Lunes, 27 de octubre de 2008

Vicente Antonio Vásquez Bonilla

Un amanecer común, tedioso y rutinario, como cualquier lunes de cualquier semana, mes y año, en la vida de Melquíades, un trabajador asalariado.

            Sin esperanzas de promociones futuras, no porque hubiese llegado a la cúspide de su línea de trabajo sino por el terrible peso de su propia apatía.

            Sin expectativas de superación, sin metas que alcanzar ni sueños que cultivar.

            Únicamente sobrevivir.

            Siempre en espera del lejano fin de mes. Cobrar un raquítico sueldo para cubrir los compromisos perentorios; atender a los cobradores más inquisitivos y enviar algo a sus ancianos padres. Cuando se puede, ahorrar unos pocos billetes, cada vez en menos cantidad.

            Monotonía que ahoga.

            Melquíades vino a la capital a prestar servicio militar y se quedó. Si pudiera hacer algo —piensa con tristeza—, algo de importancia, algo que me hiciera destacar tan siquiera una vez, no quedar perdido en el anonimato de la vida, tiempo y espacio.

            Conforme transcurre la mañana desarrolla en forma mecánica y con mal disimulado desinterés las tareas habituales. A sus oídos llegan rumores de disturbios que se suscitan en la ciudad, como consecuencia del alto costo de la vida. No les presta mayor atención. Ni eso logra despertarlo del marasmo en que se encuentra sumergido.

            Después de todo, la pérdida del poder adquisitivo del quetzal y la inflación galopante, como ha oído que dicen los que saben, no es un mal nuevo. Ya en el pasado ha sido la causa de manifestaciones de protesta sin mayor trascendencia.

            Todo ha quedado en nada.

            Durante el almuerzo escucha nuevas noticias: los alumnos del Instituto Central han incendiado autobuses del servicio urbano. Según dicen, estas expresiones de descontento no son como las anteriores. El pueblo se está uniendo en demanda de mejoras salariales. La mención de incremento de sueldo hace que Melquíades preste alguna atención; inclusive lo hace soñar despierto. Imagina que de alguna manera participa en las demandas populares con función de liderazgo y que obtiene logros de preponderancia personal.

            La tarde se arrastra con lentitud entre calor, tedio y alguna débil expectativa por los acontecimientos del día. A la hora de salida no encuentra transporte y se ve obligado a caminar. Durante el recorrido observa el paso de ambulancias y vehículos de la policía. Por doquier hay vestigios de los desórdenes: automóviles quemados, barricadas humeantes y comercios destruidos.

            Muchas personas caminan presurosas. Tratan de llegar al refugio de sus hogares y huir de la trifulca. Menos mal que él vive cerca y al parecer el jaleo no ha tocado su barrio: El Gallito.

            Si pudiera hacer algo para resolver esta frustrante situación, se dice, acabaría con todo el problema.

            Al anochecer, con el retorno de los huéspedes de la residencia, los comentarios de los enfrentamientos aumentan. Cada uno trae su propia versión, vista u oída. El descontento del pueblo es generalizado y los hechos trágicos se han multiplicado.

            Hay que esperar las noticias de la noche.

            Tele Prensa inicia su transmisión acostumbrada. Los huéspedes se encuentran en la sala, a la expectativa. Ninguno de ellos tuvo participación en los sucesos. Son personas conformistas y medrosas que esperan que otros resultan los problemas y después beneficiarse con sus logros.

            Los reportajes muestran a las turbas que saquean almacenes, destruyen vitrinas, apedrean automóviles e incendia vehículos del servicio colectivo.

            La fuerza pública arremete contra las multitudes usando gas lacrimógeno y cargando a bastonazo limpio. Las batallas campales se suceden en flujo y reflujo sin definición para ninguno de los bandos, pero con cauda de heridos, golpeados y detenidos.

            Las noticias de última hora reportan hechos graves. Al presidente le interesa a toda costa terminar con la protesta y da orden al ejército de intervenir sin consideraciones,

            Hay que darle un escarmiento al populacho, había dicho.

            La represión fue brutal. Corrió la sangre sin miramientos y la protesta fue acallada. Sólo quedó llanto, dolor y muerte por doquier.

            La transmisión es interrumpida y el canal pasa a formar parte de la cadena nacional. Los televidentes de la casa de huéspedes se sienten frustrados e indignados por el uso de la fuerza indiscriminada. Nuevamente el pueblo sería sometido, sin escuchar sus peticiones,

            Si pudiera hacer algo, piensa Melquíades. Y da rienda suelta a su imaginación, construyendo un nuevo orden social más justo y armonioso, según su particular concepción.

            ¿Cómo poner fin a todo?, se pregunta.

            La imagen del presidente interrumpe sus elucubraciones y capta su atención. Se dirige a su “amado pueblo”.

            —Las fuerzas que pretendían destruir el orden establecido, han sido vencidas. Los ciudadanos pueden dormir tranquilos. El imperio de la ley está vigente y los responsables serán castigados para ejemplo de…

            Melquíades se siente cada vez más deprimido.

            Si pudiera hacer algo para acabar con todo, insiste.

            El presidente continúa.

            —Para demostrar el pleno dominio de la situación, la inauguración del edificio del Ministerio de Trabajo, programada para mañana, no será cancelada. Yo, personalmente, cortaré la cinta bicolor, declarando inaugurada esa magna obra, símbolo del  progreso nacional, de la estabilidad política y de mi gobierno…

            Melquíades ya no escucha. En su mente se ha hecho la luz. Ha encontrado la solución para acabar con todo de una vez para siempre. Esa noche casi no duerme. Maquina el plan que tiene relación directa con la inauguración del día siguiente y con la presencia del mandatario.

            Él, pronto estará en las primeras planas de los diarios. Goza visualizando su nombre en grandes titulares.

            El martes, animado por su idea, se levanta muy temprano. No irá a trabajar ni dará excusa alguna.

            Que me busquen en el mapa, piensa, mejor aún, que me busquen en las noticias.

            Va al Banco de los Trabajadores y retira sus escasos ahorros, pero suficientes para comprar los dos revólveres que, Ovidio, su ex compañero de cuartel, le ha ofrecido con insistencia.

            Muchas veces rechazó la oferta, pero hoy sí está dispuesto a comprarlos. Tendrán uso inmediato.

            Melquíades está dentro de la multitud servil que asiste al acto inaugural, con las pistolas ocultas, pero debidamente preparado. Observa el desarrollo del programa y calcula que cuando éste termine, el presidente y su comitiva pasarán por el espacio que las fuerzas de seguridad dejaron para el acceso de invitados, funcionarios y cuerpo diplomático; justo frente a donde él se encuentra.

            Entonces será el momento.

            Se sorprende de la serenidad y la calma que siente. Por primera vez en su vida está seguro de lo que piensa hacer.

            Termina el acto inaugural.

            Tal como pensó, el presidente viene aproximándose por el pasillo previamente establecido, Sonríe y saluda con la seguridad y la arrogancia de quien domina la situación.

            Cuando Melquíades calcula que el mandatario está a la distancia apropiada, irrumpe en el pasillo portando en cada mano uno de los revólveres.

            La multitud enmudece sorprendida. Melquíades apuntando al gobernante, dispara ambas pistolas. La distancia que los separa, si mucho, es de cinco metros.

            En la comitiva cunde el pánico. Sus integrantes, en medio de gritos de terror y por instinto, se tiran al suelo o tratan de apartarse del centro de la acción. Los guardaespaldas del presidente intentan protegerlo de alguna manera, tratando de dificultar el alcance del blanco.

            Todo sucede vertiginosamente, dando origen a múltiples reacciones, entre ellas, la de algunos policías que desenfundan sus armas para repeler la agresión. Melquíades se vuelve decidido a enfrentarlos. Aún tiene oportunidad de accionar las pistolas. Ante el peligro que representa disparando contra los policías, no vacilan en acribillarlo.

            Melquíades queda tendido, inerte, abrazando el pavimento.

            Miembros de la seguridad se acercan con cautela, para terminar comprobando que la amenaza ha concluido.

            ¡Melquíades ha muerto!

            La atención vuelve hacia el presidente y sus acompañantes. Todos están ilesos, recobrando la compostura y el ánimo. ¿Cómo era posible que un pistolero, por inexperto que fuera, a tan corta distancia, no alcanzara a ninguno del grupo?

            Sorprendida ante el hecho inusitado, la primera dama de la nación, con lágrimas en los ojos, viendo al cielo y con los brazos levantados, exclama:

            —¡Milagro! ¡Milagro!...

            Mucho se conmueven y algunos se arrodillan.

            ¡Son testigos de un prodigio!

            El jefe de seguridad, después de examinar las armas usadas en el frustrado magnicidio, echó a perder el milagro, al explicar que el agresor había utilizado balas de salva. Melquíades logró su objetivo. Terminó con todo para siempre y ocupó los titulares de prensa,

            Guatemala, siglo XX

 


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Publicado por ChemaRubioV @ 10:45  | RELATO .
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