S?bado, 10 de mayo de 2008

El Chico del Martillo

 

 Tengo ganas de que algo explote. Tengo ganas de que algo explote por mi culpa. No quiero explotar. Quiero que otro u otra cosa se desmaterialice o que quede hecho polvo. Tomo el martillo y le doy a mi radio, el maldito locutor me está volviendo loco. No me conformo con destrozar la radio, quiero destrozarlo a él pero sé que no puedo. La maldita distancia.

   Dejo de escribir sobre el chico del martillo porque me aburre. Dejo de escribir sobre el chico del martillo porque me aburre que se parezca tanto a mí. Dejo de escribir sobre el chico del martillo porque me aburre que se parezca tanto a mí, quiero escribir sobre alguien más. Dejo de escribir sobre el chico del martillo porque me aburre que se parezca tanto a mí, quiero escribir sobre alguien más y quiero que no arregle todo a los martillazos.

  No es que no me gusten los martillazos, a decir verdad me encantan los martillazos, la historia es que no sirven para arreglar cuentas a larga distancia. Maldita distancia.

  Lejos de aquí, en una ciudad muy grande, la gente se mira a sí misma de manera indulgente, tornándose aburridos y arrogantes; creyendo que son lo único importante en la faz de la tierra. Escriben tierra con mayúscula, como si eso le diera más importancia al planeta dentro del universo. Quisiera estar allí, en esa ciudad tan grande, para gritarles en la cara que su existencia es estúpida, que su planeta es minúsculo y su arrogancia es perfecta, pero estoy muy lejos. Maldita distancia.

  Vuelvo a escribir sobre el chico del martillo: es rubio, tiene ojos negros, nariz grande y orejas diminutas; se mueve lentamente, nunca sonríe y fuma un cigarrillo tras otro. Toma el martillo y destroza su radio porque el locutor lo vuelve loco. Odia al locutor porque piensa que le roba el tiempo a la música y el tiempo no vuelve. El chico del martillo ha perdido mucho tiempo, por eso se siente atacado por el locutor, por eso destroza su radio a martillazos. El chico del martillo recuerda su infancia en algún lugar muy lejano, donde todo era hermoso. Recuerda levantarse por la mañana, en una cabaña situada en un bosque, con el sol filtrándose por la persiana, pájaros silvestres cantando, perros ladrando y una madre cariñosa que trae el desayuno a la cama. El chico del martillo sufre. El chico del martillo sufre por el recuerdo. El chico del martillo sufre por el recuerdo de. El chico del martillo sufre por el recuerdo de una madre que falleció tempranamente. El chico del martillo sufre por el recuerdo de una madre que falleció tempranamente por una enfermedad que le robó el tiempo. El mismo tiempo que el locutor le roba a la música. La música, su adorada música, el refugio eterno, el útero artificial que las personas de buen corazón construyeron para que él pueda soportar las pérdidas. Las pérdidas y las distancias: dos clavos oxidados que atraviesan su corazón y enferman su pequeña cabeza, por eso los martillos no le sirven al chico del martillo, porque solo sirven para clavar más esos clavos oxidados en su corazón.

  Recuerdo al monstruo. Recuerdo al monstruo que se comió a mi mamá. Recuerdo al monstruo que se comió a mi mamá, aunque nunca lo pude ver. Recuerdo al monstruo que se comió a mi mamá, aunque nunca lo pude ver porque se la comió por dentro. Se la comió por dentro, pero de afuera se podía ver como se la comía de a poco. La fue dejando flaquita, sin fuerza. La fue chupando para adentro, la fue chupando y chupando, se le notaban todos los huesos y lloraba y gritaba y se retorcía, hasta que un día se murió. Cerró los ojos y no los volvió a abrir más.

  Camina por la ciudad solo, pero no está tan solo, tiene el martillo en su mochila. Su martillo es un martillo anónimo como el martillo de todos los demás mortales,  pero merece tener un nombre, así que lo bauticé De Large. Lo bauticé de esta manera porque ya alguien, mucho tiempo atrás, ha bautizado a su martillo de esa manera y ha sido un martillo verdaderamente importante para mí, aunque no halla sido un martillo. De large, no ha sido el nombre de un martillo antes, paro si ha sido el nombre de una herramienta para otro hombre, aunque este hombre no tenga nada que ver con el chico del martillo.

   Ahí viene él, ahí viene De Large, destrozando la radio, una y otra vez en su cabeza. Ahí viene De Large, buscando la redención en el primer golpe, buscando el fin para comenzar de nuevo, para ganar otra oportunidad o para dejar de ser definitivamente, pero fracasa ante la inminencia del segundo golpe. El segundo golpe es el primer fracaso, después lo sigue la desesperación de la catarata de golpes que lo sobrevienen, buscando la repetición perfecta del primer golpe, esperando en ésta, la conquista del bienestar deseado en el primer momento. Tan perfecta es la repetición como el fracaso obtenido, tan perfecta es la angustia como la pérdida y la distancia, tan profundo es el dolor como sus ojos negros al borde de las lágrimas.

  El chico del martillo escucha el sonido de las bombas al caer sobre la ciudad, aunque no estamos en tiempos de guerra. Algunos pueden pensar que está loco, pero yo también escucho el sonido de las bombas al caer sobre la ciudad, aunque estos no sean tiempos de guerra.  El chico del martillo puede ver en la cara de las personas que ellos no escuchan el sonido de las bombas al caer sobre la ciudad, por eso no dice nada, se queda callado, abrazando su mochila, fumando un cigarrillo tras otro. El chico del martillo sabe que si dice algo de las bombas lo encierran otra vez, por eso se queda callado y fuma. El chico del martillo nunca sonríe; desde que su mamá murió nunca más pudo hacer esa contracción muscular que parece tan natural para los demás seres de su especie. A veces, el chico del martillo sonríe en sueños, cuando se encuentra con su mamá, su mamá es una mujer bellísima que lo visita en sueños y sonríe; su sonrisa es tan hermosa que logra que él también sonría, en estos sueños el chico del martillo sonríe y la abraza, la abraza con todas sus fuerzas, para que ella no desaparezca cuando él despierte, pero ella desaparece y él despierta llorando, abrazado a su mochila.

  Escucho las bombas, pero no digo nada. Escucho las bombas, pero no digo nada porque. Escucho las bombas, pero no digo nada porque no quiero que me encierren otra vez. No quiero que me pinchen con esas agujas largas. No quiero que me hagan tragar esas pastillas que me dan sueño. No quiero que se metan en mi cama por las noches y me hagan eso que duele, que duele por dentro y por fuera, que me deja sin poder levantarme al otro día, que me duele cada vez que me acuerdo de que me hicieron eso que duele y que me hace llorar. Me hace llorar porque duele, duele por dentro y por fuera, duele cuando me acuerdo de que me hicieron eso que duele. Pero no lloro más. No lloro más, porque si lloro se dan cuenta de que estoy solo, y eso que duele me lo hicieron porque estaba solo, porque a mi mamá se la comió un monstruo y yo me quedé solo.

  Duele. Duele por dentro y por fuera. Duele por dentro y por fuera, y el locutor no para de hablar. Tomo el martillo. Tomo el martillo y le doy a mi radio, el locutor me está volviendo loco. Estoy solo, a mi mamá se la comió un monstruo, el locutor le roba el tiempo a la música y eso que duele me vuelve a doler cada vez que me acuerdo que me hicieron eso que duele. No quiero que me encierren otra vez, por eso no digo nada de las bombas que escucho caer sobre la ciudad.

  El chico del martillo camina por las calles de la ciudad fumando. Fumando y pensando en su madre. Fumando e ignorando el sonido de las bombas caer sobre la ciudad, porque lo escucha, aunque no estemos en tiempos de guerra. La ciudad lo ignora y eso es lo que él busca. Cuando la ciudad le prestó atención terminó encerrado por dos años. Lo encontraron cerca de Lavalle y Esmeralda, en la boca del subte, acariciando a un perro viejo que le movía la cola agradecido y preguntándole a todos los que pasaban si escuchaban el ruido de las bombas al caer sobre la ciudad. El camillero espantó al perro viejo que movía la cola agradecido de una patada. El camillero espantó al perro viejo que movía la cola agradecido de una patada porque. El camillero espantó al perro viejo que movía la cola agradecido de una patada porque trataba de defender al chico del martillo. El camillero espantó al perro viejo que movía la cola agradecido de una patada porque trataba de defender al chico del martillo ladrando y gruñendo. El chico del martillo no se dio cuenta de nada, solo escuchaba el ruido de las bombas caer sobre al ciudad.

  Sopla el viento del sudeste anunciando la próxima inundación, cosas que suceden. Cosas que se suceden: cortes de luz, refugiados, pérdidas materiales, pérdidas humanas y la televisión y la radio fingiendo lágrimas. Cuentan los que saben, que una vez, en un lugar muy lejano, hicieron llorar tres veces a una señora que había perdido a su hijo en la inundación porque las dos veces anteriores la toma se había arruinado porque el viento había despeinado a la cronista. Cuando alguien le preguntó a la cronista si no le dio lástima aquella pobre mujer, a la que ella había hecho llorar tres veces, esta respondió que con cámaras o sin ellas la mujer seguiría sufriendo igual y que si alguien podía sacar provecho de aquella situación era natural que procediera de esa manera. Cuentan los que saben, que esta cronista desalmada recibió un aumento de sueldo por aquella nota, que hoy es una mujer muy respetada en los medios de comunicación y que trabaja en la fabricación del consenso. Cosas que suceden.

  El chico del martillo toma el martillo y destroza su radio una y otra vez en su cabeza.

El chico del martillo toma el martillo y destroza su radio una y otra vez en su cabeza, mientras que un camionero gordo y barbudo. El chico del martillo toma el martillo y destroza su radio una y otra vez en su cabeza, mientras que un camionero gordo y barbudo le hace eso que duele. Eso que duele sigue doliendo, aunque le dé de comer, sigue doliendo. Sigue doliendo, pero con dos platos de arroz con pollo en la panza duele de otra manera. El camionero gordo y barbudo lo invitó a comer en una fonda de Constitución y le contó que en la ruta había conocido un montón de minas, y que todas las minas quieren lo mismo; quieren que uno se las garche bien garchadas. El chico del martillo solamente asentía con la cabeza y tragaba el arroz con pollo, sabiendo lo que le esperaba. No había comido nada en tres días, así que se comió dos platos de arroz con pollo, bebió cinco vasos de vino y se dejó hacer, mientras tomaba el martillo y destrozaba su radio en su cabeza una y otra vez. Cuando el camionero gordo y barbudo terminó de hacerle eso que duele, le dio veinte pesos y siguió viaje con su camión cargado de verduras. Parece raro, pero el chico del martillo se sintió menos solo cuando el camionero gordo y barbudo siguió viaje con su camión lleno de verduras, parece raro, pero son cosas que suceden.

  La ciudad duerme su sueño de televisores que ladran cosas nuevas que comprar entre lágrima y lágrima de los reporteros estrella, bajo una sudestada infernal. Parecen satisfechos. Más de uno ya habrá digerido su arroz con pollo a la luz de la telepantalla, mientras que el chico del martillo enciende otro cigarrillo bajo esta sudestada infernal, que lo arrastra hasta un sucio bar de Constitución, para ahogarse en un minúsculo vaso de vino rancio que tragará sin respirar, tratando así de olvidarlo todo. El minúsculo vaso de vino rancio no logrará hacer que olvide todo lo que el chico del martillo necesita olvidar, así que tomará  otro. Este segundo vaso de vino rancio representará el primer fracaso, luego lo seguirá la desesperación  de la catarata de vino rancio que lo sobrevendrá, buscando la repetición perfecta del primer vaso, esperando en esta, la conquista del bienestar deseado en el primer momento. Tan perfecta será la repetición como el fracaso obtenido, tan perfecta la angustia como la pérdida y la distancia, tan profundo el dolor como sus ojos negros y las lágrimas que salen de ellos.

   El chico del martillo sale. El chico del martillo sale del mugroso bar. El chico del martillo sale del mugroso bar totalmente alcoholizado, gritando que el ruido de las bombas al caer sobre la ciudad. El chico del martillo sale del mugroso bar totalmente alcoholizado, gritando que el ruido de las bombas al caer sobre la ciudad lo va a volver loco y pide por favor, también gritando, que alguien haga cesar ese ruido infernal. La sudestada está en su punto mayor, las gotas que caen en su cara se confunden con sus lágrimas y el viento lo hace tambalear, pero él sigue. Sigue sin saber hacia donde, sigue sin saber hasta cuando, sigue sin saber por qué sigue. Sigue hasta caer arrodillado en medio de una calle poco transitada y las gotas, que caen como ráfagas, se siguen confundiendo con el manso arroyo de sus lágrimas hasta que alguien lo abraza. Siente el calor del abrazo. Siente el calor del abrazo y, aunque cierra sus ojos con fuerza, adivina la sonrisa de quien lo abraza, él sonríe también, sonríe y se deja llevar.

 

 

 

 


Tags: explotar, martillo, amor, bombas, odio, distancia

Publicado por ChemaRubioV @ 11:35  | RELATO .
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