Lunes, 02 de febrero de 2009

 

Cualquier parecido con la triste realidad se debe a un afortunado retrato de la misma.

 

Vicente A. Vásquez B.

 

            Jazmín Se dirige a la casa de citas Las Flores del Edén. Luce un vestido llamativo, de falda acampanada que le llega a la mitad de los muslos. La tela vaporosa trasluce la falda interior, tallada, que termina un par de pulgadas más arriba, invitando a pensamientos lascivos.

 

            No es una de esas bellezas que a su paso detienen el tránsito. Es el desenfado con que viste lo que llama la atención. En caso contrario, su paso podría ser ignorado, aunque no faltaría algún hombre que la volviera a ver por su simple condición de mujer.

 

            Jazmín llega a la casa de prostitución. Algunas de las rameras están en la puerta, aunque su manera de vestir es más discreta. El que no las conoce, si las encuentra en la calle, no adivinaría su profesión.

 

            —Buenas tardes —saluda con una sonrisa.

 

            Las mujeres la miran. Unas con indiferencia, otras con burla mal disimulada.

 

            —Buenas —contestan algunas. Otras ni se molestan en responder y continúan la charla interrumpida.

 

            —¿Puedo hablar con el dueño de la casa?

 

            —Entrá, a ver si te recibe.

 

            Don José, el gerente, así se presenta el alcahuete y así le gusta que lo llamen, recibe a Jazmín.

 

            —¿En qué puedo servirte?

 

            —Vengo a solicitar trabajo. Tengo experiencia.

 

            El gerente la observa de pies a cabeza. Examina el vestido, convenciéndose de que proviene de alguna paca de ropa usada,

 

            Platica con ella para formarse una idea de su personalidad,

 

            Jazmín es originaria de uno de los pueblos de oriente del país. Es una de esas chicas de rara belleza que son admiradas y que todo marcha bien mientras no abren la boca, El entusiasmo que pudieran despertar, como castillo de naipes se viene al suelo cuando hablan.

 

            Don José ha tomado su decisión. Esa mujer no trabajará en su negocio. Tiene que mantener el prestigio del establecimiento. Pero le dice:

 

            —Quítate la ropa. Quiero ver qué es lo qué ofreces.

 

            Jazmín, con soltura y rapidez, se desnuda. Después de todo, no es una debutante.

 

            La observa con detenimiento. Le parece aceptable. De hecho se defiende, piensa. Pero no. Tengo una reputación que guardar.

 

            —Bien, podés vestirte.

 

            —¿Qué hay, me da la chamba?

            —Mirá, de momento tengo el elenco completo. Quedás en lista de espera. Al haber una vacante, te llamo de inmediato.

 

            Jazmín sale triste. Presiente que nuca será llamada.

 

            El viejo sólo se aprovechó de la ocasión para vicentearme de gorra, se dijo con resentimiento y le mentó, en grado superlativo, varias generaciones pasadas del sexo femenino, con la certeza de que ejercieron la misma profesión que ella.

 

            Jazmín retornó a su casa en El Mezquital.

 

            —¿Cómo te fue, te dieron el trabajo? —preguntó Crisanto.

 

            —Pues, mal, no lo conseguí, El viejo hijo de mala madre, hizo que me encuerara y después sólo me dijo que me llamará cuando una de las putas se vaya; pero nel, no le creo ni rosca. ¡Viejo desgraciado!

 

            —Calmate mi amor, ya vendrán tiempos mejores.

 

            —Sí, pero mientras tanto comemos mierda.

 

            —Que mala pata, con lo que necesitamos las fichas.

 

            —Las putas debiéramos de organizarnos —dijo con cólera—. Crear nuestro sindicato para defender nuestros derechos. ¿Porque supongo que los tenemos?

 

            —Aquí está tu pan con corona. Ni a los policías nos permiten sindicalizarnos, nos tienen amolados. Con decirte que a los directivos del comité ad hoc ya les están metiendo la de asar carne. Los están trasladando a lugares peligrosos. Quieren que truenen a sapo. Que les den agua y de la que no se bebe.

 

            —¡Chingada vida! Y con la falta que nos hacen los lenes. Para acabar de joder, el patojo sólo malo se mantiene.

 

            —Sí y con la onda de la depuración, hasta morder cuesta.

 

            —Vení, vamos a comer, mañana será otro día.

 

            Margarita (su nombre profesional es el de Jazmín) vino a la capital en busca de un mejor futuro y con la maleta llena de ilusiones. Pensaba que aquí la cosa iba a ser fácil. Conseguiría un buen trabajo y prosperaría.

 

            En el pueblo no tenía porvenir y como decía su padrino, los moscardones ya andan detrás de ella para ver quien se la tira.  Y si tiene suerte de casarse, será la sirvienta gratuita de un marido déspota y la nana de una marimba de chirices. ¡Pobre patoja!

 

            Ninguna puerta se le abrió para colmar sus pretensiones. Terminó trabajando en una maquiladora de coreanos. Explotada y acosada sexualmente, y un día terminó por abrir las piernas.

 

            El coreano logró su objetivo, agregó un nombre más a su récord personal y poco tiempo después la despidió, sin pagarle sus magras prestaciones, las que no reclamó por desconocer sus derechos.

 

            Todavía, a veces, siente sobre su rostro el aliento fétido del coreano, como un recuerdo aromático de cuando perdió su sello de virgen.

 

            ¡Y todo por nada!

 

            Perdida la garantía de niña y ante la necesidad, que más daba que utilizara el imán que tenía entre las piernas y paró trabajando en una mancebía de mala muerte en la zona cinco.

 

            Su aspiración era subir de categoría y por eso visitó las Flores del Edén, en donde según dicen: se ganan buenas fichas porque llegan viejos de lana y extranjeros que hasta en dolorosos pagan. No como en la zona cinco, en donde bolos que ni se bañan regatean el servicio y el dueño de la casa se queda con la mitad o más de la tarifa. Ya quisiera ver al desgraciado que se echara encima a un borracho hediondo. Creen que la babosada es solo gozo. ¡Mamolas!

 

            Crisanto, oriundo de Totonicapán, fue reclutado a la fuerza para prestar el servicio militar y remitido a la Guardia de Honor. Al Terminar el servicio no regresó a su tierra y se quedó a trabajar. El puesto más accesible fue el de policía.

 

            Conoció a Margarita durante una redada efectuada a varios centros hedonistas. Hicieron amistada. Luego el amor surgió entre ellos. ¿Quién dice que una hetaira no puede amar a un sólo hombre y ejercer su profesión? ¿Y quién dice que no se puede amar a una meretriz?

 

            El amor, como las flores, surge en cualquier lugar, por agreste que sea y a veces echa raíces tan profundas que resisten el embate destructor de la naturaleza enfurecida.

 

            Este es uno de esos amores y su fruto: un niño.

 

            Crisanto nunca ha dudado de su paternidad, a pesar del oficio de la madre.

 

           

            —Ya vine —dijo Crisanto a manera de saludo, al momento que tira la mochila sobre la cama.

 

            —¿Cómo te fue?  Según me enteré, hubo relajo en el centro.

 

            —Sí, una mara de estudiantes quemó llantas, destruyó vitrinas, asaltó y robó lo que pudo.  Hoy no quemaron camionetas, pero le quebraron los vidrios a varios carros.

 

            —Me tenías preocupada.

 

            —Gracias. Pero no fui baboso, en cuanto vi que venía la mara, me escondí.  Claro que me dio rabia ver como asaltaban a otros estudiantes y los golpeaban.  Tuve que contener la furia y la indignación que sentía para no salir de mi escondite y echarles reata.  Además, otros policías que estaban a la vista del público sólo se dedicaron a contemplar los morongazos.

 

            —Vos por lo menos estabas escondido. ¡Hiciste bien!

 

            —Claro que hice bien. Ya viste, en los relajos de ayer, dos o tres agentes que quisieron intervenir, fueron rechazados y atacados por los mareros.  La prensa dijo que fueron incapaces de defenderse ellos mismo, mecho menos van defender a la ciudadanía.  Vos sabés que no soy cobarde, pero con esa onda de los derechos humanos, estamos jodidos.  Si intervenimos corremos el riesgo de ser procesados y si no intervenimos, también.  Te ponés buzo y te hacés ojo de hormiga o te puede llevar la chingada. No oís, no ves, ni te enterás de nada.

 

            —Pero eso está mal, Crisanto, a donde vamos a ir a parar.

 

            —Está mal, es cierto, pero la policía no soy sólo yo.  A ver decime; ¿En dónde estaba el Escuadrón de Reacción Inmediata?  ¿En dónde estaban nuestros jefes?  Pues haciéndose los sordos. Si no te enteras de algo, ¿cómo vas a intervenir?  Pero dejemos eso por un lado.  ¿A vos cómo te fue?

 

            —Pues mal, con eso del SIDA todos andan asustados.

 

            —Bueno, mejor entrémosle a los choles, ya mañana veremos.

 

            Al día siguiente, después de una noche de tranquilidad en que ambos se ausentaron por unas hora de la realidad.

 

            —Buenos días mi amor, ¿cómo amaneciste?

 

            —Bien, gracias, pero con ganas de seguir durmiendo,

 

            —Ya te tengo tu desayuno y le di de comer al niño.  Se ve mejorcito, pero siempre sigue mal. ¡Pobrecito!

 

            —De paso que las farmacias estatales ya ni medicinas tienen y las fichas brillando por su ausencia.

 

            —Mirá lo que dice la prensa sobre los relajos de ayer.

 

            —Cabal, lo que te dije.  Critican a la policía por no intervenir. Diz que los hechos vandálicos duraron mucho tiempo y con impunidad. Con decirte que asaltaron hasta a los achimeros.

 

            —Y mirá aquí —dice Crisanto—, solicitan el enjuiciamiento de los policías que se dedicaron a ver los hechos sin intervenir.

 

            —Desayuná.  Gracias a Dios que vos te escondiste.

 

            —Sí.  No debiera de extrañar que la policía no intervenga, pues lleva las de perder y lo peor es que los delincuentes lo saben.

 

            —Te das cuenta, eso anima a la mara para que los hechos se repitan. No está lejano el día en que supermercados y residencias sean saqueados por turbas numerosas y organizadas.

 

            —Vos decís, hoy atacan aquí y desaparecen, y mañana allá y a esconderse.

 

            —Dios nos libre, sería el acabóse.

 

            —Y qué pasaría si eso sucediera en varios lugares de la ciudad al mismo tiempo —se quedó pensativa y luego agregó—. Creo que los de los derechos humanos tienen parte de la culpa, no son parejos con todos.  Yo diría que hay que actuar sin compasión contra esa ralea maldita. Lo difícil es saber cuando una cosa es humana y cuando inhumana.

 

            —Puchis, Jazmín, hoy si me dejaste baboso, hasta pensé que era otra persona la que hablaba.

 

            —¿Burra soy, pues?

 

            —No mi cielo —dijo Crisanto con socarronería y le acarició la mejilla.

 

            —¿Qué, no hay remedio para lo que sucede, pues? —dijo refiriéndose a la anarquía imperante.

 

            —Debe de haber, pero no está al alcance de un policía leído o leido, como vos decís.  Ya platicamos más de la cuenta, mejor le paramos. Es hora de ir a la chamba,

 

            —Mucho cuidado mi amor, siempre buzo.  Te recuerdo las medicinas del patojo, por si tenés la oportunidad de morder algo.

 

 

 

            Durante la tarde, Crisanto se encuentra efectuando su ronda por la novena avenida, en el desfiladero de la desesperanza: de un lado están los desacreditados diputados y del otro los estudiantes, que incluye a mareros, que el día de mañana pueden llegar a ser diputados.

 

            —Crisanto —dice un policía que viene a su encuentro—, tu mujer me pidió que te avisara que tu hijo se puso mal y que lo lleva al Hospital General.  Que llegués allí.

 

            —Gracias, Leonardo.

 

            Abandona la ronda y toma un bus urbano rumbo al hospital. Para su mala suerte el vehículo es asaltado y Crisanto resulta apuñalado para neutralizar su acción y para robarle el arma. El cuerpo queda tendido en el pasillo del autobús, mientras asaltantes y pasajeros huyen cada quien por su lado.

 

            Sólo se queda el chofer, que dirá que no vio nada por ir conduciendo y el cadáver que se desangra. Ser testigo es peligroso.

 

            Jazmín llega al Hospital General con la esperanza de que su hijito del alma sea atendido.  No encontró a Crisanto, pero tienen la confianza que de un momento a otro se presente con algunos centavos.

 

            El niño no es atendido. Los médicos se han declarado en huelga en demanda de mejoras salariales.  Jazmín sumida en el abismo de su desesperación, implora y gime en busca de auxilio, pero sus suplicas caen en el saco de la indiferencia.  Uno de los doctores justifica su displicencia:

 

            —La culpa no es nuestra, es del presidente que no quiere dialogar y además, ni medicinas tenemos.

 

            El niño murió en sus brazos. Su único consuelo fuel de maldecir a los médicos y amenazarlos de que más tarde se la verían con su marido.  Ignora que Crisanto ya no llegará al hospital sino a la morgue, en donde pronto se reunirá con su hijo.

 

 

           

            Jazmín va de regreso a su pueblo.  Fue derrotada por el sistema, la injusticia, la explotación y por la incomprensión.  En la lid perdió a su hijo y a su marido que la amaba, a pesar de su profesión.  No quiere saber nada de la capital.  Regresa a refugiarse a su terruño, en donde la gente es más humana.  Terminará como esposa oprimida y con la marimba de hijos, justo de lo que huía a un principio, o se quedará solterona en espera de un amanecer más justo.

 

 

 

 

 

 

 

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Publicado por ChemaRubioV @ 16:31  | RELATO .
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