Lunes, 09 de junio de 2008
 


Existen realidades concretas, que pese a ser parte del mundo
intangible de la imaginación, se convierten en hechos casi
consumados, en patrimonio cotidiano de la intuición, en ley con alas
de rumor.

Antes que el vuelo 390 se estrellara con su dramático desenlace,
todos los capitalinos o visitantes que llegábamos al Toncontín con
los nervios a ras de cielo, habíamos visto, en cada uno de los
aterrizajes o despegues, la misma escena que ahora reproduce la
prensa y la TV; incluso, en una especie de juego para videntes,
llegamos incluso a calcular el dónde y cómo caería el avión marcado
por el hado, si caía encima de las casas, de los carros o se inmolaba
solitario al inicio de la pista. Me atrevo a decir que muchos de los
turistas internos que cada domingo se plantaban en paseo familiar a
observar los aterrizajes, manejaban esa cábala del morbo más
escondido en el que se revelaba por fin el accidente esperado "¡Qué
te dije! ¡Qué te dije! ¡Viste que te dije que se iba a estrellar!"

En ese juego de vidas valiosísimas se pasaron décadas enteras y los
vuelos votivos fueron sucediéndose uno trás otro, como si el riesgo
hubiera sido la bandera turística elegida para promocionar a
Tegucigalpa.

El vuelo 390 de Taca parece ser la última campanada para una ciudad
que comienza su declive real -así como lo habíamos intuido muchas
veces- para dar paso a la visionaria San Pedro Sula, la ciudad que
desde 1921 viene promoviéndose como la auténtica primera ciudad de
Honduras, con méritos sobradísismos, con un empuje inigualable por
ningún centro urbano de nuestro territorio.

¿Y qué tiene que ver San Pedro Sula con el vuelo 390? ¡Pues todo! El
390 ha venido a ser el número de la lotería largamente esperado para
la pujante ciudad del Valle de Sula, porque no hay ciudad que se
precie de ser la "Primera Ciudad" de un país sin un aeropuerto
internacional en su haber. Es decir, la mejor carta "magnética" que
tenía Tegucigalpa para atraer -aunque sea forzosamente- a visitantes
de paso o empresarios, era el trístemente célebre Toncontín.

Retomo las palabras del Doctor Rodolfo Pastor Fasquelle -mis
disculpas si un nuevo aeropuerto lo convoca de nuevo a estas lides-
que en su agudo ensayo "Mito, origen y destino social del sampedrano"
(Revista Galatea, abril,1999), nos adelantaba:

"Muchos ven con resentimiento y suspicacia el que San Pedro tenga
trabajo para la gente, que se les paga más del doble de lo que paga
incluso en las ciudades del interior. Saben que "éste es otro país".
Temen las pretensiones hegemónicas de los grupos económicos locales
en expansión. Intuyen que el poder se desplaza también y que la
concentración de riquezas supone un eventual desplazamiento de los
ejes de poder. Temen Santa Rosa, la Ceiba, sobretodo teme
Tegucigalpa. valiéndose de cualquier testimonio, no importa cuán
fragmentario, los intelectuales orgánicos del interior representan a
los sampedranos como "extranjeros" o extranjerizantes. Quisieran que
fuesen "más hondureños", es decir más criollos y lentos, parecidos a
ellos y, en el fondo, también menos sampedranos: prósperos y
diferentes, menos orgullosos, idénticos a sí mismos y seguros frente
al exterior, como me hizo ver alguna vez el doctor Valerio. Esa
contradicción se disipará por sí sola".

"La dinámica histórica -continúa el doctor Fasquelle- obliga, en
cambio, a encontrar una nueva forma urbana de ser comunidad. para
alcanzar la cohesión de una comunidad y redondear su personalidad,
San Pedro debe partir de su tradición propia, asimilar el cambio y
trazarse una ruta. Contra resentimientos internos y externos debe
garantizar oportunidades mediante un crecimiento sostenido y, para
ese fin, articular su región y constituir su "Liga del Norte" con los
doce municipios más cercanos, apoyándolos, integrándolos en una red,
hermanándose con ellos para impedir que los lastre un interior
empobrecido."

¡Y vaya pobreza la que nos quedará con el adiós a Toncontín! ¡Vaya
lastre!: una ciudad exclusivamente burocrática y con las vias
colapsadas, absoluta deficiencia de servicios públicos, criminalidad
galopante, infraestructura de remiendos y urgencias...bueno, las
taras de una ciudad sin ton ni son, a menos que los políticos que
llegan a la alcaldía reinventen una hegemonía urbano-cultural
diferente y que los empresarios que no se trasladen para Comayagua
o/y seguramente para San Pedro Sula, levanten los cimientos de una
nueva visión comercial libre de los tentáculos del partidismo
prepotente, lejos de aquellos tiempos - es decir, hace unos días
antes del 30 de mayo del 2008- en que Tegucigalpa acaparaba
displicentemente las funciones neurálgicas del país.

La evacuación de Tegucigalpa ha comenzado, los que quedemos tendremos
que reinventarnos, que no quede la menor duda, así como lo hacen los
paisanos que en estos momentos, ponen su chiclera y sus hot dogs
alrededor de la feria que se ha organizado alrededor de los restos
del avión.


Cuento del avión que nunca regresó
¡El avión jefe, el avión!
(Tatú – The Island Fantasy)
I

Para entonces
los aviones os habrán cortado las manos.
El cielo caerá como un pañuelo
y las rutas, serán borradas por los motores.

Eso lo pienso ahora
que veo estremecerse los fuselajes,
cuando se agazapan las montañas
y los pájaros se vuelven invisibles.
Tegucigalpa, es el risco más lejano,
en ella anidan serpientes aladas
y San Jorge se ha inventado las suyas.

Los aviones son miopes
los aviones tiemblan al mirarnos de frente.

¿Y a qué vendrán a esta ciudad
que siempre está diciendo adiós?

Cuando cruza un avión,
Tegucigalpa entera se detiene para decirle adiós.
Las familias corren al final de la pista
en un afán de accidente y fantasías de cisnes.

Los aviones van de paso
huyendo de nuestro adiós.

(Fabricio Estrada, Poemas en Onda Corta, 2008)

Tags: avion, destrozado, el salvador, honduras, poema, articulo, estrada

Publicado por ChemaRubioV @ 21:58
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