Viernes, 19 de septiembre de 2008

mapuche/46

 

 

                                                                        Revista Literaria  (sin lujos ni detalles)

                                                                                        Primavera - 2008

Editor Responsable:  Osvaldo Risso Perondi

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Narradores (I)

La Jirafa de azúcar

                                   Para mi tía Sarita
 

Bueno, tu familia también tiene su historia, ¿eh mamá?

Por ejemplo, tu tía Sarita... ¿Cuántos años vivió metida en la cama, sin salir a la calle?

Oído así parece grave...

No sé cuántos años... muchos. Desde que yo tenía siete, hasta que se murió.

Y aunque parezca mentira, nunca me pareció “encerrada” en la casa. Veo a un montón de personas encerradas en prisio­nes verdaderas mientras caminan por las calles, engañan o son engañadas, fuman rabiosas en mesas de bares, llevan la soledad y el odio pintados en los ojos.

Jamás se conmovieron por sencillas his­torias de amor teatralizadas por la radio. No sueñan. No creen. No hablan más que de “pertenencias materiales”, su status es una etiqueta de marca cosida en el trasero del jean, o bordada en el bolsillo de la camisa...

A ella nunca le importaron esas cosas.

-Pero se lavaba las manos con alcohol.

-¿Y qué? Se lavaba las manos con alco­hol, pero no las usaba para contar dinero de coimas v negociados. Sus manos “sin micro­bios” no golpearon a nadie.

-Tampoco acariciaron.

-Ella no usaba las manos para acari­ciar, pero me acariciaba con cientos de cosas que son caricias para una niñita... ¿Con qué te acarician tus normales y sanas tías?

¿Cuál de ellas le puso a tu alma un par de alas de mariposa para que volara con la músi­ca de Brahms y Wagner? ¿Te hablaron de las copas de cristal rotas por una aguda nota de la garganta de María Barrientos? ¿Te hicieron entornar los párpados mientras pasaban un disco de Enrico Caruso por la radio? ¿Te contaron, como si fueran cuentos las histo­rias inolvidables de las óperas, mientras las transmitían desde el teatro Colón? ¿Te explicaron los colores de la selva de Tarzán?

Sentadita a los pies de su cama, yo me maravillaba con el tamaño que cobraban las mosquitas cuando ella las veía, ¡ocupaban una habitación cada una!

Con mi tía Sarita podía hablar de cual­quier cosa: de mi mamá muerta, de los fan­tasmas que te tiran de los pies y te despier­tan, de la mala de Isabel que me pegó un caramelo en el pelo durante el recreo de las diez.

Ella creía lo que yo decía y yo le leía mis versos y no me avergonzaba de llorar teatralmente para impresionarla.

En un mundo en el que todos estaban apurados, ella tuvo tiempo para la niña que le ponía demasiada manteca a los scons.

Para ella fui preciosa, inteligente, sensible, creativa.

Cuando aún no estaba en cama, cuando, todavía iba al centro en tren, me compraba a malitos de azúcar: unas confituras preciosas coloreadas que me comía de a poquito, así duraban más.

La que me gustaba era la jirafa, a la jirafa le dibujaba pestañas...

Ella, mi tía Sarita, me enseñó lo que es la confianza.

Jamás se le ocurrió imaginar que su espo­so Pascual, que vivía con su hermano François (Fransuá, el francés que regresó vivo de la segunda guerra, a la que fue a com­batir voluntariamente) hubiese podido siquiera “mirar” a otra mujer; aunque con ella no convivía desde que la “neurosis obse­siva” la confinó a una cama.

Todos los jueves y domingos, durante los años que vivió, Pascual la visitaba, con su bandeja de masas para el té, su voz alegre y alta, sus entusiastas “¡Bravo, bravo!” cuando algo le parecía interesante. Jamás faltó. Jamás se quejó.

Y a ella le brillaban los ojos claros al oír el timbre de las cinco menos diez cada jueves, cada domingo.

Él, mi tío Pascual, me enseñó lo que es el respeto...

Como verás, mi familia también tiene su historia.

De la más dramática, aprendí a amar a Chopin y Paganini, a Verdi y Beniamino Gigli, a llorar por la Traviata y Madame Butterfly, a aplaudir sin ruido los pasajes armoniosos de Sílfides, de Pedro y el lobo, a cerrar los ojos para “mirar” las historias de la radio...

Viajé más kilómetros sentada a los pies de la cama de mí tía Sarita, a los ocho y nueve años, a los diez años... que los que recorrí después, durante el resto de mí vida...

Imaginate...

Una jirafa de azúcar...

 

                                                             Poldy Bird

Poldy Bird: Escritora nacida en Paraná, Entre Ríos en 1941. Vive en Buenos Aires.

Autora de clásicos adolescentes como "Cuentos para leer sin rimmel" o "Cuentos para Verónica" -que se convirtió en la segunda obra más vendida en el país después del "Martín Fierro"-, la escritora Poldy Bird regresa a la literatura con un nuevo libro, "Pasa una mujer", al que se le suma la flamante reedición de otros cinco títulos.

Contacto: [email protected]

 


Canción de los niños con hambre

                                                               a González Pacheco

¿Que aún se ignore que el hambre es

peor que todos los inviernos?

Se me saltan los ojos

y los pulsos, ebrios.

Mi rebelión aúlla oscura

más que en la nieve lobo hambriento.

Cantaré como los piratas

pulsando con el viento

y el alma desterrada

el cordaje velero.

Que ignoréis lo demás, no importa:

hay niños con hambre, sabedlo.

Niños que lloran

con llanto de hombre, oh cielos.

Para que ocurra,

sabedlo,

que el sanhedrín de mercaderes

que regentea el mundo entero,

y los que guardan sus espaldas,

esté contento, estén contentos…

(por la hidrografía,

ay, del llanto ajeno,

navega la flota

de los monederos)

el mundo, el mundo se contempla,

ved, de sí mismo prisionero,

de su propia dureza, digo,

igual que un río de sus hielos.

Y tiene que haber y hayle,

es cierto,

río de hormigas, cordilleras

de falsía y desprecio

(palomas empollando

huevos de víbora estoy viendo)

y tan profunda erudición

de desencanto y sufrimiento,

y tantos rincones del alma

con telarañas y murciélagos,

y Jobes vestidos de lepra

sin más báculo que el lamento,

y golpes de tos o de sangre

en que alienta todo el infierno

como en ola de tempestad

todo el océano.

¿Infierno? No,

que no hay infierno:

hay corazones congelados.

Eso es todo, sabedlo.

Gentes que hablan con palabras

más encendidas que los besos

justamente cuando se miran

con ojos de témpano.

Oh, todo eso,

en tanto discuten el mundo

diplomáticos y barberos,

y las ganancias de los rábulas

como tumores van creciendo,

y doquier hay niños con hambre,

o muertos de hambre ya, creedlo,

y hay que los ángeles del hombre

(los tiene el hombre aún, no miento)

tapan sus ojos con sus alas

para no ver, para no verlos.

¿Para qué el mundo, entonces?

¿Y para qué los parlamentos

o los motores o los héroes

o el verso?

¡Y no preguntes para qué

siglos de rezos!

Si a alguien colgara yo mi pena

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Tags: MAPUCHE 46, ARGENTINA, OSVALDORISSO, narradores, poetas, revistaliteraria, luisfranco

Publicado por ChemaRubioV @ 12:43  | REVISTAS
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