Domingo, 21 de septiembre de 2008
España

Que se pare el libre mercado que los empresarios se bajan
Alberto Montero Soler
Rebelión

A estas alturas todo el mundo sabe que estamos inmersos –aunque aún
se desconoce el grado concreto de profundidad- en una crisis
económica de difícil parangón en la historia económica reciente.
Tan preocupante debe ser la situación que el nerviosismo
generalizado está sacando a la luz lo que muchos agentes mantienen
en su subconsciente y se niegan a declarar en público a pesar de que
profesen su creencia en privado.
Así, nos hemos encontrado con que el presidente de la Confederación
de Organizaciones Empresariales (CEOE) ha declarado que sería bueno
hacer "un paréntesis en el libre mercado" para atajar la crisis.
Esto es, el presidente de la organización económica que con mayor
virulencia ha defendido la necesidad de llevar el libre mercado
hasta sus últimas consecuencias; de liberalizar y privatizar toda
actividad pública que, explotada en manos privadas, sea susceptible
de generar beneficios; o de desregular y liberalizar los mercados de
trabajo, ahora, cuando le ve las orejas al lobo, invoca el
intervencionismo estatal.
¿Por qué no invocó la intervención pública en los tiempos de las
vacas gordas? ¿Por qué no reivindicó la naturaleza imperfecta de los
mercados y la necesidad de la intervención pública cuando las
empresas experimentaban, año tras año, tasas de beneficio
crecientes? Si tan perfecto era el sistema de mercado para canalizar
las rentas hacia el excedente empresarial, ¿por qué ha dejado de
serlo en estos momentos de reajuste?
Si se asume y se defiende la perfección del libre mercado –si es que
tal cosa existiera, que ésa es otra- como mecanismo para la
asignación y distribución de las rentas y los recursos, ahora toca
asumir que esa misma perfección no hará sino facilitar el retorno de
los mercados a una situación de equilibrio que, necesariamente,
implicará dolorosos reajustes, que alguien deberá soportar esos
costes y que, consecuentemente, lo más justo es que sean quienes más
se han beneficiado de él los que en mayor medida soporten dicha
carga.
Lo que no se puede hacer, lo que constituye una inmoralidad, es
defender el mercado cuando, a través de su manipulación,
redistribuye una parte creciente del ingreso nacional hacia los
beneficios y, cuando éstos caen, plantear que el sistema tiene
fallos y que es necesario recurrir a criterios de regulación
diferentes y, en la medida de lo posible, instar al Estado a que
asuma el coste del reajuste.
Lo que es inmoral es que cuando el sistema de mercado genera
beneficios para unos pocos éstos sean apropiados privadamente y
aquél defendido por sus virtudes; mientras que, cuando la crisis lo
pone en cuestión y aparecen las pérdidas, se pase a reclamar el
papel intervencionista del Estado y la socialización de las pérdidas.
Evidentemente, este planteamiento necesitaba de una respuesta. Y
nadie mejor que el propio presidente del gobierno, el socialista
Rodríguez Zapatero, para dársela. Su receta, como era de esperar, la
propia de cualquier socialista basadas en los principios socialistas
que tan fielmente sigue: respeto a la libertad de los mercados y a
la competencia.
Podía haber dicho cualquier otra cosa. De hecho, tenía que haber
aprovechado para decir ciertas cosas como, por ejemplo, reclamar un
poco de vergüenza torera a los empresarios. Pero no, él va y pone
sobre el tapete aquello en lo que cree, el prontuario de sus
principios: libre mercado y competencia. Mira que hace tiempo que
vengo reclamando un profesor de economía para Zapatero que no sea
Solbes. Pues nada. Nadie me hace caso.
Y a todo esto llega Almunia, esa mente económica preclara, para
decir que "el origen de la crisis es la avaricia". ¡Toma ya! Otro
que no se ha enterado hasta ahora que el sistema capitalista se
basa, precisamente, en la avaricia (aunque sea un pecado capital -
cosa que, por cierto, a la Iglesia Católica poco le ha importado
nunca-).
Tenemos un comisario europeo de Economía que parece no haber leído –
o, lo que es peor, haber leído pero no haber entendido- aquello que
ya Adam Smith escribía a finales del siglo XVIII y que cualquier
estudiante de Economía ha debido al menos ver referido en algún
momento de su vida académica: "no es de la benevolencia del
carnicero, el cervecero o el panadero de lo que esperamos nuestra
cena, sino de sus miras al interés propio, y nunca les hablamos de
nuestras necesidades sino de sus ventajas". Si lo hubiera leído y/o
entendido y extraído las consecuencias que de ello se derivan ahora
no andaría diciendo semejantes perogrulladas haciéndolas pasar por
explicaciones de una crisis cuyas causas últimas creo que escapan a
sus entendederas.
Así que, nos guste o no, seguimos siendo un país poco serio: con un
empresariado que, más acostumbrado a la especulación que a la
producción, se echa a temblar y se reniega de sus creencias en
cuanto el precio de aquello con lo que especula cae; con un
presidente de un gobierno socialista cuyas declaraciones podrían ser
las de cualquier neoliberal de la Escuela de Chicago; y con un
comisario europeo de Economía que viene a echar una mano anunciando
que acaba de descubrir la pólvora.
Alberto Montero (
[email protected] es) es profesor de Economía Aplicada
de la Universidad de Málaga. Puedes ver otros textos suyos en su
blog La Otra Economía.


Tags: Rebelión, economia, politica, profesor, malaga, albertomontero, eeuu

Publicado por ChemaRubioV @ 19:27
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