Viernes, 12 de septiembre de 2008
El socialismo no tendrá éxito en Venezuela, lo dice Vargas Llosa.

¿Por qué? Pues porque Venezuela tiene una tradición democrática y,
claro, "estas prácticas democráticas calaron profundamente en la
sociedad venezolana [...] y el hábito de ejercitar la libertad no
desapareció y los venezolanos no han renunciado a ella".

Por eso Chávez no podrá subyugar a ese pueblo educado en la
democracia.

Lo dice Vargas Llosa, que sitúa las prácticas democráticas entre
1958 (caída de la dictadura de Pérez Jiménez) y 1999 (Hugo Chávez).
O sea, hablamos, por ejemplo, de Carlos Andrés Pérez (ese hombre
honrado), de las revueltas de hambre, del Caracazo (cuando mandó al
ejército a disparar contra la población), etc.
Todo esto ha forjado "ese espíritu independiente y librepensador
aclimatado a lo largo de cuatro décadas de vida democrática", que es
un espíritu que lógicamente se rebela contra el yugo socialista.
Lógico y natural, nos ha merengao. Qué menos cabe esperar de
espíritus independientes y muy librepensadores (sobre todo con el
dinero público) como Carlos Andrés Pérez.

Por eso, el socialismo no triunfará.

¿Y Cuba?
Bueno, lo de Cuba es distinto, pero Vargas Llosa también nos lo
aclara: "¿Quién puede dudar que el socialismo en su versión cubana
tiene los días contados?", nos dice.
Y eso, ¿por qué?
Bueno, Vargas Llosa lo prueba de forma concluyente. La prueba del
nueve de la imposibilidad del socialismo.

Ahí va.

Se trata de lo que él llama una anécdota. Un amigo de un amigo,
etc., lo de siempre.
Resulta que, en un taxi, en Caracas, el conductor era cubano y
médico. Estaba feliz en Venezuela y, al final, le confesó al
pasajero: "Cuando llegué a Venezuela y vi por primera vez una
botella de Coca-Cola, se me llenaron los ojos de lágrimas".
La conclusión de Vargas Llosa es que, "si después de medio siglo de
revolución", este taxista derrama lágrimas ante una botella de Coca-
Cola, el socialismo tiene los días contados.

Formidable.
No sé a ti, pero a mí se me ha puesto toda la carne de gallina y a
punto he estado de ponerme a sollozar junto con el taxista médico,
librepensador y adicto a la Coca-Cola.
Al taxista llorón y al pasajero amigo de un amigo ya los conocemos.
Son viejos amigos nuestros. Los hemos tratado durante años.
Son los mismos que han visto cocodrilos albinos en las alcantarillas
de Manhattan. A la novia de un amigo de un amigo del pasajero del
taxi, en un descampado, le dieron a elegir entre pellizo o pinchazo.
Cuando eligió pellizco, le arrancaron un pezón con unas tenazas. El
taxista lloriqueante se ha acostado en La Habana con mujeres jóvenes
a cambio de unas simples medias de nylon. Es sabido que, en el
Caribe, la gente joven se desvive por las medias, cuanto más
abrigadas mejor. El padre del taxista tenía un amigo que, en Italia,
ya entró con los americanos y follaba a cambio de dos paquetes de
Lucky Strike. Ese pasajero del taxi ha estado en muchas carreteras,
y ha recogido autoestopistas, y jura que es cierto lo que le pasó
una vez.

-Tenga mucho cuidado con la siguiente curva: allí es donde me maté
yo -le dijo una misteriosa mujer de pelo rubio que se había sentado
en el asiento de atrás.

Pasada la curva, que es verdad que era muy peligrosa, la mujer rubia
había desaparecido.
Más tarde pudo confirmar que, en esa misma curva, había habido hacía
años un terrible accidente en el que falleció una pasajera rubia.
El taxista llorón y coca-colo tiene un primo de un cuñado que
trabaja de noche en Urgencias en varios hospitales. Ha visto a casi
cualquier famoso que le nombres ingresando a las cinco de la mañana
con algo incrustado en el recto, que no se lo podían extraer.
A menudo se trataba, precisamente, de una botella de Coca-Cola. El
taxista, su primo, su cuñado, los médicos de guardia y hasta las
enfermeras, a la vista del preciado elixir, no podían contener las
lágrimas.
Una sobrina de una amiga de la mujer del taxista fue al cine con su
compañera de pupitre. Tenían once años. La sobrina fue al baño y la
amiga vio que hablaba con un individuo de aspecto árabe, luego vio
que se acercaba a una furgoneta.

¡Nunca más se supo!

-Trata de blancas -afirmó el Comisario con gesto lúgubre-. Lo vemos
a diario. Esa chica ahora mismo ya estará en algún emirato,
prisionera en un harén en mitad del desierto. Nunca la
encontraremos. Mira que lo repetimos: ¡jamás hay que hablar con
desconocidos!

En la casa tienen su foto colgada en el salón: una niña con trenzas
y aparato dental. Ayer habría cumplido treinta y cinco. La amiga que
se salvó, está casada y ya tiene una hija de once años: nunca la
deja ir al cine.

Este artículo, "piedra de toque", o pedrada, se publicó el domingo
24 de agosto.
El domingo pasado escribía Vargas otra de sus pedradas, ésta sobre
Rusia y Georgia.
Aún no lo he leído, pero espero con impaciencia reencontrarme con
Rasputín, el oso soviético, los apartamentos de diez metros
cuadrados para ocho familias, el KGB y los sanatorios psiquiátricos
para escritores.
Voy a disfrutar de nuevo como si tuviera diez años. Mejor que Julio
Verne y Sven Hassel.
Este sorprendente giro de Vargas Llosa hacia el folclore popular,
las leyendas urbanas, los bulos y el melodrama de teleserie, con su
taxista que prorrumpe en llanto ante la botella de Coca-Cola, me
parece fascinante.
Quizá estaba ya prefigurado en su (excelente) novela La tía Julia y
el escribidor.
Marito, el aprendiz de Flaubert, al que también llaman Varguitas,
por fin se ha convertido en Pedro Camacho, el escribidor de seriales
folletinescos para la radio.

Rafael Reig
hotelkafka.com

Tags: RAFAEL REIG, chavez, rusia, cuba, coca, kgb, sven hassel

Publicado por ChemaRubioV @ 1:30
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