Martes, 29 de julio de 2008
 (relato manifiestamente mejorable).

Los Arzobispos, seda púrpura y ocaso de rubíes, verónica ejecutada
por un demente, carmesí vestimenta de la rosa católica, pájaros de
fuego y escarlata profundo, se enfrascaron en una pelea a manotazos.
Llevaba el arzobispo de Toledo una cruz verde de carey y plata, con
un pequeño Jesús de marmolito, y el arzobispo de Granada llevaba un
rosario de esmeraldas finas, donde la tarde bailaba un síncope de
moreras. Y empezaron a golpearse barriobajeros. Ausente Lucrecia
Borgia con sus venenos, no había anillos de ónice con cicuta, ni las
amanitas rabiosas demostraban su cintura y sombrerillo, siempre
dispuestas para horadar un hígado, sino que para celebración del
odio y el resentimiento la pelea fue a puñetazo limpio, como dos
desnudos Apolos boxeadores, vestidos de seda fulgurante y rubí. El
púgil de Toledo dió el primer guantazo, galera portuguesa contra
galeón británico, o tanque de guerra alemán contra refugio antiaéreo
ruso, y temblaron todas las copas de vino de los bares de París de
noche, y en el rostro de su rival granadino un rojo crisantemo
apareció en la mejilla como un poniente en un balcón. Respondió
Granada con un baile de serpientes de fantasía, cinco, abiertas en
una mano rotunda, grande, elefantiásica, que demostró la fortaleza
de la Alambra y el poder de la Cartuja de los Hurtado, yeserías
calientes y rojas marcaron los mofletes de Toledo y Santa María La
Blanca se puso sonrosada como una sandía abierta, jugosa de pulpa y
azúcar y ácida como un limón de Lorca. Siguió Toledo con un cruzado
de derecha, retorcido como los avaros judíos, usurero y rabioso, sin
piedad, que hirió el aire como una mariposa de ladrillo pues buscaba
un rostro de cemento para edificar una mezquita roja, pero Granada
esquivó la ventolera y alzó su brazo de espasmo inmaculado contra la
proposición deshonesta. Volvió Toledo a levantar una gardenia de
granito y la nariz de Granada sintió un batallón de legionarios
borrachos pero Granada, como Zaragoza, no se rinde, y contraatacó
con un gancho de izquierda que fue al estómago de la ciudad imperial
donde un bocadillo de chorizo hacía una mala digestión. Los dos
atlantes, inmaculadamente rojos, tenían las caritas como los tomates
de temporada, y prosiguieron su dialéctica de barrio bajo como dos
elefantes que se atropellan, aquí una mariposa de piedra contra el
Alcázar, aquí una libélula de mármol contra el Generalife, aquí un
rinoceronte de cinco cuernos abierto de par en par como una ventana,
aquí los cinco hijos de Manuela golpeando el rostro de Jesús
Nazareno. Granada contra Toledo, Toledo contra Granada, Asiria nunca
es Ninive, Ninive nunca fue Asiria. Trece ostias se pegaron los
cardenales hasta que cansados y echando sangres por las narices
dejaron el asunto para otro día, cuando quisiera iluminarlos el
Espíritu Santo, pero se oyeron los golpes y bofetadas hasta en la
Cochinchina, donde un súbdito inglés tomaba té con pastas.
Dos danzarines rojos que vieron cúpulas de fuego, dos camiones
cargados de cerdos que chocaron de frente, dos tiranosaurios que se
dieron cabezazos, dos amapolas rojas que enfrentaron sus corolas,
ebrias de bermellón y granate, dos caritas que se pusieron
coloraditas coloraditas, como una pintura abstracta, todo lo
majestuoso del vuelo de dos colibríes rojos y todo lo chabacano de
la gentuza expresidiaria. Los cisnes rojos se enfrentaron en una
orgía de bofetones a la media luna, de bofetones a la luna entera.
Trece santas ostias se dieron los príncipes del Espíritu, aderezadas
con mala leche y vinagre, ácidas de pomelo y fuertes como los
correazos de un padre, y no se dieron de navajas porque no las
llevaban encima pero los campanarios de ambas catedrales sonaron a
arrebato y a fuego y la Virgen María espantada giró un poco la
cabeza para no verlos estropearse de manera tan mala. Abajo, en los
infiernos, Satán se frotaba las manos alegre y para festejarlo
encendió una caldera nueva, recién comprada en IKEA, que tenía
pececillos triangulares esmaltados en un fondo amarillo. Pero quien
más lo festejó fue el arzobispo de Burgos, pues había apostado a que
se daban de ostias nada más apareciesen por la Sacristía.
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Francisco Antonio Ruiz Caballero.

Tags: pelea, arzobispos, toledo, granada, borgia, cintura, lorca

Publicado por ChemaRubioV @ 19:07  | RELATO .
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