Mi?rcoles, 03 de septiembre de 2008

El hombre de camisa blanca suspira y enciende un nuevo cigarrillo, da dos o tres pitadas y le pide de buenas maneras al otro hombre que le repita por favor su versión de los hechos. El otro hombre tose un poco y se apresura a recordarle que se ha presentado a declarar por su propia voluntad, a pesar de la lluvia terrible y del viento, y además cuenta con la ayuda de testigos intachables, agrega con un dejo de orgullo muy notable en el gesto. Todo lo ya dicho representa la más pura verdad, dice ahora, y aunque no tiene ningún inconveniente en volver a contarle, la veracidad de sus palabras puede ser fácilmente constatada mediante la futura declaración de la mujer y su hija, una niña pequeña pero no tanto. La mujer era una mujer sin dudas. Disculpe la broma, dice el otro hombre y ensaya una pausa más bien breve. Entonces mira durante un par de segundos el techo y luego al hombre de la camisa blanca, mientras éste sigue fumando y lo observa con interés poco disimulado. Devolviéndole la mirada, le dice que cómo no, que ya mismo pasa a contarle otra vez. Entonces le recuerda que él había llegado con tiempo al consultorio, tal como es su costumbre. En la sala de espera no había nadie en ese momento. A las revistas ya las había leído ya todas, un montón de veces, y por eso pensó aburrirse durante la espera pero por suerte enseguida, cinco minutos, no más, entraron la madre y la hija. Ellas pueden atestiguar en su favor, como ya ha dicho. Las dos lo saludaron y tomaron asiento en el sillón marrón ya bastante gastado por cierto. Él simpatizó enseguida con la pequeña, a lo mejor por ser muy bonita y al parecer tan bien educada. A todo esto, el ruido del torno se escuchaba muy fuerte, intimidatorio en la sala de espera. La niña evidentemente se mostraba tímida o con miedo, se agarraba al cuerpo o más bien al vestido rojo de su madre, y entre sollozos le hacía preguntas sobre el tema que más le interesaba en esos momentos: qué le harían a ella allí. La madre trataba de serenarla, de darle ánimos, cumplía en la forma adecuada con su dulce y difícil misión aunque sin lograr el éxito deseado. Esa escena duró unos minutos y logró conmoverlo. Tal vez fue por eso que, previo permiso de la madre, le habló a la niña y le dijo que no tuviera miedo, ya nadie la haría sufrir pues él no lo permitiría. Él la ayudaría con mucho gusto porque le encantaban las chicas bonitas y buenas como ella y porque tenía mucha pero mucha experiencia, ya había estado un montón de veces con ese señor dentista, una persona cordial a pesar de todo. Él lo visitaba desde chico y si bien casi siempre lo había pasado muy pero muy mal en ese lugar, esta vez estaba dispuesto a cambiar el rumbo de las cosas, porque hacía mucho tiempo que lo venía pensando y al fin había descubierto la forma de no sufrir ningún dolor. Tan bien lo había pensado, tan inteligente era su plan, que la niña también se beneficiaría, porque ni él ni ella ni nadie debían ser vejados para curarse los dientes, y como la nena le preguntó a la madre qué quería decir vejados, él le explicó lo mejor que pudo. La madre estuvo de acuerdo con sus palabras aunque ahora no las recuerda textualmente. Mientras tanto, el ruido del torno seguía y seguía y él, más que nada para distraer a la nena, empezó a contarle una historia muy emocionante en cuyo devenir los buenos finalmente se deshacían de los malos y los expulsaban del reino y así vivían felices para siempre. No pudo terminar el relato en ese momento porque el señor gordo de traje azul que estaba adentro salió y se fue sin saludar. El dentista también salió y con una sonrisa enorme lo llamó por su nombre y él entonces entró como tantas veces al consultorio propiamente dicho y que tiene ese olor tan especial y le dio fuerte la mano al dentista como siempre y como siempre le contó algo de lo hecho desde la última vez que lo había visto. Luego se recostó en el sitio de toda la vida y esperó tranquilamente que el dentista le pidiera lo acostumbrado, esa frase tan temida, y fue entonces y no antes que se incorporó de golpe y extrajo de entre sus ropas la pistola y le dijo metiéndosela entre los dientes abrí vos ahora bien grande esa boca, hijo de puta. El dentista puso cara de asombro y obedeció la orden con los ojos saliéndosele y él, más que nada pensando en la nena pobrecita tan buena ella con su mamá en la sala de espera y que lo había saludado al entrar, apretó muy fácil el gatillo y le pegó el tiro justamente en la boca bien abierta. Al fin y al cabo él la había abierto ya tantas innumerables veces y sufrido y aguantado y se había ido calladito la boca. El gran ruido estalló entonces y él se asustó por el gran ruido y porque la sangre salpicó en ese instante las paredes, aunque esto no podrá ser corroborado ni por la mujer ni por la niñita tan linda y simpática porque la mujer con su hija ya no estaban en la sala de espera cuando él salió con la pistola que echaba un humito gris todavía, pero si alguien revisa la lista de pacientes de ese día y esa hora, no tendrá dificultades para ubicarlas, y además es obligación de la Justicia el encontrarlas para que puedan dar fe de lo expresado y de paso, si se daba la oportunidad, él no tendría inconveniente en contarle a la piba el final de la historia tan emocionante que le estaba relatando cuando el señor gordo del traje azul salió. Ellas dos, en fin, testificarían acerca de cómo él había cumplido con su promesa, cosa de la que en este país no hay mucha gente que pueda jactarse, y también, por qué no decirlo, con el deseo de tanta humanidad sometida por siglos al dominio de esos siniestros, sádicos seres con diploma.



Cuento del Escritor:

Poeta y Narrador

 Mario  Capasso

Villa Martelli – Buenos Aires - Argentina


Tags: semanario tiempo, con diploma, cuento, microrelato, mujer, hombre, chile

Publicado por ChemaRubioV @ 20:22  | RELATO .
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