Lunes, 15 de octubre de 2007
"Vi a Salinger en un autob?s de la Quinta Avenida de Nueva York. Lo vi, estoy seguro de que era ?l. Ocurri? hace tres a?os cuando, al igual que ahora, simul? una depresi?n y logr? que me dieran, por un buen periodo de tiempo, la baja en el trabajo. Me tom? la libertad de pasar un fin de semana en Nueva York. No estuve m?s d?as porque obviamente no me conven?a correr el riesgo de que me llamaran de la oficina y no estuviera localizable en casa. Estuve s?lo dos d?as y medio en Nueva York, pero no puede decirse que desaprovechara el tiempo. Porque vi nada menos que a Salinger. Era ?l, estoy seguro. Era el vivo retrato del anciano que, arrastrando un carrito de la compra, hab?an fotografiado, hac?a poco, a la salida de un hipermercado de New Hampshire.
Jerome David Salinger. All? estaba al fondo del autob?s. Parpadeaba de vez en cuando. De no haber sido por eso, me habr?a parecido m?s una estatua que un hombre. Era ?l. Jerome David Salinger, un nombre imprescindible en cualquier aproximaci?n a la historia del arte del No.
Autor de cuatro libros tan deslumbrantes como famos?simos The Catcher in the Rye (1951), Nine Stories (1953), Franny and Zooey (1961) y Raise High the Roof Beam, Carpenters; Seymour: An Introduction (1963), no ha publicado hasta el d?a de hoy nada m?s, es decir que lleva treinta y seis a?os de riguroso silencio que ha venido acompa?ado, adem?s, de una legendaria obsesi?n por preservar su vida privada.
Le vi en ese autob?s de la Quinta Avenida. Le vi por causalidad, en realidad le vi porque me dio por fijarme en una chica que iba a su lado y que ten?a la boca abierta de un modo muy curioso. La chica estaba leyendo un anuncio de cosm?ticos en el tablero de la pared del autob?s. Por lo visto, cuando la chica le?a se le aflojaba ligeramente la mand?bula. En el breve instante en que la boca de la chica estuvo abierta y los labios estuvieron separados, ella ?por decirlo con una expresi?n de Salinger fue para m? lo m?s fatal de todo Manhattan.
Me enamor?. Yo, un pobre espa?ol viejo y jorobado, con nulas esperanzas de ser correspondido, me enamor?. Y aunque viejo y jorobado, actu? desacomplejado, actu? como lo har?a cualquier hombre repentinamente enamorado, quiero decir que lo primero de todo que hice fue mirar si la acompa?aba alg?n hombre. Entonces fue cuando vi a Salinger y me qued? de piedra: dos emociones en menos de cinco segundos.
De pronto, me hab?a quedado dividido entre el enamoramiento repentino que acababa de sentir por una desconocida y el descubrimiento al alcance de muy pocos de que estaba viajando con Salinger. Qued? dividido entre las mujeres y la literatura, entre el amor repentino y la posibilidad de hablarle a Salinger y con astucia averiguar, en primicia mundial, por qu? ?l hab?a dejado de publicar libros y por qu? se ocultaba del mundo.
Ten?a que elegir entre la chica o Salinger. Dado que ?l y ella no se hablaban y por lo tanto no parec?a que se conocieran entre ellos, me di cuenta de que no ten?a demasiado tiempo parar elegir entre uno u otro. Deb?a obrar con rapidez. Decid? que el amor tiene que ir siempre por delante de la literatura, y entonces plane? acercarme a la chica, inclinarme ante ella y decirle con toda sinceridad:
?Perdone, usted me gusta mucho y creo que su boca es lo m?s maravilloso que he visto en mi vida. Y tambi?n creo que, aqu? donde me ve, jorobado y viejo, yo podr?a, a pesar de todo, hacerla muy feliz. Dios, c?mo la amo. ?Tiene algo que hacer esta noche?
Me vino a la memoria de pronto un cuento de Salinger, The Heart of a Broken Story (El coraz?n de una historia quebrada), en el que alguien planeaba en un autob?s, al ver a la chica de sus sue?os, una pregunta casi calcada a la que hab?a yo en secreto formulado. Y record? el nombre de la chica del cuento de Salinger: Shirley Lester. Y decid? que provisionalmente llamar?a as? a mi chica: Shirley.
(...)
Se me ocurri? acercarme a Salinger y decirle:
Dios, c?mo le amo, Salinger. ?Podr?a decirme por qu? lleva tantos a?os sin publicar nada? ?Existe un motivo esencial por el que se deba dejar de escribir?
(...)
Decid? acercarme a ?l y preguntarle:
Se?or Salinger, soy un admirador suyo, pero no he venido a preguntarle por qu? no publica desde hace m?s de treinta a?os, yo lo que quisiera saber es su opini?n acerca de ese d?a en el que Lord Chandos se percat? de que el inabarcable conjunto c?smico del que formamos parte no pod?a ser descrito con palabras. Quisiera que me dijera si es que a usted le ocurri? otro tanto y por eso dej? de escribir.
Finalmente, tampoco me acerqu? para preguntarle todo eso.
(...)
Por otra parte, pedirle un aut?grafo tampoco era una idea brillante.
Se?or Salinger, ?ser?a tan amable de estamparme su legendaria firma en este papelito? Dios, c?mo le admiro.
Yo no soy Salinger me habr?a contestado. Para algo llevaba treinta y tres a?os preservando f?rreamente su intimidad.
(...)
Me encontraba ya desesperado y cada vez m?s empapado de sudor en aquel autob?s de la Quinta Avenida cuando de pronto vi que Salinger y Shirley se conoc?an. El le dio un breve beso en la mejilla al tiempo que le indicaba que deb?an bajarse en la siguiente parada. Se pusieron los dos de pie al un?sono, hablando tranquilamente entre ellos. Seguramente Shirley era la amante de Salinger. La vida es horrorosa, me dije. Pero inmediatamente pens? que aquello ya no lo cambiaba nadie y que era mejor no perder el tiempo busc?ndole adjetivos a la vida. Viendo que se acercaban a la puerta de salida, me acerqu? yo tambi?n a ella. No me gusta recrearme en las contrariedades, siempre trato de sacarles alg?n provecho a los contratiempos. Me dije que, a falta de nuevas novelas o cuentos de Salinger, lo que le oyera a ?l decir en aquel autob?s pod?a leerlo como una nueva entrega literaria del escritor. Como digo, s? sacarles provecho a los contratiempos. Y pienso que los futuros lectores de estas notas sin texto me lo agradecer?n, pues quiero imaginarles encantados en el momento de descubrir que las p?ginas de mi cuaderno contienen nada menos que un breve in?dito de Salinger, las palabras que le escuch? decir aquel d?a.
Llegu? a la puerta de salida del autob?s poco despu?s de que la pareja hubiera descendido por ella. Baj?, aguc? el o?do, y lo hice algo emocionado, iba a tener acceso a material in?dito de un escritor m?tico.
La llave le o? decir a Salinger. Ya es hora de que la tenga yo. D?mela.
?Qu?? dijo Shirley.
La llave repiti? Salinger. Ya es hora de que la tenga yo. D?mela.
Dios m?o dijo Shirley. No me atrev?a a dec?rtelo... La perd?.
Se detuvieron junto a una papelera. Par?ndome a un metro y medio de ellos, hice como que buscaba una cajetilla de cigarrillos en uno de los bolsillos de mi americana.
De repente, Salinger abri? los brazos y Shirley, sollozando, se fue hacia ellos.
No te preocupes dijo ?l. Por el amor de Dios, no te preocupes.
Se quedaron all? inm?viles, y yo tuve que seguir andando, no pod?a por m?s tiempo quedarme tan quieto a su lado y delatar que les espiaba. Di unos cuantos pasos, y jugu? con la idea de que estaba cruzando una frontera, algo as? como una l?nea ambigua y casi invisible en la que se esconder?an los finales de los cuentos in?ditos. Luego volv? la vista atr?s para ver c?mo segu?a todo aquello. Se hab?an apoyado en la papelera y estaban m?s abrazados que antes, los dos ahora llorando. Me pareci? que, entre sollozo y sollozo, Salinger no hac?a m?s que repetir lo que de ?l ya hab?a o?do antes:
No te preocupes. Por el amor de Dios, no te preocupes.
Segu? mi camino, me alej?. El problema de Salinger era que ten?a cierta tendencia a repetirse."

Tags: Salinger, QUINTA AVENIDA, nueva york, New Hampshire, doctor pasavento

Publicado por ChemaRubioV @ 19:31
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