Mi?rcoles, 29 de octubre de 2008

Esa cicatriz luminosa: exclusión y marginalización de las travestis salvadoreñas

Leonor Silvestri

 

Es complicado imaginarse cómo es vivir gay en un país que como el Salvador sufrió una guerra interna, por la toma del poder por parte de la guerrilla popular marxista, que duró 12 años, de 1980 hasta 1992 con la firma de los Acuerdos de Paz. Al final de la guerra, los datos que se tienen son: 75,000 muertos, 8,000 desaparecidos y 12,000 lisiados de guerra. “La Paz” implicó un acuerdo de amnistía entre ambos bandos, quedando impunes miles de casos de asesinatos políticos y abusos, entre ellos el emblemático caso del asesinato de Monseñor Oscar Arnulfo Romero durante una misa en 1980, arzobispo de San Salvador que atacaba la dictadura oligárquica-militar con su teología de la revolución tan cara en Centroamérica. Su asesino, aún vivo, es el fundador del actual partido en el poder, la Alianza Republicana Nacionalista.

En el Salvador, casi el 40% de la población es pobre (2, 887,775 personas), y un 15% vive por debajo de la línea de la pobreza, al menos 6 de cada 10 personas en el campo están desempleadas, y el subempleo urbano, mayormente expresado en changas y venta ambulante, es 45%. El Salvador es la economía número 14 de déficit comercial más alto del mundo, el país número 20 con mayor desigualdad entre consumo de la gente con poder adquisitivo y pobres.

En las calles del centro de la capital, San Salvador, siempre está oscuro, húmedo y sucio, siempre hay una doble hilera en la acera y en la calle de venta de cosas feas, importadas e inútiles, una mixtura infinita de basura caduca. El peligro constante se respira con el aire vicioso del diesel cada vez más caro de los buses. En este clima, donde sobrevivir ya es político, es difícil divisar ninguna expresión de género disruptiva caminando por la calle. Después del increíble esfuerzo de este país por tomar el poder y establecer una dictadura del proletariado, con acuerdo de la mayoría de la población que, de un modo u otro, participó activamente y violentamente durante esos años, ¿con qué se encuentra la comunidad GLTB?¿Qué conciencia d-género, qué tolerancia, qué respeto, qué cambió significó en los cuerpos divergentes?

Dos años después del fin de la guerra, El Salvador conoció su primera ONG GLTB “Entreamigos”, que como gran cantidad de casas de encuentro GLTB del mundo, y del resto de El Salvador, organizan “eventos y proyectos en pro de los derechos humanos de los gays”: no a la discriminación y derechos civiles por la igualdad, que promueven la inclusión de una comunidad gay consumidora de clase media o alta en el espacio público de shoppings y fiestas. De su riñón nació uno de los grupos GLTB más originales y extravagantes de toda Centro América, Gays Sin Fronteras, un poco cansados de las guerras de poder que allí dentro se armaban. Hasta cierto punto GSF hacen lo que todas las otras organizaciones de gays y lesbianas: talleres de VIH SIDA, repartija de “dulces”, como Alex -su coordinador general- le llama a los condones que regala de mano en mano durante todo el día- y la noche-, o quemarse las pestañas con proyectos y reclamos en las puertas del Congreso, que nunca escucha realmente.

Sin embargo, Gays Sin Fronteras difiere de las demás agrupaciones por el fomento de las danzas folklóricas salvadoreñas, o las estampas nacionales por departamento (el equivalente a nuestras provincias), como forma de obtener la visibilidad de las personas GLTB, pero también de otro de los grandes grupos marginados de toda Centroamérica, y la mayor deuda de los ejércitos guerrilleros: la comunidad indígena. GSF es el único grupo GLTB que baila  folklore nacional en toda esta región, porque tal como confiesan “Vamos en contra del típico estereotipo del gay de parlante y disco, aunque eso también nos gusta.” Promocionar la cultura indígena y popular y expresar la creatividad a través de la danza folklórica motivó a este grupo a enfocar la lucha a partir del baile.

El folklore salvadoreño se divide por municipio: cada uno tienen su danza y música típicas, que se baila en las fiestas patronales, cada año, por las calles, ataviados con animados vestidos y ropas típicas. Se trata de danzas por zonas, por ejemplo la estampa del carbonero que cuenta la historia de un hombre que trabaja en la mina de carbón y lo vende en la ciudad para poder comer, o las cortadoras que son mujeres indígenas que van al cafetal a cultivar café y cortar flores, una de las industrias que más dinero arroja este país, y concentrada en un par de latifundistas. Y aunque ninguna de las bailarinas de GSF está dotada de una gracia especial para el baile, ni su maquillaje es el adecuado para un show, es imposible no estar de acuerdo con Fransheska Stacey Ríos, coordinadora del área de VIH Sida y visibilidad, chica trans, de 27 años, cuando explica que “un paso fundamental en el empoderamiento de las personas trans es la cultura. Muchas trans no han logrado ni terminar la escuela primaria. Por otra parte, los pueblos autóctonos también están travestidos de acuerdo a una identidad previa: se pintan el cabello, usan otras ropas, lentes de contacto. A veces, también les da vergüenza ser indígenas, por eso para nosotras fue importante reafirmar esa identidad y esa cultura que parecía perderse.”

Ser trans o travesti en El Salvador es bien difícil, como siempre lo es en cualquier lado del tercer mundo. La diferencia entre la chica trans o travesti y la comunidad gay es el debate entre la vida y la muerte. La absoluta exposición visual, irreversible en muchos casos, las hace a las trans blanco inconfundible de la transfuria a través de todos sus aparatos de represión y exterminio: pandillas o maras, policía, grupos que andan cazando trans para su propio uso sexual y posterior muerte et cetera. Alex agrega que “el aspecto masculino que aún conservo me deja sobrevivir, poder andar por la calle, sin terminar presx o asesinadx”. Y en este punto entre ser y parecer se estrecha la tolerancia a nivel comunidad. Para ser aceptada en la cuadra y poder trabajar hay que estar toda dragueada con “todos los chiches, ser bien colorienta, mujer completa” (hormonas y aceite industrial en las tetas – cirugías plásticas más complejas o reasignación de sexo están más allá del bolsillo de la trabajadora sexual promedio); verse “machorra” es igual a verse “fea”, trabajar menos o ser discriminada o excluida de la misma comunidad. Para ellas, trans es “alguien que actúe otro genero que no es el de su sexo, pero quiere tener otro sexo aunque no ha logrado operarse”, por eso afirman que hay pocas travestis, porque la mayoría de ellas se piensan de acuerdo a los discursos de disforia de género, donde a cierta psiquis femenina le ha tocado un cuerpo equivocado. Fernanda Aguilera, una de las bailarinas de la agrupación argumenta que en San Salvador, “no podemos ir culereando libremente, del insulto o actitud se pasa a la acción. Acá no se trata de discriminación sino de muerte. Ser gay o trans es sinónimo de muerte si te detectan en la calle.” Casualmente, las estadísticas de transfobia no fueron hechas todavía, aunque la cantidad de chicas trans muertas dentro del mero centro de la capital que pueden contar pone los pelos de la nuca de punta.  En el mes de Mayo, solo en lo que hace a las cuadras de trabajo, las 4 personas GSF que se acercaron para conversar contabilizan 4 compañeras asesinadas. El gobierno dice que aparecen muertas por otros motivos (drogas, prostitución, provocación y desorden en la vía publica, bullas entre pandillas), aunque siempre hay patrones que los asesinos siguen: en especial, el rostro desfigurado a pedradas, después de haber sido violadas.

Hace unos años, los pandilleros (que dicho sea de paso, la mara Salvatrucha es una de las más grandes y crueles de toda Latinoamérica, con un promedio de fin de carrera en la pandilla de 25 años por muerte) fueron a las calles a “rentear” la cuadra donde trabajan las travestis y las trans. Todas las trabajadoras sexuales, trans y travesti, y se pusieron de acuerdo: si amenazaban a alguna, se comunicábamos rápidamente entre ellas para apoyarnos. Se creó una red de alrededor de más de 500 travestis y trans dispuestas a utilizar los mismos métodos que los pandilleros para que no les quiten su “pisto”, dinero. Las calles quedaron desde entonces bien divididas, entre trans, travestis, gays masculinos, de acuerdo a su propia definición. Las peleas de lado a lado por clientes o poder son comunes: hay que demostrar “quien manda, y las travestis y las trans mandan por estar vestidas, montadas, por mostrarse hasta el final”. Algunas cosas en El Salvador resultan familiares: la identidad bisexual, en especial en los varones, es la más discriminada en el interior de la comunidad GLTB. Fernanda cuenta cómo supo tener una relación con una chica tan joven como ella. Su compañera “sabía quien yo era, me compraba peluca, plataforma, maquillaje, me presentaba chicos, era la mujer perfecta, hasta tenía un bebe, que me decía papá Fernanda. Vivíamos en la playa, y sí, teníamos sexo, aunque empezamos como amigos. A ella la mataron las maras, estaba en el tema de la droga, y el bebé se fue con su mamá. Una situación como la nuestra era súper difícil de aceptar por la comunidad GLTB”.

Entre otra de sus rarezas, Gays Sin Fronteras, trabajan con los jóvenes de las iglesia Luterana, para erradicar “el tabú sobre la homosexualidad”. Gabriel Castro, coordinador con jóvenes con VIH Sida y derechos reproductivos y sexuales, y compañero de Fransheska explica “los curas no pueden hablar de moral porque no la tienen, si están siempre acusados de casos de abuso de niños. Nosotros trabajamos que nadie sea expulsado de la Iglesia porque si la comunidad gay quiere ser religiosa, tener su cuota espiritual aunque sea para orar por mejores clientes, queremos que dios nos escuche”. Gay Sin Fronteras suele arreglárselas sin recibir ningún tipo de apoyo de nadie, ni de las organizaciones feministas, con las que alguna vez logran articular, aunque las chicas trans no son aceptadas en los espacios feministas, excepto un pequeño fondo de Naciones Unidas, que utilizan para trabajar en una zona rural del país, Sonsonate, sobre VIH- SIDA, derechos y salud sexual y reproductiva, y autoestima, derechos humanos, y discriminación con jóvenes, independientemente de la comunidad gay.

Mientras Calle 13, uno de los más interesantes grupos de reggaetón, canta “Vengo a marcarte para toda la vida, como cicatriz de pandillero”, Gays Sin Frontera, donde se reúnen personas trans y varones gays en armonía, demuestran que no son lo que los medios muestran y la gente cree. A la cotidianidad de violencia y exclusión por expresión de género y sexualidad, le oponen danzas como frutas, sabrosas, jugosas, formas creativas del yo en contextos del tercer mundo donde lo individual resiste.  Durante lo que dure la noche de danzas populares todas estas personas diversas pero con una procedencia humilde como común denominador podrán obtener un poco de esa dignidad expropiada para demostrar que ni la calle ni la biología son los únicos destinos.


Tags: GAYS SIN FRONTERAS, centroamerica, abusodeniños, religiosas, calle 13, VIH, salusexual

Publicado por ChemaRubioV @ 15:00
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