Lunes, 23 de febrero de 2009

 

  

Un  18 de diciembre esperaba en el aeropuerto Charles de Gaulle para tomar un jumbo rumbo a Bogotá.  Por delante me restaban doce horas de vuelo, si todo salía bien hasta Maiquetía, donde el lechero de Avinunca normalmente hace su tercera escala técnica: París, Madrid, Caracas para finalmente llegar a Bogotá, la tan afamada Atenas Suramericana. Aquel era un diciembre helado. El vuelo original estaba programado para las ocho de la noche pero como siempre, Avinunca informa que una falla técnica ha demorado la salida hasta las once de la noche. Finalmente nos hacen pasar a una sala de abordaje donde nos tienen un par de horas encerrados. Definitivamente todos los pasajeros vamos para Colombia. En especial ellas, cargadas de paquetes, con chaquetas exageradas para el frío. Somos trescientos cincuenta viajeros en una sala pequeña, obligadamente tocándonos los humores con ese hablado tan colombiano, que hace tanto no escuchaba. Es algo así como ya haber vuelto. Los acentos son de todas las regiones de Colombia. Reconozco muchos: de Cali, de Medellín, de la Costa. Identifico a unas bogotanas con su hablado tosco y pedante pero claro,  bien vocalizado.

 

Mi plan era comer ligero y dormir hasta Caracas para tratar de llegar lo más fresco posible. Llevaba varios años sin ir a Colombia. Necesitaba de unas vacaciones para descansar, tomar jugo de lulo, comer mojarra frita, ver a los amigos o lo que quedaba de ellos. Por supuesto dar un salto a Barranquilla. Gozar a mis padres. A las doce de la noche pasadas nos embarcaron. El avión estaba helado. Del aire acondicionado salía un gas gélido de color blanco. Las azafatas se disculpaban por la demora mientras un bambuco sonaba como disco rayado en los altoparlantes del avión. Para ese momento había calculado que más de la mitad del los pasajeros eran mujeres. Cuando despegamos estaba agotado. Pretendía dormir pero el grueso del avión no paraba de hablar. Había un bochorno simultáneo de cotorras con el popurrí de acentos como si estuviéramos en una estación de bus. Un par de mujeres discutían un pleito de dinero. No se sabía cuál era mas fiera. Luego unas chocoanas altas, hermosas, no pararon de desfilar por los corredores desde las sillas a los baños. Afortunadamente el cansancio pudo más y me venció. Dormí después de ver una película romántica de esas que le devuelven a uno el alma al cuerpo. Del primer nivel del sueño me salieron las dos últimas semanas de trabajo agotador que se repitieron en una horrible pesadilla hasta que finalmente logré descansar. Mientras dormía plácidamente no pude darme cuenta que los pasajeros del avión hablaban cada vez más alto y que a pesar de que las azafatas dejaron de servir alcohol, ellas, las nenas, venían bien equipadas para el viaje con sus propias raciones en las carterotas que también traían repletas de paquetes de regalos.

 

- Papito, a despertarse que llegamos a Maiquetía - me sacó de mi agradable sueño mi vecina. Al abrir los ojos me sentí en otra pesadilla. La mujer tenía el rimel corrido como si hubiera llorado y el pelo revuelto como recién levantada, los ojos negros profundos. Unas ojeras bien anchas ganadas en una vida sin dormir, me sacudieron  la cabeza despertándome definitivamente. Sí, estábamos próximos a aterrizar. Desde el aire se veía la Guaira, el Macuto Sheraton, los yates anclados y los cordones de miseria; estaba empezando a amanecer. Tanto tiempo sin volver, tampoco a Venezuela, donde había pasado aquellos agradables años. Me acordé del Ron Selecto, de los tequiñones, de los mangos que se caían al piso y que nadie los recogía, de la calle Julio Urbano, de las Mercedes.

 

En un par de minutos sale el sol, alcancé a pensar.

 

Aquí nos bajamos una horita me dijo mi vecina. La sorpresa fue que cuando el avión estuvo estacionado en su terminal y conectado a una de las pasarelas y estábamos próximos a descender, ya el aire caliente de Maiquetía se quería meter al avión, que para esa hora olía a micos cuando se nos informó que por razones de seguridad y falta de personal adecuado en Maiquetía tendríamos que hacer la escala técnica sin salir del avión. Nadie se bajó, ni tampoco nadie subió. El aire acondicionado que en París no paraba de botar gas helado, no funcionaba allá en Maiquetía. 

 

– Es que si fuese planeado no saldría tan bien – gritaba una muchacha enfurecida. El jumbo semejaba un zoológico. Ellas parecían todo tipo de felinos. Se habían quitado las chaquetas protectoras contra el frío del invierno y venían vestidas para carnaval. Realmente venían para la feria de Cali. Pero eso lo supe sólo después de que una gatubela se me acercó y me confesó lo duro que era ganarse el billete en Europa.

 

Las pude ver detenidamente, trigueñas, de pelos de todos los colores; entonces las escuché  hablar de los putos que las controlaban, que Amsterdam ya no era tan buena plaza, que los burdeles de España eran verdaderas cárceles, que los mejores amantes definitivamente no eran ni los franceses ni los italianos y que aquí regresaban con suficiente billete para pagarle al hijo el tercer año elemental completo, dejarle bastante mesada a la vieja para abonar una parte más de la hipoteca de la casita y aguantar todo un año  y con la esperanza de pasar navidad y año nuevo con la familia. Pero eso sí, a la feria de Cali no se podía faltar. Y después de la Feria, a finales de enero ir de vuelta para las Europas a seguir camellando hasta la siguiente navidad.

 

¡No debí pensar jamás, no debí!

 

Nadie, pero es que nadie se puede imaginar lo dura que es la vida de puta.

Guillermo Camacho

Escritor colombiano

* Sacado de la serie Los amigos invisibles


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Publicado por ChemaRubioV @ 0:38  | RELATO .
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