antojaba que no estaba hecho para trabajos tan rudos y, as? de que llegu?, me puse primero de guardagujas y despu?s de portero en la Escuela Normal y m?s tarde empec? a trabajar las radios Philips que dejaban una punta de pesos sin ensuciarse uno las manos. Pero lo curioso es que all? no me mortificaba tener un pueblo y hasta deseaba que cualquiera me preguntase algo para decirle: "All?, en mi pueblo, el cerdo lo matan as?, o asao". O bien: "All? en mi pueblo, los hombres visten traje de pana rayada y las mujeres sayas negras, largas hasta los pies". O bien: "All? en mi pueblo, la tierra y el agua son tan calc?reas que los pollos se asfixian dentro del huevo sin llegar a romper el cascar?n". O bien: "All?, en mi pueblo, si el enjambre se larga, basta arrimarle una escri?a agujereada con una rama de carrasco para reintegrarle a la colmena". Y empec? a darme cuenta, entonces, de que ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero y que los tesos y el nido de la cig?e?a y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras que las pilas de ladrillo y los bloques de cemento y las monta?as de piedra de la ciudad cambiaban cada d?a y con los a?os no restaba all? un solo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el pueblo permanec?a, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro.

Tags: CASTILLA, valladolid, prosa, fragmento, miguel delibes, el hereje

Publicado por ChemaRubioV @ 19:21
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