Domingo, 07 de septiembre de 2008

EL MITO DEL JUDÍO ERRANTE

OPINION… ARGOS: SEPTIEMBRE 2 DE 2008…

Por: Gilad Atzmon
Palestine Think Tank
Traducido por Manuel Talens

El historiador Shlomo Sand, profesor de la Universidad de Tel Aviv,
inicia su brillante estudio del nacionalismo judío citando a Karl W.
Deutsch: "Una nación es un grupo unido por un error común sobre su
origen y una hostilidad colectiva hacia sus vecinos" [1].
Por muy simple o incluso simplista que parezca, esa cita resume con
elocuencia el producto de la imaginación que yace enredado en el
nacionalismo judío moderno y, sobre todo, en el concepto de
identidad judía. Es obvio que señala con el dedo el error colectivo
que los judíos tienden a cometer cada vez que se refieren a
su "ilusorio pasado colectivo" y a su "origen colectivo". De una
misma tacada, la lectura del nacionalismo que hace Deutsch arroja
luz sobre la hostilidad que por desgracia corre parejas en casi cada
grupo judío con respecto a la realidad que lo rodea, ya sea humana o
adopte la forma de territorio. Mientras que la brutalidad con que
los israelitas tratan a los palestinos es ya algo sobradamente
conocido, el áspero tratamiento que los israelíes reservan para
su "tierra prometida" y su paisaje sólo empieza ahora a revelarse.
El desastre ecológico que los israelíes van a dejar tras ellos será
la causa del sufrimiento de muchas generaciones futuras. Dejando
aparte el muro megalomaníaco que divide la tierra santa en enclaves
de depravación y hambruna, Israel se las ha arreglado para
contaminar sus principales ríos y arroyos con desechos nucleares y
químicos.
When And How the Jewish People Was Invented [Cuándo y cómo fue
inventado el pueblo judío] es un estudio escrito por el profesor
Shlomo Sand, un historiador israelí. Se trata del estudio más serio
jamás publicado sobre el nacionalismo judío y, de lejos, el análisis
más valiente del discurso histórico judío.
En su libro, Sand se las arregla para probar fuera de toda duda
razonable que el pueblo judío no existió nunca como "raza-nación" y
nunca compartió un origen común. Muy al contrario, se trata de una
colorida mezcla de grupos que en varias etapas de la historia
adoptaron la religión judía.
En el caso de que el lector siga la línea de pensamiento de Sand y
llegue a preguntarse, ¿cuándo fue inventado el pueblo judío?, la
respuesta de Sand es bastante simple: "En algún momento del siglo
XIX, algunos intelectuales de origen judío en Alemania,
influenciados por el carácter folclórico del nacionalismo alemán, se
impusieron la tarea de inventar 'retrospectivamente ' un pueblo,
ansiosos por crear un pueblo judío moderno." [2].
De acuerdo con esto, el "pueblo judío" es una noción artificial
formada por un pasado ficticio e imaginario con muy poca sustancia
que lo respalde desde los puntos de vista forense, histórico o
textual. Además, Sand –que utilizó fuentes iniciales de la
antigüedad– llega a la conclusión de que el exilio judío es también
un mito y de que es mucho más probable que los palestinos actuales
sean los descendientes del antiguo pueblo semita de Judea/Canaán en
vez de la multitud de asquenazíes de origen kazario a la que él
reconoce pertenecer.
Lo sorprendente es que, a pesar de que Sand ha logrado desmantelar
la noción de "pueblo judío", de que destruye la noción de "pasado
colectivo judío" y ridiculiza el ímpetu chovinista nacional judío,
su libro es un bestseller en Israel. Este hecho, por sí mismo, puede
sugerir que aquellos que se llaman a sí mismos "pueblo del libro"
están ahora empezando a enterarse de las engañosas y devastadoras
posturas e ideologías que los han convertido en eso que Khalid
Amayreh y muchos otros consideran como los "nazis de nuestro
tiempo".

Hitler triunfó

Con mucha frecuencia, cuando se le pregunta a un judío laico y
cosmopolita qué es lo que lo convierte en judío, suele replicar
masticando una vacía respuesta: "Fue Hitler quien me hizo judío".
Incluso si el judío cosmopolita, que es internacionalista, critica
las inclinaciones nacionalistas de otros pueblos, insiste en seguir
manteniendo su propio derecho a la "autodeterminació n". Sin embargo,
no es él quien dirige esta exigencia de orientación nacional, sino
el diablo, ese monstruo antisemita llamado Hitler. Según parece, el
judío cosmopolita celebra su derecho al nacionalismo siempre que
pueda echarle la culpa a Hitler.
En lo que respecta al judío laico cosmopolita, Hitler triunfó. Sand
se las arregla para poner de relieve esta paradoja. Con mucha
perspicacia sugiere que "mientras que en el siglo XIX referirse a
los judíos como una 'identidad racial distinta' era un signo de
antisemitismo, en el Estado judío esta otredad está mental e
intelectualmente arraigada [3]. En Israel, los judíos celebran su
diferencia y sus condiciones únicas. Además, dice Sand, "hubo
momentos en Europa en los que era posible ser tachado de antisemita
por decir que todos los judíos pertenecen a una nación distinta. Hoy
en día, el hecho de decir que los judíos no han sido nunca y siguen
sin ser un pueblo o una nación hace que a uno lo califiquen de
odiador de judíos." [4].
Resulta bastante sorprendente que el único pueblo que ha logrado
mantener una identidad nacional racialmente orientada, expansionista
y genocida, la cual no se diferencia en nada de la ideología étnica
nazi, sean los judíos, que fueron, entre otros, las principales
víctimas de la ideología y la práctica nazis.

Nacionalismo en general y nacionalismo judío en particular

Louis-Ferdinand Celine mencionó que durante la Edad Media, entre las
guerras, los caballeros cobraban un alto precio por estar dispuestos
a morir en nombre de sus reinos, mientras que en el siglo XX los
jóvenes no dudan en morir en masa, pero sin pedir nada como
recompensa. Para poder comprender este cambio en la conciencia de
masas es necesario un modelo metodológico elocuente que nos permita
descifrar en qué consiste el nacionalismo.
Al igual que Karl Deutsch, Sand considera la nacionalidad como un
discurso fantasmático. Es un hecho establecido que los estudios
antropológicos e históricos de los orígenes de diferentes "pueblos"
y "naciones" conducen a la embarazosa desintegració n de cualquier
etnia o identidad étnica. De ahí que resulte interesante encontrar
que los judíos tienden a tomarse muy en serio su propio mito étnico.
La explicación puede ser simple, tal como Benjamin Beit Halachmi
señaló hace años. El sionismo estaba ahí para transformar la Biblia,
que de texto espiritual pasó a ser un "acto notarial". Por eso, la
verdad de la Biblia o de cualquier otro elemento del discurso
histórico judío tiene poca importancia siempre que no interfiera con
la causa o con la práctica política nacional de los judíos.
Puede suponerse que la ausencia de un claro origen étnico no impide
que la gente tenga el sentimiento de pertenencia étnica o nacional.
El hecho de que los judíos estén lejos de ser un pueblo y de que la
Biblia sea un texto de muy limitada verdad histórica no impide que
generaciones de israelíes y judíos se identifiquen con el rey David
o con el gigante Sansón. Está claro que la ausencia de un origen
étnico inequívoco no impide que la gente se considere parte de un
pueblo. De manera similar, tampoco impide que el judío nacionalista
tenga el sentimiento de pertenencia a una gran colectividad
abstracta.
En los años setenta, Shlomo Artzi, que entonces era un joven
cantante israelí a punto de convertirse en la mayor estrella del
rock de Israel, grabó una canción que alcanzó un éxito
multitudinario en cuestión de horas. He aquí los primeros versos:

De repente
Un hombre se despierta
Por la mañana
Siente que es pueblo
Y echa andar
Y a todo el que se le cruza
Le dice shalom

Hasta cierto punto Artzi expresó inocentemente en sus versos la
brusquedad y la casi eventualidad de la transformació n de los judíos
en un pueblo. Sin embargo, de forma simultánea Artzi contribuyó a la
ilusión del mito nacional de la nación que busca la paz. A aquellas
alturas Artzi debería haber sabido ya que el nacionalismo judío era
un acto colonialista a expensas del pueblo autóctono palestino.
Según parece, el nacionalismo, la pertenencia nacional y el
nacionalismo judío en particular son objeto de una importante tarea
intelectual. Resulta interesante que los primeros en analizar
teórica y metódicamente los asuntos relativos al nacionalismo fueran
ideólogos marxistas. Aunque el propio Marx no logró encontrar una
respuesta adecuada, el auge de las exigencias nacionalistas durante
el siglo XX en la de Europa oriental y central pilló desprevenidos a
Lenin y Stalin.
La contribución marxista al estudio del nacionalismo puede
considerarse como el foco que ilumina la profunda relación existente
entre el auge de la libre economía y el desarrollo del Estado
nacional [5]. De hecho, Stalin resumió la posición marxista: "La
nación", dijo, "es una sólida colaboración entre seres,
históricamente creada y formada de acuerdo con cuatro fenómenos
compartidos: la lengua, el territorio, la economía y la
significación psíquica..." [6].
Como era de esperar, el intento materialista marxista de comprender
el nacionalismo carece de una visión histórica adecuada. En ausencia
de ésta se basa en la lucha de clases. Por razones obvias, esta
visión fue muy popular entre quienes creen en el "socialismo de una
nación", entre los cuales podemos incluir a los proponentes de una
rama izquierdista del sionismo.
Para Sand, el nacionalismo evolucionó a causa del "éxtasis creado
por la modernidad, que escinde a la gente de su pasado inmediato"
[7]. La morbilidad creada por la urbanización y la industrializació n
pulverizó el sistema jerárquico social, así como la continuidad
entre pasado, presente y futuro. Sand señala que antes de la
industrializació n el campesino feudal no sentía necesariamente la
necesidad de un discurso histórico de imperios y reinos. El sujeto
feudal no necesitaba un abstracto discurso histórico de amplias
colectividades, que tenían muy poca importancia para la necesidad
existencial inmediata y concreta. "Sin una percepción de progresión
social, se las arreglaba bien con un relato religioso imaginario que
contenía un mosaico de memoria sin dimensión real de un tiempo que
avanza. El 'fin' era el principio y la eternidad hacía de puente
entre la vida y la muerte." [8]. En el mundo urbano moderno y laico,
el "tiempo" se había convertido en el principal navío de la vida que
ilustra un sentido simbólico imaginario. El tiempo histórico
colectivo se había convertido en el ingrediente elemental de lo
personal y lo íntimo. El discurso colectivo da forma a la
significación personal y a lo que parece ser "real". Por mucho que
gentes banales sigan insistiendo en que "lo personal es político",
sería mucho más inteligible afirmar que en la práctica sucede lo
contrario. En la condición posmoderna, lo político es personal y el
sujeto es hablado en vez de hablar por sí mismo. La autenticidad es
un mito que se reproduce a sí mismo bajo la forma de un
identificante simbólico.
La lectura que hace Sand del nacionalismo como producto de la
industrializació n, la urbanización y la laicidad tiene mucho sentido
si se considera la sugerencia de Uri Slezkin, según la cual los
judíos son los "apóstoles de la modernidad", la laicidad y la
urbanización. Si los judíos se encontraron a sí mismos en el centro
de la organización y de la laicidad no debería sorprendernos que los
sionistas fuesen bastante creativos, como cualquier otro, a la hora
de inventar su propio relato imaginario colectivo y fantasmático.
Sin embargo, al insistir en su derecho a ser "como cualquier otro
pueblo", los sionistas han logrado transformar su pasado colectivo
imaginario en un programa global, expansionista y despiadado y en la
mayor amenaza contra la paz del mundo.

No existe una historia judía

Es un hecho establecido que entre el siglo I y principios del XIX no
se escribió ningún texto histórico judío. El hecho de que el
judaísmo se base en un mito histórico religioso puede tener algo que
ver con esto. La tradición rabínica no se preocupó nunca de
investigar adecuadamente el pasado judío. Es probable que una de las
razones sea la ausencia de necesidad de proceder a un esfuerzo
metódico. Para los judíos que vivían en tiempos antiguos y en la
Edad Media, la Biblia estaba ahí para responder las preguntas más
relevantes relacionadas con la vida diaria, la significación y el
destino judíos. Tal como señala Shlomo Sand, "el tiempo cronológico
laico era ajeno al ' tiempo de la diáspora', determinado por la
espera de la llegada del Mesías".
Sin embargo, a la luz de la laicidad, la urbanización y la
emancipación alemanas y a causa de la menor autoridad de los líderes
rabínicos, surgió la necesidad de una causa alternativa entre los
nacientes intelectuales judíos. El judío emancipado se preguntaba
quién era, de donde venía. También empezó a especular que su función
podría estar en el interior de una sociedad europea cada vez más
abierta.
En 1820 el historiador judío alemán Isaak Markus Jost (1793-1860)
publicó la primera obra histórica seria sobre los judíos, titulada
The History of the Israelites. Jost evitó los tiempos bíblicos,
prefirió iniciar su viaje con el reino de Judea y también compiló un
discurso histórico de las diferentes comunidades judías del mundo.
Jost se dio cuenta de que los judíos de su tiempo no formaban una
continuidad étnica. Intuyó que los israelitas de distintos lugares
eran diferentes. De ahí que pensase que no había nada en el mundo
que pudiese impedir la total asimilación de los judíos. Jost creía
que en el interior del espíritu ilustrado, tanto los alemanes como
los judíos darían la espalda a la opresiva institución religiosa y
formarían una saludable nación basada en un creciente sentido de
pertenencia geográficamente orientado.
Aunque Jost era consciente del desarrollo del nacionalismo europeo,
sus seguidores judíos estaban bastante descontentos con su optimista
lectura liberal del futuro judío. "A partir del historiador Heinrich
Graetz, los historiadores judíos empezaron a dibujar la historia del
judaísmo como la de una nación que había sido un "reino", que fue
expulsada al "exilio" y que se convirtió en un pueblo errante que
terminaba por regresar a su tierra natal" [9].
Para el difunto Moses Hess lo que definiría la forma de Europa era
una lucha racial más que una lucha de clases. En consonancia,
sugirió, más valdría que los judíos reflexionasen sobre su herencia
cultural y su origen étnico. Para Hess, el conflicto entre judíos y
gentiles era el producto de la diferenciació n racial, es decir, algo
inevitable.
El camino ideológico que va desde la orientación racista
pseudocientífica de Hess y el historicismo sionista es bastante
obvio. Si los judíos son una entidad racial distinta (tal como
creían Hess, Jabotinsky y otros), lo mejor que pueden hacer es
dirigirse a su patria natural, y ésta no es otra que Yeretz Yisrael.
Está claro que el razonamiento de Hess con respecto a una
continuidad racial carecía de base científica. Con vistas a mantener
el emergente discurso fantasmático, era necesario erigir un
mecanismo orquestado de negación para asegurarse de que algunos
hechos embarazosos no interfiriesen con la emergente creación
nacional.
Sand sugiere que el mecanismo de negación fue algo orquestado y muy
bien planeado. La decisión de la Universidad Hebrea en los años
treinta de separar la Historia Judía y la Historia General en dos
departamentos distintos fue algo más que un asunto de conveniencia.
El logos que subyace a esta división es una ojeada en la
autorrealizació n judía. Para los universitarios judíos, la condición
y la psique judías eran algo único que debía estudiarse por
separado. Al parecer, incluso en el interior del entorno académico
hebreo los judíos, su historia y la percepción de sí mismos tienen
reservado un estatus supremo. Tal como Sand perspicazmente desvela,
en los departamentos de Estudios Judíos el investigador está
disperso entre lo mitológico y lo científico, mientras que el mito
mantiene su primacía, lo cual hace que a menudo se atasque en un
dilema provocado por "pequeños hechos tortuosos".

El nuevo israelita, la Biblia y la arqueología

En Palestina, los nuevos judíos, más tarde israelíes, estaban
determinados a reclutar el Antiguo Testamento y transformarlo en el
código amalgamado del futuro judío. La "nacionalizació n "de la
Biblia estaba ahí para implantar en los jóvenes judíos la idea de
que son los descendientes directos de sus grandes antepasados
antiguos. Teniendo en cuenta que la nacionalizació n era un
movimiento ampliamente laico, se extirpó el significado espiritual y
religioso de la Biblia, que pasó a ser considerada como un texto
histórico que describía una cadena real de acontecimientos en el
pasado. Los judíos que habían logrado matar a su Dios aprendieron a
creer en sí mismos. Massada, Sansón y Bar Kochva se convirtieron en
discursos suicidas. A la luz de sus heroicos antepasados, los judíos
aprendieron a amarse a sí mismos tanto como odian a los demás,
excepto que esta vez poseían la capacidad militar de infligir un
dolor real a sus vecinos. Más preocupante era el hecho de que en vez
de una entidad sobrenatural –es decir, Dios– que les ordenaba
invadir un territorio, llevar a cabo un genocidio y robar la "Tierra
Prometida" a sus habitantes autóctonos, en su renacido proyecto
nacional eran ellos mismos, Herzl, Jabotinsky, Weitzman, Ben Gurion,
Sharon, Peres, Barak, quienes decidieron expulsar, destruir y matar.
En vez de Dios, eran los judíos quienes mataban en nombre del pueblo
judío. Lo hicieron con símbolos judíos decorando sus aviones y sus
tanques. Siguieron las órdenes que se les daban en la lengua recién
restaurada de sus antepasados.
Lo sorprendente es que Sand, que es sin duda alguna un lúcido
historiador, no mencione que el secuestro sionista de la Biblia fue
de hecho una desesperada respuesta judía al temprano romanticismo
alemán. Sin embargo, por muy ideológica y estéticamente excitados
que estuviesen los filósofos, poetas, arquitectos y artistas
alemanes por la Grecia presocrática, sabían muy bien que ellos no
eran exactamente hijos e hijas del helenismo. El nacionalista judío
dio un paso más lejos, se integró en una cadena sanguínea
fantasmática con sus míticos antepasados al poco tiempo de haber
restaurado su lengua antigua. De ser una lengua sagrada, el hebreo
se había convertido en una lengua hablada. El temprano romanticismo
alemán nunca llegó tan lejos.
Los intelectuales alemanes durante el siglo XIX eran también
perfectamente conscientes de la distinción entre Atenas y Jerusalén.
Para ellos, Atenas era lo universal, el capítulo épico de la
humanidad y el humanismo. Jerusalén era, por el contrario, el gran
capítulo de la barbarie tribal. Jerusalén era una representació n de
un Dios despiadado, banal, no universal y monoteísta, capaz de matar
a ancianos y a lactantes. La era romántica alemana inicial nos legó
a Hegel, Nietzsche, Fichte y Heidegger y a unos cuantos judíos que
se odiaban a sí mismos, entre los cuales el más importante fue Otto
Weininger. Los jerusalenitas no nos legaron ni un solo pensador
ideológico. Algunos académicos judíos alemanes de segunda categoría
trataron de predicar Jerusalén en la exedra germánica, entre ellos
Herman Cohen, Franz Rosenzveig y Ernst Bloch. Obviamente, no
llegaron a darse cuenta de que los románticos alemanes iniciales
despreciaban las huellas de Jerusalén en la cristiandad.

En su esfuerzo por resucitar a "Jerusalén", se acudió a la
arqueología para que proporcionara una base "científica" necesaria
al epos sionista. La arqueología estaba ahí para unificar el tiempo
bíblico con el momento de la reinstauració n. Es probable que el
momento más sorprendente de esta extraña tendencia ocurriese en 1982
con la "ceremonia del entierro militar" de los huesos de Shimon Bar
Kochva, un rebelde judío que había muerto 2000 años antes. Dirigido
por el rabino militar en jefe, se procedió al entierro militar de
unos cuantos huesos encontrados en una cueva cerca del Mar Muerto.
En la práctica, los supuestos restos de un rebelde judío del siglo I
fueron tratados como si fuese una baja del ejército israelí. Estaba
claro que la arqueología tenía una función nacional, había sido
reclutada para consolidar el pasado y el presente, dejando fuera al
Galut, el exilio judío.

Lo sorprendente es que no pasó mucho tiempo antes de que las cosas
dieran un giro completo. Conforme la investigación arqueológica se
fue independizando del dogma sionista, la embarazosa verdad salió a
la luz. Era imposible demostrar la veracidad del relato bíblico con
hechos forenses. De hecho, la arqueología refuta la historicidad del
argumento bíblico. Las excavaciones revelaron este incómodo hecho.
La Biblia es un compendio de innovadora literatura de ficción.

Tal como señala Sand, la historia bíblica primigenia está impregnada
de filisteos, arameos y camellos. Lo embarazoso es que las
excavaciones demuestran que los filisteos no aparecieron en la
región antes del siglo XII a. de J.C.; los arameos un siglo después
y los camellos no mostraron sus caras joviales antes del siglo VIII.
Estos hechos científicos sumieron a los investigadores sionistas en
una grave confusión. Sin embargo, para algunos académicos no judíos,
como Thomas Thompson, estaba bastante claro en la Biblia es
un "conjunto tardío de innovadora literatura escrita por un
talentoso teólogo" [10]. La Biblia parece ser un texto ideológico
que estaba ahí para servir a una causa social y política.

Lo peor es que en el Sinaí no se pudieron encontrar muchas pruebas
que probasen la historia del legendario éxodo egipcio, en el que
unos tres millones de hombres mujeres y niños hebreos vagabundearon
en el desierto durante 40 años sin dejar el menor rastro. Ni
siquiera una mísera bola de Matzá, el pan ácimo judío.

La historia del nuevo reasentamiento bíblico y del genocidio de los
cananeos, que los israelitas contemporáneos imitan con tanto éxito,
es otro mito. Jericó, la ciudad fortificada que fue destruida a
toque de trompetas con la intervención sobrenatural del altísimo,
era sólo un pequeño pueblecito durante el siglo XII a. de J.C.

Por mucho que Israel se considere a sí mismo como la reactivación
del monumental reino de David y Salomón, la excavación que tuvo
lugar en la vieja ciudad de Jerusalén durante los años setenta
reveló que el reino de David no era más que un pequeño asentamiento
tribal. Las pruebas que había aportado Yigal Yadin respecto al rey
Salomón fueron refutadas más tarde con estudios forenses realizados
con carbono 14. Estos incómodos hechos han quedado científicamente
establecidos. La Biblia es un relato de ficción y no existe base
alguna sobre la que pueda basarse cualquier gloriosa existencia del
pueblo hebreo en Palestina en ningún momento.

¿Quién inventó a los judíos?

Ya desde el inicio de su texto, Sand plantea preguntas cruciales muy
relevantes: ¿Quiénes son los judíos? ¿De dónde vinieron? ¿Cómo es
que en períodos históricos diferentes aparecen en lugares muy
distintos y remotos?

Aunque la mayoría de los judíos contemporáneos están totalmente
convencidos de que sus antepasados son los israelitas bíblicos, que
fueron brutalmente exiliados por los romanos, es preciso decir la
verdad. Los judíos contemporáneos no tienen nada que ver con los
antiguos israelitas, que nunca fueron enviados al exilio porque
dicha expulsión nunca tuvo lugar. El exilio romano es otro mito
judío.

"Empecé a buscar estudios de investigación sobre el exilio", ha
dicho Sand en una entrevista concedida al Haaretz [11], "pero
descubrí con asombro que no existe ninguna literatura al respecto.
La razón es que nadie exilió al pueblo de este país. Los romanos no
exiliaron gente y no podrían haberlo hecho incluso si hubieran
querido. Carecían de trenes y camiones para deportar a poblaciones
enteras. Ese tipo de logística no existió hasta el siglo XX. Mi
libro nació, efectivamente, de una constatación: de la certeza de
que la sociedad judaica no fue ni dispersada ni exiliada.".

Además, a la luz de la simple introspección de Sand, la idea del
exilio judío resulta graciosa. Puede que el hecho de pensar que la
armada imperial romana se dedicaba veinticuatro horas por día, siete
días por semana a transportar dificultosamente a Moishe'le y a
Yanka'le hasta Córdoba y Toledo sirva para que los judíos se sientan
importantes y transportables, pero el sentido común sugiere que los
romanos tenían cosas más importantes que hacer.

Sin embargo, mucho más interesante es el resultado lógico: si el
pueblo de Israel no fue expulsado, entonces los verdaderos
descendientes de los habitantes del reino de Judá deben ser los
palestinos.

"Ninguna población permanece pura durante un período de miles de
años", dice Sand [12]. "Pero las posibilidades de que los palestinos
sean descendientes del antiguo pueblo judaico son mucho mayores que
las de que usted o yo seamos sus descendientes. Los primeros
sionistas, hasta la Sublevación Árabe (1936-1939) sabían que no
había habido exilio y que los palestinos eran los descendientes de
los habitantes del territorio. Sabían que los campesinos no se van
hasta que se los expulsa. Incluso Yitzhak Ben-Zvi, el segundo
presidente del Estado de Israel, escribió en 1929 que "la mayoría de
los campesinos no descienden de los conquistadores árabes, sino más
bien de los campesinos judíos, que eran numerosos y mayoritarios en
la construcción del territorio."

En su libro, Sand va aún más lejos y sugiere que hasta el primer
Levantamiento Árabe (1929), los denominados líderes sionistas
izquierdistas tenían tendencia a creer que los campesinos
palestinos, que son en realidad "judíos por su origen", se
asimilarían en el interior de la emergente cultura hebrea y
terminarían por unirse al movimiento sionista. Ben Borochov creía
que "un falach (campesino palestino) si se viste como un judío y se
comporta como un judío de la clase trabajadora, no se diferencia en
nada de los judíos". Esta misma idea reapareció en el texto de Ben
Gurion y Ben-Zvi en 1918. Ambos líderes sionistas se dieron cuenta
de que la cultura palestina está impregnada de huellas bíblicas,
tanto desde el punto de vista lingüístico como geográfico (nombres
de aldeas, pueblos, ríos y montañas). Ben Gurion y Ben-Zvi, al menos
en un principio, consideraban a los palestinos nativos como
parientes étnicos que permanecían apegados a la tierra y eran
hermanos potenciales. También consideraban el islam como una
amistosa "religión democrática". Claramente, después de 1936, tanto
Ben Gurion como Ben-Zvi diluyeron su entusiasmo "multicultural" . En
lo que respecta a Ben Gurion, la limpieza étnica de los palestinos
le pareció mucho más atractiva.

Vale la pena plantear la pregunta: si los palestinos son los
auténticos judíos, ¿quiénes son esos que insisten en llamarse a sí
mismos judíos?

La respuesta de Sand es bastante simple, pero está cargada de
sentido. "El pueblo no se diseminó, fue la religión judía la que se
diseminó. El judaísmo era una religión de conversos. Contrariamente
al sentir popular, el judaísmo inicial adoraba convertir a los
demás." [13].

Es evidente que las religiones monoteístas, al ser menos tolerantes
que las politeístas, tienen un ímpetu de expansión. El expansionismo
judaico en sus primeros días no sólo era similar al cristianismo,
sino que fue el expansionismo judaico quién plantó las semillas de
la diseminación en el pensamiento y en la práctica cristianos
iniciales."Los hasmoneos", dice Sand [14], "fueron los primeros en
contribuir con un gran número de conversos a la masa judía, y ello
bajo la influencia del helenismo. Fue esta tradición de las
conversiones lo que preparó el terreno para la posterior
diseminación de la cristiandad. Tras la victoria de la cristiandad
en el siglo IV, la tendencia a la conversión al judaísmo se detuvo
en el mundo cristiano y hubo un descenso importante en el número de
judíos. Es probable que muchos de los judíos del entorno
mediterráneo se convirtieran en cristianos. Pero entonces el
judaísmo empezó a permear otras regiones paganas, tales como el
Yemen y África del Norte. Si el judaísmo no hubiera continuado su
avance en aquel momento convirtiendo pueblos del mundo pagano,
habría seguido siendo una religión completamente marginal, caso de
haber sobrevivido. "

Los judíos de España, que creemos relacionados mediante lazos de
sangre con los israelitas iniciales, parecen ser bereberes
convertidos. "Me pregunté a mí mismo", dice Sand, "como fue que
aparecieron en España unas comunidades judías tan numerosas.
Entonces vi que Tariq ibn Ziyad, el comandante supremo de los
musulmanes que conquistaron España, era berebere, y que la mayor
parte de sus soldados eran bereberes. El reino berebere judío de
Dahlia al-Kahima había sido derrotado sólo 15 años antes. Y la
verdad es que un cierto número de fuentes cristianas dicen que
muchos de los conquistadores de España eran conversos judíos. La
fuente más profunda fe la gran comunidad judía de España eran
aquellos soldados bereberes que se convirtieron al judaísmo."
Como era de esperar, Sand aprueba la ampliamente aceptada asunción
de que los kazarios judaizados constituyeron los principales
orígenes de las comunidades judías de la Europa del Este, que él
denomina la Nación Yiddish. Cuando se le preguntó cómo fue que
llegaron a hablar el yiddish, que está considerado como un dialecto
medieval alemán, respondió: "Los judíos eran un pueblo que dependía
de la burguesía alemana en el Este, así que adoptaron palabras
alemanas".
En su libro, Sand ofrece una enumeración detallada de la saga
kazaria en la historia judía. Explica qué fue lo que condujo al
reino kazario hacia la conversión. Teniendo en cuenta que el
nacionalismo judío está liderado en su mayor parte por una elite
kazaria, puede que debamos expandir nuestro conocimiento íntimo de
este grupo político tan único e influyente. La traducción de la obra
de Sand a otras lenguas es una necesidad inmediata (la traducción
francesa está a punto de aparecer, tal como se dice en Are the Jews
an invented people?, de Eric Rouleau .

¿Qué viene a continuación?

El profesor Sand nos deja con la inevitable conclusión: los judíos
contemporáneos no tienen un origen común y su origen semita es un
mito. Los judíos no se originan en Palestina de ningún modo y, por
lo tanto, su denominado "retorno" a su "tierra prometida" debe
considerarse como una invasión ejecutada por un clan ideológico
tribal.
Sin embargo, a pesar de que los judíos no constituyen una raza, por
alguna razón parecen tener una orientación racial. Es de señalar que
muchos judíos todavía consideran el matrimonio mixto como la mayor
amenaza. Además, a pesar de la modernización y la laicidad, la
mayoría de quienes se identifican como judíos laicos siguen
sucumbiendo al ritual de la sangre, la circuncisión, un
procedimiento religioso único en el que un Mohel, el ejecutante,
chupa la sangre del circuncidado.

En lo que respecta a Sand, Israel debe convertirse en "un Estado de
sus ciudadanos". Al igual que Sand, yo también comparto la misma
visión utópica futurista. Sin embargo, contrariamente a Sand,
considero que el Estado judío y los grupos de presión que lo apoyan
han de ser ideológicamente derrotados. La hermandad y la
reconciliació n son ajenos a la visión del mundo tribal de los judíos
y no caben en el concepto de resurgimiento nacional judío. Por muy
terrible que suene, antes de que los israelíes puedan adoptar una
noción moderna y universal de la vida civil será necesario un
proceso de desjudeizació n.
No cabe duda de que Sand es un extraordinario intelectual,
probablemente el pensador izquierdista israelí más avanzado.
Representa la forma más elevada de pensamiento que un israelí laico
puede alcanzar antes de retroceder o de incluso desertar al lado
palestino (lo cual es algo que ha sucedido con unos pocos, yo
incluido). Ofri Ilani, el entrevistador del Haaretz, dijo de Sand
que contrariamente a otros "nuevos historiadores" que han tratado de
socavar las asunciones de la historiografí a sionista, "Sand no se
contenta con retroceder a 1948 o a los principios del sionismo, sino
que retrocede miles de años". Es así, contrariamente a los "nuevos
historiadores" , que "desvelan" una verdad que cualquier niño
palestino conoce, es decir, la verdad de que están siendo objeto de
una limpieza étnica, Sand erige un corpus de obra y pensamiento que
busca la comprensión del significado del nacionalismo judío y de la
identidad judía. Ésa es la esencia verdadera de la erudición. Más
que reunir fragmentos históricos esporádicos, Sand busca el
significado de la historia. Más que un "nuevo historiador" que busca
un nuevo fragmento, es un auténtico historiador motivado por una
tarea humanista. Contrariamente a algunos de los historiadores
judíos que contribuyen al denominado discurso de izquierda, la
credibilidad y el éxito de Sand se basan en sus argumentos más que
en sus antecedentes familiares. Evita adornar sus argumentos con sus
parientes que sobrevivieron al holocausto. Al leer los feroces
argumentos de Sand uno debe admitir que el sionismo, con todos sus
defectos, ha logrado erigir en el interior de sí mismo un discurso
orgulloso y autónomo que es mucho más elocuente y brutal que la
totalidad del movimiento antisionista en el mundo entero.
Si Sand tiene razón, y estoy convencido de que la tiene, los judíos
no son una raza sino un colectivo de mucha gente ampliamente
secuestrada por un movimiento nacional fantasmático tardío. Si los
judíos no son una raza, no forman un grupo racial y no tienen nada
que ver con el semitismo, el antisemitismo es, categóricamente, un
significante vacío. Claramente se refiere a un insignificante que no
existe. En otras palabras, nuestra crítica del nacionalismo judío,
de los grupos de presión judíos y del poder judío sólo pueden
concebirse como una crítica legítima de ideología y de práctica.

Lo repito de nuevo, no estamos y nunca lo estuvimos contra los
judíos (el pueblo) ni tampoco contra el judaísmo (la religión);
estamos contra una filosofía colectiva de claros intereses globales.
Algunos pueden preferir llamarla sionismo, pero yo prefiero no
hacerlo. El sionismo es un significante demasiado estrecho para
comprender la complejidad del nacionalismo judío, su brutalidad, su
ideología y su práctica. El nacionalismo judío es un espíritu y los
espíritus no tienen fronteras bien delimitadas. De hecho, ninguno de
nosotros sabe exactamente dónde termina la judeidad y dónde empieza
el sionismo, de la misma manera que no sabemos dónde terminan los
intereses israelíes y donde empiezan los intereses de los neocons.

En lo que respecta a la causa Palestina, el mensaje es devastador.
Nuestros hermanos y hermanas palestinos están en la vanguardia de
una lucha contra una filosofía devastadora. Pero está claro que no
son sólo los israelíes, a quienes se enfrentan con valiente
pragmatismo, quienes inician conflictos globales de escala
gigantesca. Se trata de una práctica tribal que busca la influencia
en los pasillos del poder y del superpoder. El American Jewish
Committee busca una guerra contra Irán. Sólo para situarse en el
lado seguro, David Abrahams, un "amigo laborista de Israel", dona
dinero por delegación al Partido Laborista. Más o menos al mismo
tiempo, 2 millones de iraquíes mueren en una guerra ilegal diseñada
por alguien llamado Wolfowitz. Mientras que todo esto ocurre,
millones de palestinos pasan hambre en campos de concentración y
Gaza está al borde de una crisis humanitaria. Mientras esto ocurre,
judíos "antisionistas" y judíos de izquierda (Chomsky incluido)
insisten en neutralizar las críticas contra el AIPAC, el grupo de
presión judío y el poder judío de Mearcheimer y Walt [15].

¿Es sólo Israel? ¿Es realmente sionismo? ¿O debemos admitir que es
algo mucho mayor de lo que podemos contemplar dentro de las
fronteras intelectuales que nos imponemos a nosotros mismos? Tal
como están las cosas, carecemos del coraje intelectual para
enfrentarnos al proyecto nacional judío y a sus muchos mensajeros en
todo el mundo. Sin embargo, como todo es cuestión de invertir
conciencias, las cosas van a cambiar pronto. De hecho, este texto ha
sido escrito para probar que ya están cambiando.

Defender a los palestinos es salvar el mundo, pero para hacerlo
hemos de tener suficiente coraje como para admitir que no se trata
meramente de una batalla política. No es sólo Israel, su ejército o
su dirigencia; no son tampoco Dershowitz, Foxman y sus ligas
silenciadoras. Se trata de una guerra contra un espíritu canceroso
que ha secuestrado a Occidente y, al menos de momento, lo ha
desviado de su inclinación humanista y de sus aspiraciones
atenienses. Luchar contra un espíritu es mucho más difícil que
luchar contra gente, precisamente porque quizás sea necesario luchar
primero contra sus huellas dentro de uno mismo. Si queremos luchar
contra Jerusalén primero tendremos que confrontar a la Jerusalén que
llevamos dentro. Puede que tengamos que situarnos frente al espejo y
mirar alrededor. Puede que tengamos que buscar rastros de empatía en
nuestro interior, si es que todavía nos queda alguno.

Notas

[1] When And How The Jewish People Was Invented?, Shlomo Sand,
Resling 2008, p. 11.

[2]
http://www.haaretz. com/hasen/ spages/966952. html

[3] When And How The Jewish People Was Invented?, Shlomo Sand,
Resling 2008, p. 31.

[4] Ibid, p. 31.

[5] Ibid, p. 42.

[6] Ibid.

[7] Ibid, p. 62.

[8] Ibid.

[9]
http://www.haaretz. com/hasen/ spages/966952. html

[10] When And How The Jewish People Was Invented?, Shlomo Sand,
Resling 2008, p. 117.

[11]
http://www.haaretz. com/hasen/ spages/966952. html

[12] Ibid.

[13] Ibid.

[14] Ibid.

[15]
http://www.lrb. co.uk/v28/ n06/mear01_ .html

Fuente:
http://palestinethi nktank.com/ 2008/09/02/ gilad-atzmon- the-
wandering-who/

El ex judío Gilad Atzmon es músico, escritor y activista
propalestino.

Manuel Talens es miembro de Cubadebate, Rebelión y Tlaxcala

Marcos Jesús Concepción Albala
Presidente de Argos Is-Internacional
MIEMBRO DE LA 'CAMACOL' Y DE LA 'FELAP'
argosisinternaciona [email protected]
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Publicado por ChemaRubioV @ 14:48
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