Martes, 12 de agosto de 2008

EL SECRETO DEL RELOJ


Vicente Antonio Vásquez Bonilla

Guatemala


Victoriano se encontraba aburrido y sin ganas de nada. -¿Qué hacer?- se interrogó. -Ir de compras-, se respondió con extrañeza y sin mucho entusiasmo. Siempre había dicho que ir de compras sin tener necesidad de hacerlo. Sin buscar algo especifico, era una tontería. Algo que hacen las personas no realizadas y que buscan suplir sus carencias a través de dilapidar el dinero y mejor si es ajeno. Acción que juzgaba que los deja tranquilos por corto tiempo para luego caer de nuevo en el mismo círculo de insatisfacción.


Sin embargo, salió con ese propósito, pero sin rumbo fijo, viendo aquí y allá vitrinas, pero sin entrar a ninguno de los comercios. Nada le atraía.


Vagó por algunos minutos más y de pronto se detuvo ante el escaparte de una tienda de antigüedades y vio un reloj que le pareció algo fuera de lo común. Entró y preguntó por el precio. Resultó ser una ganga. El anticuario fue sincero y le indicó que lo tenía desde hacía mucho tiempo y que ni siquiera recordaba como lo había obtenido o cual era su procedencia. Que por esa razón lo ofrecía a bajo precio y por lo mal que andaban las ventas.

Lo compró.


Ya con el reloj instalado en su oficina, sintió tranquilidad. Ignoraba por qué, pero sentía que su destino cambiaba con él. A pesar de su rudimentario diseño y aparente antigüedad, marchaba bien.


Un día, limpiándolo, le descubrió una minúscula gaveta y de ella extrajo un amarillento papel que decía: Este reloj que atesora toda la magia del universo, hace lo que no se atreve a hacer Dios: Retroceder el tiempo. No porque con su infinito poder no pueda hacerlo, sino porque al hacerlo todo cambiaría. Si alguien se lo pidiera y lo complaciera. Todo el universo se trastornaría, la vida no sólo cambiaría para el peticionario sino para todos los seres, trocando las vidas y los acontecimientos ya efectuados. Sería el caos.


Este reloj tiene esa facultad, la de retroceder el tiempo, volver al pasado y cambiar la biografía y las circunstancias de su dueño. Pero como esta acción es peligrosa y traumática para la existencia de otros seres, se recomienda no hacerlo, pero si se hace, sólo deberá abarcar un pequeño lapso, no mayor de una hora. Y en una hora pueden suceder muchas cosas.


Victoriano, asombrado de su descubrimiento, meditó sobre sus consecuencia. Por ejemplo, se dijo, -si alguien fuera atropellado por un vehículo y si estuviera en mis manos salvarlo, bastaría con que retrocediera el reloj cinco minutos y lo salvaría-. Sería una buena acción, pero en ese mismo tiempo pasarían tantas cosas en el resto del mundo y por qué no decirlo, del universo. Vendría a ser como una repetición instantánea a través de la televisión de un evento deportivo. Pero ¿quienes saldría afectados o beneficiados? con esa alteración, sí hasta la posición de los planetas se verían modificadas por esa minúscula variación temporal. Era mucha responsabilidad para un ser humano, tener semejante poder en sus manos.

Destruyó el papel que contenía la clave y decidió que le reloj continuaría únicamente con su función de marcar e informar la hora.


Victoriano prosiguió con su vida normal y el reloj se la marcaba. De vez en cuando observaba el misterioso cronómetro y sonreía. Era dueño de un secreto y un poder que no usaría nunca, pero que lo hacía sentirse bien. El secreto moriría con él.


Un día de tantos, encontrándose presionado por la entrega de los planos de un importante proyecto que lo salvaría de la quiebra económica, hizo un movimiento brusco y derramó el frasco de tinta china sobre ellos, cuando aún ni siquiera había sacado copias. Iracundo, contra él mismo, maldijo y se arrancó con desesperación los pocos pelos que con persistencia se aferraban a su cabeza. Era el final de su empresa y de la seguridad de su familia.


El misterioso reloj y de procedencia desconocida dio la hora. -La hora de mi desgracia-, dijo con tristeza y a continuación se le iluminó el rostro. Él tenía la clave para rescatar los croquis, salvar su empresa y asegurar a su familia. -¿Qué tanto puede pasar, si retrocedo el tiempo en unos segundos o a lo sumo en unos pocos minutos?


Corrió hacia el cronometro que sería su salvación. -Lo usaré una sola vez-, se decía a sí mismo. Lo tomó, marcó la clave que, ahora sólo existía en su cabeza, y atrasó la hora al momento justo en que la tinta iba a caer sobre los planos. Los salvó y se sintió feliz.


Lo que ignoraba era que en cada retroceso que el propietario del reloj le daba al tiempo, la vida del que lo hacía se bifurcaba y continuaba viviendo en dos dimensiones paralelas e independientes con todas sus consecuencias. En este caso, una con los planos echados a perder y otra con los planos salvados y ambas con desenlaces diferentes.


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Publicado por ChemaRubioV @ 12:12  | RELATO .
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