Martes, 28 de octubre de 2008
El inventor de los 2/3 y la cuadratura del círculo
Rubén Martínez Dalmau



Me lo imagino sentado frente a su mesa cerca de las oficinas
presidenciales, quizás incluso observando la plaza Murillo desde uno
de esos despachos del Palacio Quemado que resiste al tiempo, con
muebles que hace décadas dejaron de relucir, y donde se llega subiendo
escaleras y cruzando recovecos que nunca fueron pensados para un
edificio de esas características. No sé si el personaje tiene nombre y
apellidos, pero sí sé que está radiante, porque salió bien librado de
la historia: el cuento acabó como previó, con la aprobación del texto
constitucional por el Congreso de la República con la mayoría que él
inventó: 2/3. No importan las repercusiones. De hecho, nunca
importaron. Lo que de verdad cuenta es que en medio de todo este lío,
él salió bien librado. Así se lo debió decir al Presidente Morales en
algún momento: "Presidente, no se preocupe. Los errores de la Asamblea
Constituyente los podemos negociar en el Congreso. Alcanzamos los 2/3
con toda seguridad; así corregimos el texto de la Asamblea".

El inventor de los 2/3 no debe ser mala persona, sino simplemente un
infeliz que erró el tiro y no supo remediarlo de otra manera. En el
baño de un restaurante leí hace unos días una cita que atribuyen a
Brecht: equivocarse es humano, pero echarle la culpa al otro es más
humano todavía. Brecht, o quien fuese el autor del dicho, encontraría
su perfecto ejemplo en el actuar del inventor de los 2/3. Aplicando
pocos conocimientos al respecto, este personaje aceptó incorporar a la
ley de convocatoria de la Asamblea Constituyente la necesidad de que
el texto final se aprobara por los 2/3 de los constituyentes, cuando
esta es una previsión que históricamente se ha dado en otro contexto:
el del poder constituido, el Parlamento, que requería del mayor
consenso para que una simple mayoría no pudiera alterar el texto de la
Constitución. Pero no cabía aplicar el análisis en el marco de una
Asamblea Constituyente democrática, cuyo proyecto además debía pasar
por la legitimidad del pueblo soberano a través de referéndum. De ser
así, dejaría en manos de una minoría (1/3 de la Asamblea) la decisión
sobre el proyecto de Constitución, que ya no puede aprobar la mayoría.
Es lo contrario a la democracia: los menos deciden sobre los más.

Esto, de todas formas, no sorprende en un país como Bolivia, donde
históricamente los menos siempre han decidido sobre los más. El
proceso constituyente vivió escalofriantes escenas de racismo:
asambleístas del gobierno acosados por las calles, perseguidos campo a
través, humillados, maltratados. En la plaza pública se quemaban
muñecos con sus nombres, y su foto aparecía colgada de los muros en
señal de escarnio, acusados de traidores, ante la pasividad de propios
y extraños. Nadie sabrá lo que sufrió esa gente para ofrecer a su
pueblo un proyecto de Constitución que, de haber sido aprobado,
hubiera sido la Constitución más avanzada del mundo.

El proyecto de Constitución de la Asamblea Constituyente tenía sus
errores, por supuesto. Pero muchos de ellos se debieron justamente a
la mala estrategia seguida para la convocatoria de la Asamblea. La
decisión de que se requirieran 2/3 para la aprobación final en la
Asamblea condicionó su futuro, entre otras equivocaciones. La última,
la modificación de la ley de convocatoria: el Congreso (poder
constituido) debía aprobar la convocatoria al referéndum sobre el
proyecto de Constitución de la Asamblea Constituyente (poder
constituyente). Es decir, la decisión del Congreso era superior a la
decisión del Constituyente; lo que es lo mismo, la cuadratura del
círculo.

Un círculo que se volvió cuadrado no por magistrales fórmulas
matemáticas ni elucubraciones de la física cuántica, sino de la única
manera que era posible: a martillazos. Poco más se le podía pedir a
este personaje; el inventor de los 2/3 no lo tendría en sus planes, ni
contaba seguramente con que las cosas se pondrían en un nivel de
gravedad tal que paralizó durante casi un año el proyecto de
Constitución. Pecaba de ingenuo. La derecha, una vez se le aceptó que
con su tercio minoritario podía decidir sobre el referéndum, se
atrincheró en sus posiciones, y no las abandonó ni siquiera cuando Evo
Morales obtuvo una aplastante mayoría en el referéndum revocatorio
celebrado unos meses después. ¿Para qué, si desde que la mayoría
asumió el poder de la minoría ya habían ganado la batalla?

El diálogo entre el Gobierno y la oposición fue siempre un debate
falso, porque colocaba sobre la mesa temas que no eran los que
realmente quería debatir la derecha. El argumento oficial se mantenía
en "las autonomías", cuando las autonomías estaban perfectamente
desarrolladas en el proyecto de Constitución. Las pretensiones de la
derecha eran otras: disminuir los derechos de los pueblos indígenas,
meter mano en los recursos naturales, conservar sus ingentes
tierras... Cuando el gobierno de Evo, por cansancio y ante la falta de
otras perspectivas, entró a negociar estos temas, se allanó el camino
del verdadero diálogo. De ahí al acuerdo de 2/3 del Congreso sólo
tuvieron que pasar pocos días. Plantearon incluso arrollar con la
formalidad democrática, aunque el Congreso no tuviera ninguna
legitimidad para manipular, como lo ha hecho, el proyecto de
Constitución que aprobó la Asamblea Constituyente. Ni estaba
autorizado para ello por el pueblo, ni debía éticamente actuar de esa
manera.

No es difícil entender por qué el proyecto de Constitución aprobado
por el Congreso es sustancialmente más atrasado que el que propuso la
Asamblea Constituyente. La desidia y la indolencia de los técnicos del
Congreso han llevado a incorporar en el texto reformado graves errores
conceptuales, como la delegabilidad de la soberanía, o la
constitucionalización de las mayorías por las que debe tomar sus
decisiones el poder constituyente. Pero eso no es lo peor porque, más
allá de las risas que puede provocar, no tiene efectos jurídicos
inmediatos. Lo más grave son los cambios formulados en la propuesta
del Congreso: el atraso en los derechos de los pueblos indígenas, el
destierro del concepto de plurinacionalidad, la diferenciación –antes
superada- entre nacionalidad y ciudadanía, la eliminación de la
paridad entre la justicia ordinaria y la comunitaria en el Tribunal
Constitucional, el fortalecimiento prácticamente a nivel de Estado de
los departamentos... y, sobre todo, la tenencia de tierras. Con la
reforma introducida por el Congreso, se legalizan todas las posesiones
latifundistas fruto de siglos de expoliación territorial y marginación
del pueblo boliviano. El artículo sobre el límite de los latifundios
sólo se aplicará a partir de la entrada en vigencia de la
Constitución; esto es, nunca.

Claro que el equipo negociador del gobierno poco podía hacer sobre una
política de hechos consumados. El problema no estaba en la conclusión
del proceso, sino en el origen: los 2/3 que desde un principio
determinaron el mal final de esta historia. Un final que podría haber
sido peor: guerra civil, muertes, golpe de Estado… Ante el error de
bulto de incorporar los 2/3 en la ley sólo cabía dos soluciones: la de
romper con el poder constituido, que no fue autorizada por los líderes
del proceso; o la de pactar con la derecha. Cuando se decidió que esta
última fuera la técnica, no valieron los ases en la partida. La
oposición mostró su verdadero rostro, que había escondido durante
meses: su real interés no era la autonomía, sino seguir siendo la
minoría dominante en el país.

Lo que no significa, desde luego, que lo haya conseguido con toda
seguridad. Los rescoldos del proyecto de Constitución de la Asamblea
Constituyente siguen vivos en el articulado que será votado por el
pueblo boliviano. Se mantiene un amplísimo catálogo de derechos con
sus garantías, formas de legitimación propias de una democracia
participativa avanzada, y la elección directa de los miembros del
Tribunal Constitucional. Permanece el control de la ciudadanía sobre
el poder público, la necesidad de rendición de cuentas, algunos
derechos indígenas. Buena parte del espíritu del constituyente
boliviano, incluido el que salió perseguido de Sucre una noche fría de
noviembre, se mantiene en el texto, a pesar de la intervención del
poder constituido. Además, la derecha tendrá que hacer frente a la
paradoja de apoyar un proyecto que, han reiterado hasta la saciedad,
fue aprobado en un cuartel militar y bañado de sangre. En resumen, dos
pasos adelante y uno atrás.

Mientras tanto, el inventor de los 2/3, creador por la fuerza bruta de
la cuadratura del círculo, descansa feliz porque cree que su
intervención ha sido decisiva para colocar el punto y final a este
relato. Pero quizás entienda para sus adentros, detrás de esa sonrisa
de satisfacción, que la historia también juzga, y que escrita está la
mejor Constitución que, lamentablemente, ya no podrá ser.

Rubén Martínez Dalmau. Profesor de Derecho Constitucional de la
Universitat de València. Fue asesor de la Asamblea Constituyente de
Bolivia.




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Tags: bolivia, relato, politica, evomorales, constitucion, militares

Publicado por ChemaRubioV @ 16:39  | RELATO .
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